Esta semana llega la esperada secuela de El diablo viste de Prada, una película que reconozco que nunca ha sido especialmente de mi agrado, pese a que guste tanto a tantísima gente. Ahora, veinte años después, llega su secuela, El diablo viste de Prada 2, donde la trama trasciende las intrigas de la moda para adentrarse en terrenos más complejos.
El núcleo de esta continuación reside en cómo ha cambiado el periodismo en las últimas dos décadas, una profesión que ha sufrido una transformación radical, pasando de un formato centrado en el papel y el cuidado del detalle a un entorno completamente digitalizado, marcado por la inmediatez y la pérdida de ciertos estándares de calidad en la narrativa.
En cuanto a la trama, los personajes principales regresan, pero enfrentando retos vitales distintos. El personaje de Meryl Streep, Miranda Priestly, se encuentra en una etapa cercana a la jubilación y se ve envuelta en un escándalo mediático de grandes proporciones. Esta situación pone en peligro no solo su reputación, sino la viabilidad de la revista debido a la amenaza de retirada de la publicidad, un factor que determinaría la desaparición de la publicación.
Por otro lado, el papel de Anne Hathaway, Andrea Sachs, es fundamental en este nuevo escenario. Tras haber alcanzado el éxito profesional por cuenta propia, se ve obligada a regresar a la empresa matriz donde comenzó su carrera. Su intervención será clave para intentar solucionar los problemas editoriales de la revista. La cinta es un producto de entretenimiento puro con un reparto que se mantiene en un nivel actoral soberbio.
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