
El dato ya no admite anestesia estadística: las salas de cine en España encadenan su segundo año consecutivo de retroceso y lo hacen con una cifra que ya no admite demasiados maquillajes.
En 2025 pasaron por taquilla 65 millones de espectadores, un 8% menos que en 2024, según la Federación de Cines de España (FECE). De modo que, sin un Torrente presidente como el estrenado en marzo 2026, que proporcione un plus a los consabidos blockbusters y franquicias norteamericanas (cada vez menos blockbuster en algunos casos) los cines españoles han vuelto a perder público.
De manera consecuente, la recaudación cayó hasta los 459 millones de euros, un 4,9% menos que en 2024. Es el segundo ejercicio consecutivo en descenso y, sobre todo, la confirmación de que la recuperación tantas veces anunciada no era una tendencia, sino que —al menos en la piel de toro— era un espejismo.
Se trata de una realidad incómoda que contrasta con las, hasta cierto punto, relativamente optimistas cantidades que vienen del otro lado del charco, donde las salas se mantienen. El problema no está en la oferta —sin una industria patria que complemente o tire del carro—, sino en el hábito social.
España mantiene 760 cines, 3.562 pantallas y más de 732.000 butacas. Lo que falta es el público, la palanca de un modelo cultural que parece que ya no es. Durante años se quiso presentar el retroceso de las salas como una consecuencia coyuntural de la pandemia. Hoy esa explicación ya no basta.
El cine ha dejado de formar parte de la rutina de ocio de una parte importante del público y se ha convertido en una experiencia esporádica, reservada a los grandes estrenos, con una industria (norteamericana y patria) que sabe cada vez menos cómo atraer al público. El cine de superhéroes funciona, pero no como antaño. Y qué pequeño (gran) disgusto el de Avatar, aún así la película que más espectadores ha llamado a los cines. ¿Cuestión de marketing o crisis de ideas?
Solo funciona el acontecimiento
Que Avatar: Fuego y Ceniza haya liderado la taquilla y Padre no hay más que uno 5, del infalible Santiago Segura, hayan vuelto a dominar el cine español no es una anécdota, sino la mejor radiografía posible del momento. En todo caso, son secuelas todas ellas: la primera, una gran franquicia global (que en sus resultados totales no ha logrado brillar como las anteriores) y la comedia familiar de consumo masivo.
Todo lo demás queda atrapado entre la indiferencia del público, la feroz competencia doméstica de las plataformas y un precio de entrada que muchos ya no perciben como razonable frente a una suscripción mensual. La batalla no es ya entre películas; es entre modelos de consumo.
El salón ha derrotado a la sala
Las plataformas han modificado la relación del público con el cine. Han convertido el estreno en disponibilidad inmediata, la espera en consumo compulsivo y la experiencia colectiva en una elección individual. El pasado viernes Netflix estrenó un título de terror con tiburones de por medio, Embestida, prevista inicialmente para su comercialización en cines por su estudio original, Sony, que prefirió vender el film a una plataforma. Una decisión representativa.
El ritual, en solitario o en grupo, desaparece, mientras los televisores y pantallas caseras aumentan su tamaño y, a la vez, lo disminuyen. Las televisiones son cada vez más espectaculares en número de pulgadas, a la vez que éstas pueden reducirse para ver una película en la habitación o en el transporte público, por medio del smartphone o la tableta de turno.
Lo dijo Scorsese: la película deja de ser acontecimiento para convertirse en contenido.
Más ayudas, pero también más preguntas
En este contexto, la única solución que parecen proponer los artistas españoles son más ayudas públicas, de esas que el Gobierno habitualmente gusta conceder más por estética que por ética. Y eso también repercute en el contenido de unos films que, como Santiago Segura sugirió en la campaña promocional de Torrente, el público cada vez percibe más como propagandísticos.
En esta tesitura, las salas también piden. Y con razón. FECE reclama un reparto más equitativo de las ayudas públicas y denuncia que el sistema actual penaliza a determinadas comunidades. La reivindicación tiene sentido empresarial, pero abre otro melón: ¿hasta qué punto la exhibición puede depender estructuralmente de la subvención?
Porque quizá la cuestión no sea solo cuánto dinero reciben las salas, sino si la política cultural española ha entendido de verdad la magnitud del cambio de hábitos que ha traído la era del streaming. En otras palabras: no basta con repartir ayudas sin estrategia de fondo.
Licenciado en Historia del Arte y Comunicación Audiovisual en la UCM de Madrid. Colaborador en esRadio. Crítico de cine y series en Libertad Digital. Una de las voces del podcast Par-Impar.

