Hubo un tiempo reciente en el que J.J. Abrams, responsable del reinicio de la franquicia Star Wars bajo la tutela de Disney o la serie Perdidos, era sinónimo de dólar.
El considerado entre principios de siglo y 2015 el "nuevo Spielberg" de Hollywood afronta ahora, sin embargo, momentos tremendamente complicados con su productora Bad Robot. La compañía se contrae y traslada su gran sede de Hollywood a Nueva York -donde ahora reside el director- y, dejando de lado los despidos, se siente como el final de una era para la industria.
Un cambio de página, o por qué no decirlo, fracaso, que viene tras el millonario contrato firmado por Abrams con WarnerMedia en 2019. Una muestra espléndida de una etapa de supuesto oro en la televisión por streaming en la que los grandes estudios fichaban a grandes talentos por la suma que hiciera falta (y por la que otro estudio, Sony, ha anunciado una importante reducción de personal estos mismos días).
El acuerdo, que no ha expirado pero cambia radicalmente sus condiciones, marcó un récord con 250 millones de dólares para que Abrams y Bad Robot produjeran en exclusividad para el estudio durante los cinco siguientes años. Pero, marca de los nuevos tiempos, los programas y series que ofreció el director de El despertar de la Fuerza o fueron sistemáticamente rechazados o apenas duraron una temporada, en el caso de Lovecraft Country y Duster, las dos únicas (y ya olvidadas) series que nacieron y murieron en HBO.
Una de las muchas rechazadas por el estudio, envuelto durante estos años en sucesivos procesos de compra, venta y, en definitiva, cambio de manos, fue el ambicioso drama de ciencia ficción Demimonde, que hubiera sido la nueva niña bonita de Abrams desde tiempos de Perdidos y su dominio de la nueva narrativa televisiva de comienzos del siglo XXI.
Pero ahora, después de haberse convertido en el niño de oro de Hollywood y ser el objeto de deseo de los estudios, protagonizando una guerra por el mejor contrato —el mismo que se llevó Warner— las oficinas de Bad Robot se están vaciando. No solo, naturalmente, las instalaciones: la compañía afronta una gran reducción de personal de cara a una mudanza a unas oficinas más modestas en Nueva York.
En la industria se percibe como un cambio de época, el ocaso de los grandes contratos para conservar y reunir grandes talentos como el de Abrams —quien, de todas formas, presentará su próxima película como director bajo el sello Warner, y este verano estrenará El fin de Oak Street, un thriller de dinosaurios protagonizado por Anne Hathaway y que podría, o no, formar parte del universo Cloverfield del autor—. También de la propia carrera de Abrams, que acaba en relativo silencio una larga etapa de 20 años en la cumbre de la industria.
Y es que, dejando de lado la deriva creativa de la saga Star Wars que Abrams comenzó, apenas salió nada después de tomar la enorme cantidad de dinero de Warner en 2015. Bad Robot, antaño la nueva Amblin (y cuya sede de LA era realmente espectacular) y Abrams, el supuesto nuevo Spielberg, seguirán trabajando pero a una mucha menor escala.

