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Los Padres Fundadores de EEUU en películas y series: comedia, épica y libertad

La fundación de EEUU fue un momento de ideales y cinismo. Las mejores películas y series son las que abrazan esa tensión de la realpolitik.

La fundación de EEUU fue un momento de ideales y cinismo. Las mejores películas y series son las que abrazan esa tensión de la realpolitik.
Howard Da Silva como Benjamin Franklin, Peter H. Hunt y William Daniels como John Adams en el set de “1776” (1971) | Library of Congress

Hay películas que te hacen sentir que la historia es algo vivo, sudoroso y ridículamente humano. Y luego están las que convierten a los Padres Fundadores en estatuas de mármol intocables. La fundación de Estados Unidos, un experimento loco de 1776 donde un grupo de abogados, impresores, plantadores y soñadores decidieron que ya bastaba de rey Jorge III, es material perfecto para el cine y la televisión precisamente porque fue un caos de ideales altos y compromisos bajos, de retórica grandiosa y discusiones mezquinas en habitaciones calurosas de Filadelfia. No fue un parto limpio de la libertad, sino que fue un parto con fórceps, gritos y un par de traiciones. Y el cine lo ha capturado en su imperfección, sus paradojas y, a veces, con canciones. La revolución será cantada o no será.

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Empecemos por la que más me divierte defender. 1776 (1972), de Peter H. Hunt, está basada en un exitoso musical de Broadway de Sherman Edwards y Peter Stone. Es una opereta folclórica descarada que convierte el Segundo Congreso Continental en un vodevil político. John Adams (William Daniels, repitiendo su rol teatral) es un yanqui gruñón e implacable que empuja sin descanso por la independencia. Benjamin Franklin (Howard da Silva) reparte sabiduría, chistes y dobles sentidos con la misma soltura con que firmaría tratados. Thomas Jefferson (Ken Howard) es el romántico que se encierra a escribir la Declaración mientras sueña con su esposa. La película dura unas dos horas y veinte minutos de debates, votaciones, cartas y números musicales que van desde la exasperación ("Sit Down, John") hasta la picardía sureña ("The Lees of Old Virginia").

Nominada al Oscar a Mejor Fotografía (por Harry Stradling Jr.), nominada al Globo de Oro a Mejor Película Musical o Comedia, y reconocida entre las mejores diez del año por la National Board of Review, no arrasó en taquilla ni se convirtió en clásico intocable o película de culto, pero ha sobrevivido en el cariño popular. Nell Minow, de Common Sense Media, resumió su impacto: "Todos los estadounidenses deberían verla una vez al año". Y tiene razón. Es el tipo de película que certifica que la independencia no fue solo un documento embalsamado, sino que fue gente peleando, negociando y cantando para que existiera.

Tuvo furibundas críticas. La sempiterna bocazas estreñida de Pauline Kael, en la rimbombante y pedante The New Yorker, la sentenció a la muerte cinematográfica en una de sus diatribas características preguntándose qué puede ser más espeluznante que una opereta folclórica de Broadway con los padres fundadores, dobles sentidos y tragedias nacionales, y se respondía a sí misma: "La versión cinematográfica". Roger Ebert, petulante y superficial como es habitual, por su lado, apenas podía soportar recordar las canciones: "Es una lástima que esta película no aprovechara su derecho a la búsqueda de la felicidad".

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Copia del guión de '1776' depositada en la Biblioteca del Congreso de EEUU

Con todo respeto a estas dos figuras sagradas de la crítica, estas reseñas huelen a ese elitismo adorniano que tanto daño ha hecho, esa pose de inquisidores cinematográficos que fruncen el ceño ante cualquier cosa que huela a placer popular, a humor accesible o, Dios no lo quiera, a diversión sin culpa. Kael y Ebert, en este caso, actúan como guardianes de un templo del arte serio, enemigos declarados del humor cuando este se atreve a mezclarse con temas "importantes". Como todas las religiones fanáticas, detestan lo que no controlan. Prefieren el ceño fruncido y el análisis impostado a la risa que surge cuando ves a Benjamin Franklin cantando mientras seduce delegados. Es crítica de mandarines enfurruñados, esa que confunde solemnidad con profundidad y que mira por encima del hombro cualquier obra que se atreva a humanizar a los gigantes históricos sin convertirlos en bustos de yeso.

