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'En las profundidades del Sena': el tiburón de Netflix que quiere comerse París

En las profundidades del Sena no da en el blanco, pero arranca alguna dentellada de inteligencia... aunque hay que llegar a su fondo.

En las profundidades del Sena no da en el blanco, pero arranca alguna dentellada de inteligencia... aunque hay que llegar a su fondo.
En las profundidades del Sena. | Netflix

En algún momento alguien decidió que el terror submarino, o más en concreto el thriller con tiburones inaugurado por Spielberg, era un género a ridiculizar, objeto de mofa y befa general. Si algo bueno tiene En las profundidades del Sena, película de Xavier Gens para Netflix, es precisamente olvidarse de Sharknado y derivados para tomarse su descabellada premisa rematadamente en serio. Si existe humor, que lo hay, está en las (ejem) profundidades del relato, sobre todo en lo relativo al nihilista retrato de las juventudes ecologistas y, en efecto, el de una alcaldesa que hace lo mismo que el regidor de Tiburón, mantener abiertas las aguas cuando no debe. Pero esa moral áspera de la película tiene que compartir espacio, desgraciadamente, con una serie de deficiencias e imperfecciones que dan parcialmente al traste con la interesante serie B que propone...

Hace tres años, la científica Sophie sufre un accidente que da al traste con la investigación sobre Lilith, un gran tiburón que sufre algunas alteraciones en su comportamiento. Ahora, un escualo sospechosamente parecido aparece de improviso en el Sena, en el mismísimo París, haciendo que Sophie y las autoridades se pregunten qué demonios está pasando a pocos días de la inauguración de una competición deportiva en el río.

Que la alcaldesa de París de En las profundidades del Sena esté dispuesta a celebrar un triatlón cueste lo que cueste es un guiño doblemente malvado de la película de Xavier Gens: por un lado, político y cinéfilo por el citado alcalde de Tiburón, pero sobre todo a esas Olimpiadas reales que están a punto de desatar la locura en la ciudad del amor este mismo verano. Un factor que por sí mismo ya apuntala un poco la premisa infantil pero extraordinariamente efectiva del filme, al menos a poco que el espectador tenga aprecio por la serie B (con Piraña y el brillante remake de otro galo, Alexandre Aja), el exploitation monstruoso o simplemente ganas de sentir un poco de terror en la pantalla. Hay que decir que Gens consigue en ese sentido unos cuantos momentos de genuina inquietud, como el prólogo, el ataque en las catacumbas y en el aire fantasmagórico de las primeras apariciones de Lilith en París, además de la extraordinaria y salvaje, casi anarquista idea del desenlace, donde el filme se arremanga y se introduce de lleno en el inconformista terror galo. En las profundidades del Sena también amaga con confrontar dos maneras de ecologismo, la científica de Sophie y la de la radical concebida como parodia de Greta Thurnberg, aspecto que Gens consigue finiquitar de la manera más adecuada posible (en una escena que, por cierto, genera gran alegría y jolgorio). Los tiempos de Tiburón, amigos, han terminado, parecer decir Gens en esa secuencia.

La falta de humor de la película y lo raquítico de sus personajes podría hacer confundir esas dosis de inteligente escepticismo con simple y llana estupidez, y es una pena. Como también lo es la pobreza de ese aspecto digital típico y barato de los productos de la plataforma, flagrante en las escenas a plena luz de París, así como el descuido de algunos de sus efectos visuales submarinos (otros, por contra, son bastante válidos). Buenas ideas perjudicadas todas ellas por la falta de mimo habitual de las películas de la era del streaming, que Xavier Gens no sabe del todo bien cómo maquillar pero al menos puede teñir de oscuridad. Un tanto floja pero útil para el fan del género, eficaz transmitiendo sus ideas más gruesas y dotada de un par de escenas verdaderamente buenas, En las profundidades del Sena podría haber estado mejor, bastante mejor… pero al menos nos da un toque para gozar de nuevo de un género que, a lo tonto, cada cierto número de años ofrece una buena película a la que agarrarse.

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