
El periodista y escritor donostiarra Pedro Corral ha publicado recientemente el libro Cómicos en guerra, rareza literaria en donde cuenta los avatares de un montón de actores que vivieron la contienda en los dos bandos, sufriendo sus consecuencias. Cierto que el relato incluye en su mayor parte nombres de gente del espectáculo que nada nos dice a estas alturas, de segunda o tercera fila. También autores, empresarios y cuantos tenían que ver con el mundo artístico.
Sólo unos pocos artistas relevantes aparecen en ese volumen, denso y riguroso en fechas y datos, y entre ellos quien antes de la guerra era un actor genérico en compañías teatrales de mediana categoría, participó con cargos políticos desde 1936 a 1939, y permaneció exiliado en Francia once años, malviviendo y lejos de su esposa, que se encontraba en el liberado Madrid. Su vida dio otro giro, pudo regresar en los años 50, reanudar su vida familiar, trabajar en cine y teatro con papeles de escasa importancia hasta que la diosa Fortuna le proporcionó una inesperada popularidad en Televisión Española, en el programa-concurso Un, dos, tres... responda otra vez, donde su creador, Chicho Ibáñez Serrador le encomendó un personaje singular: Don Cicuta.
Actor por casualidad
Valentín Tornos López nació en Madrid el 4 de enero de 1901, casi al comienzo del siglo. Tuvo que ponerse a trabajar a los quince años por la muerte de su padre, que era cobrador de una compañía de seguros; en tanto su madre hubo de aceptar ser asistenta él lo hizo en las oficinas de un procurador de los tribunales. Era este delegado de una editora musical, según me contó el propio Valentín, y asimismo tenía contactos con la Sociedad General de Autores, y andando el tiempo, gracias a él se aficionó al teatro y, de rebote, terminó representando comedias en una compañía de provincias, representando sainetes de Carlos Arniches y Pedro Muñoz Seca. Lo que se dice un cómico de la legua, en acepción ya en desuso. Se convirtió en un actor genérico, aquellos que valían lo mismo para un roto que un descosido. Y así fue ganándose la vida, sin tener realmente vocación para aquellos menesteres escénicos.
Aunque su condición de actor no pasaba de ser casi insignificante, con el paso del tiempo, ya al comienzo de los años 20, entró en una compañía de más fuste, la de Chicote y Loreto, muy popular, que es donde se enamoró de una corista, Consuelo Cisneros. Ya superando aquellos años inciertos en su profesión hasta lo contrataron de galán cómico en otra formación encabezada por María Bassó y Nicolás Navarro, que estaba muy considerada.
La guerra iba a llevarlo a una situación bien ajena a esa dedicación artística. Por sus ideas acabó siendo miliciano.
Actor combatiente
Treinta y cinco años contaba cuando se incorporó a las milicias enfrentadas a las huestes franquistas. El diario La Libertad, en un artículo recogido por Pedro Corral en su curioso libro titulado La guerrilla de los comediantes recogía los nombres de varios actores milicianos, entre ellos Valentín Tornos, elogiándolos con frases como "¡No sabemos, ciertamente, cómo los admiramos más, si como actores o como guerrilleros!"
Tras sus servicios como miliciano, se incorporó al cuerpo de Investigación y Vigilancia, como agente policial. Tenía un sueldo anual de tres mil setecientas cincuenta pesetas. Figuraba como adscrito al partido de Manuel Azaña. Difícil es precisar si colaboró con las denuncias de gentes de derechas. Pero sí pudo comprobarse la denuncia de una familia madrileña, al terminar la guerra, asegurándose que Valentín Tornos figuraba en la lista de un grupo policial involucrado en la muerte de un miembro de aquella, abogado, quien junto a otros presos delatados acabó fusilado por las hordas marxistas en Paracuellos del Jarama.
En busca y captura, malviviendo en Francia
Los agentes franquistas se ocuparon de encontrar al actor, en busca y captura, y cuando llamaron a las puertas de su domicilio, en el número 19 de la calle de la Luna, a espaldas de la Gran Vía, la esposa de Valentín sólo pudo responderles que había huido de España, mostrándoles una carta suya desde el Viejo Hospital Militar de Perpiñán.
Valentín Tornos fue uno de aquellos perdedores de la contienda que desde la frontera catalana acabó siendo detenido con tantos otros en un campo de concentración, en Argelès-sur-Mer, febrero de 1939. Eran miles los republicanos allí. Antes de que ello sucediera, en los estertores de la guerra y la diáspora miliciana, había sido trasladado al frente de Aragón, como policía del Cuerpo de Seguridad, de segunda clase, a las órdenes del gobernador general de la región, destinado en Fraga (Huesca). La misión de Tornos y sus compañeros consistía tanto en vigilar a elementos de la quinta columna, como el control de fondas y posadas, la presencia de extranjeros, la investigación de ciudadanos que se habían pasado al bando franquista… Hasta que las fuerzas vencedoras fueron avanzando en tanto el conflicto iba llegando a su final el 1 de abril de 1939.
Valentín Tornos, tras su estancia en el antes mencionado campo de concentración contrajo una pulmonía que lo llevó al también antes citado hospital de Perpiñán. Acabó prestando sus servicios en aquel centro de salud durante tres años, haciendo las veces de practicante y hasta lavando cadáveres de judíos que huían del acoso alemán.
