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'Dos fiscales': cuando la verdad es silenciada por el horror de Stalin

Serguéi Loznitsa retrata la asfixiante maquinaria de la URSS en 1937, donde la burocracia roja aniquilaba cualquier esperanza de justicia real.

Serguéi Loznitsa retrata la asfixiante maquinaria de la URSS en 1937, donde la burocracia roja aniquilaba cualquier esperanza de justicia real.
Dos fiscales | Wanda VIsion

El tenso y terrible viaje que supone el fin del idealismo del joven fiscal que protagoniza el film del documentalista y director Serguéi Loznitsa retrata el inicio de la época del terror estalinista en la Unión Soviética, pero también cómo los mecanismos del Estado pueden silenciar una verdad evidente, ya sea mediante la aplastante burocracia del régimen comunista en 1937 o la actual época de la posverdad.

Basándose en el relato de Georgy Demidov, Dos fiscales se articula en dos tensas reuniones, las del fiscal local Alexander Kornyev con un preso político y, más tarde, con el fiscal general soviético, para articular su narrativa. Durante el largo antes y después entre ellas, el ascetismo formal de Loznitsa preña el film de planos primorosamente compuestos y, a la vez, esenciales, estáticos, que ralentizan el ritmo de la historia y, lamentablemente, la amenaza que pende invisible sobre el protagonista.


Stalin, por tanto, mata pero mata poco en un film que intenta que la burocracia del régimen también atente contra la paciencia del espectador y que lamentablemente va opacando la curiosidad por todo lo que tuviera que decir. Dos fiscales se recupera, eso sí, en un tramo final donde la advertencia es evidente para todos menos para el ingenuo protagonista, y donde un surrealista y kafkiano episodio en el tren sirve de prólogo a la tragedia. Pero la oscuridad constante del film acaba por equilibrar la balanza del mal y del bien.

El silencio y miradas sostenidas entre personajes caracterizan Dos fiscales, retrato del fascismo silencioso pero a plena luz de un régimen comunista capaz, todavía, de enterrar el horror bajo una buena capa de sentimiento nacionalista. Pero si bien la trama, al fin y al cabo un thriller judicial, no tenía por qué adaptar texturas más vistosas procedentes de John Grisham, sí que se hubiera beneficiado de un mayor ritmo y sentido del suspense como las del autor de La tapadera o Tiempo de matar. Con esas rígidas composiciones el propio film parece condenar desde el principio al joven fiscal, algo que refuerza el tono fatalista del film, pero paradójicamente resta importancia a su lucha.

Licenciado en Historia del Arte y Comunicación Audiovisual en la UCM de Madrid. Colaborador en esRadio. Crítico de cine y series en Libertad Digital. Una de las voces del podcast Par-Impar.

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