Ya en 1943, en esa trayectoria en la que estaba envuelto, acabó en Marsella. Para sobrevivir, trabajó de camarero, de pintor de brocha gorda, de empleado en una fábrica de productos químicos, y en buena parte de esos cometidos, a las órdenes de nazis que habían invadido el país galo. Le pagaban ocho francos a la hora y Valentín contó que, al menos, comía por fin decentemente. Todo a cambio también de vigilar las líneas del ferrocarril, evitando que fueran objeto de atentados de la Resistencia francesa. Esa clase de servicios estaba prohibida para los exiliados españoles como Valentín, pero éste no tuvo más remedio que callar y sufrir esa vejación ante los oficiales de Adolf Hitler. Y cuando los aliados en 1944 liberaron la zona, nuestro compatriota actor pasó en Marsella a ganarse la vida con los norteamericanos, cargando bidones de gasolina en aviones que se dirigían a Normandía, para alcanzar aquel definitivo día D. Terminó la II Guerra Mundial. Valentín llegó a París, consiguiendo trabajar en los estudios de la Radio-Televisión Francesa en sus emisiones en español. Y hasta hizo de comparsa gracias a que Luis Mariano lo ayudó cuando era una estrella de la opereta.
Reencuentro con su mujer
Francisco Franco había dispuesto un indulto en 1945 para que pudieran regresar a España cuantos españoles huidos no tuvieran delitos de sangre, entre otros. A él se acogió Valentín Tornos regresando a Madrid el 14 de abril de 1950, fecha que nunca olvidaría.
Puede imaginarse cómo fue su reencuentro con su esposa tras once años de exilio.
Y entonces, para reintegrarse al trabajo, no tuvo más remedio que recurrir a su profesión de actor, bien en el teatro, en algunas películas o en series de televisión. Desde luego con su condición de característico, pues no representaba papeles de importancia. Eso vendría después.
....Y se convirtió en ‘Don Cicuta’
Valentín Tornos conoció a Narciso Ibáñez Serrador cuando éste regresó de Argentina y después de una breve etapa de actor entre nosotros se entregó de lleno a escribir guiones, adaptar obras y ser director. Entre otros espacios de audiencias millonarias, cuando todavía Televisión Española emitía en blanco y negro, puso en antena Historias para no dormir, Los premios Nobel, Historias de la frivolidad, El doctor Jeckill y otros más, en la mayoría de los cuáles Chicho contó con la presencia de Valentín.
Y un día de 1972, Tornos recibió una llamada sorpresa. Narciso Ibáñez Serrador le ofrecía un papel en su nuevo programa-concurso Un, dos, tres... responda otra vez. El de Don Cicuta, que representaba en aquel espacio, donde se ofrecía a los concursantes la oportunidad de ganar sustanciosos premios, el símbolo de la avaricia, la hipocresía, la intolerancia, mostrándose en contra de todo aquel abanico de regalos que Kiko Ledgard iba nombrando. No había que tirar el dinero, hacer aquellos dispendios, proclamaba con su voz entre grave y chillona aquel personaje de luengas barbas, chistera sobre una pelambrera, que se desternillaba por dentro cuando algunos de aquellos concursantes despistados contestaban que sí a la pregunta, por ejemplo, de si las naranjas eran hortalizas o que si Irún era puerto de mar.
Chicho Ibáñez dio libertad a Valentín para improvisar su intervención en el programa, donde estaba acompañado por los llamados 'Tacañones'. Le pagaban diez mil pesetas semanales. Ganó un buen dinero durante las cuatro temporadas que permaneció en Un, dos, tres..., convirtiéndose en una de las figuras más populares de la televisión. Hasta hacía galas contando chascarrillos por ciudades de toda España. Jamás en su vida de actor había soñado con algo parecido.
Iba por las mañanas, si no tenía ensayos, grabación o cualquier otro trabajo, a jugar una partida de cartas al Círculo de Bellas Artes, en la madrileña calle de Alcalá, donde me citó un mediodía cuando le solicité una entrevista. Se las hacían a porrillo. Y allí me relató parte de su vida. Eso sí, no la que les he evocado durante la Guerra Civil y la posguerra. Tampoco yo me interesé por ello, al desconocerlo. Lo que me contó fue que en la calle lo reconocía mucha gente. Y él, con cincuenta y cinco años de actor, vivía en la última etapa de su vida la experiencia de ser tan reconocido. Ya si lo llamaban para alguna función, no podía ser dramática, pues como le dijo un autor: "Si no haces de cómico, cualquier espectador, en lo más interesante de una tragedia, gritaría: '¡Pero si es Don Cicuta…!'"
Nunca había sido protagonista en la pantalla. Y resulta que cuando lo fue, rodando la película Las correrías del vizconde Arnáu, sufrió una trombosis que le obligó a retirarse en 1973. El accidente cardiovascular truncó aquella racha de éxito y a primeras horas de la tarde del 19 de septiembre de 1976 fallecía de un ataque cardíaco en su domicilio madrileño. Tenía setenta y cinco años. Su viuda, Consuelo Cisneros, veló el cuerpo de su marido en el pequeño salón de su casa. Ni siquiera nadie del mundo artístico se ocupó de que la capilla ardiente fuera instalada en un teatro o lugar público, donde seguro que centenares, miles tal vez de admiradores, hubieran despedido al actor con admiración y respeto. Sólo Chicho y Kiko Ledgard se ocuparon de la tramitación del entierro. Y así, en silencio, se fue de este mundo. Desde luego, la prensa se hizo eco del óbito, como no podía ser de otro modo.