Por mi parte, celebro 1776 precisamente por su irreverencia cariñosa. Muestra los debates sobre la esclavitud (y cómo se eliminó la cláusula antiesclavista del borrador original para no perder a las colonias del Sur), las rivalidades regionales, el calor asfixiante de Filadelfia y la pura terquedad política. Las canciones no son sublimes, pero son pegadizas y reveladoras porque capturan la frustración, el ingenio y la euforia del momento. No es un documental de National Geographic, tampoco de Errol Morris o Jean Rouch, pero es teatro popular que hace que la historia se sienta cercana. Y en un país que tiende a mitificar su origen, eso es valioso. Verla una vez al año, como sugiere Minow, no es patriotismo barato ni occidentocentrismo colonialista, sino un recordatorio de que la democracia nace del conflicto y del compromiso, no de la pureza doctrinal ni el utopismo de sacristía.

The Patriot, The Crossing, Corazones indomables ...

Si 1776 es el corazón musical y optimista, The Patriot (2000) de Roland Emmerich, es el músculo que combina la acción con la reflexión. Mel Gibson interpreta a Benjamin Martin, un granjero viudo y veterano de la guerra franco-india que intenta mantenerse al margen de la guerra hasta que los británicos cometen atrocidades contra su familia. Heath Ledger es su hijo mayor idealista, Jason Isaacs el villano británico carismáticamente sádico. La película es un blockbuster típico de finales de los 90 caracterizado por batallas espectaculares, venganzas personales y un patriotismo que a veces roza la caricatura, pero las grandes pasiones siempre les parecerán ridículas a los mediocres.

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Las libertades históricas que se toma Emmerich son muchas, mezclando eventos y exagerando brutalidades, pero funciona como cine popular, ese que desprecian los mediocres impostados de elitismo huero que he mencionado antes a propósito del patriotismo. Sin embargo, captura acertadamente el papel de la guerrilla sureña y las milicias, así como el costo humano de la guerra. No es sutil, pero tampoco pretende ser la Crítica de la razón pura. Gibson, en su momento de máximo magnetismo, lleva la película con esa mezcla de estoicismo dolido y furia contenida que lo hizo estrella, dándole ese tono conservador, al estilo de Siegel y Eastwood, que la cinefilia progresista detesta. Críticos adornianos la destrozaron por simplificar, pero yo la defiendo como entretenimiento pedagógico que no está al nivel de Rossellini, pero le da mil vueltas a los tochos marxistas al estilo de Howard Zinn que han tratado de denigrar la revolución americana desde una perspectiva de resentimiento y filoautoritarismo (lo llaman "decolonialismo").

En el polo opuesto está The Crossing (2000), con Jeff Daniels como George Washington. Esta producción televisiva se centra en una sola operación desesperada: el cruce del Delaware la noche de Navidad de 1776 y el ataque sorpresa a Trenton. Daniels ofrece un Washington cansado, enfermo, dudoso —nada que ver con el general infalible de los cuadros—. La película es modesta en presupuesto pero rica en una atmósfera en la que hierve la nieve, se hunden botes, mueren soldados descalzos y da la sensación constante de que todo puede derrumbarse, fracasar, ser derrotado. Es de las que mejor transmiten la fragilidad del momento fundacional. Sin ella, la causa independentista probablemente se habría extinguido en el invierno de 1776.

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Revolution (1985), protagonizada por Al Pacino como un trampero arrastrado a la guerra, es un caso fascinante de ambición fallida. Intenta un realismo sucio, antiheroico, con una perspectiva tolstoiana de la guerra: barro, miedo, lealtades y traiciones en bucle. Fue un fracaso comercial y crítico en su momento, pero con distancia revela virtudes. Pacino está intenso, la recreación de Nueva York colonial es impresionante y evita el triunfalismo fácil. Muestra la Revolución desde los ojos de quien no tiene ideales grandiosos, solo lucha por su supervivencia. No es redonda, pero sus fallos son más interesantes que los aciertos de muchas películas más pulidas.

John Ford, el maestro de la épica americana, aportó Corazones indomables (1939), con Henry Fonda y Claudette Colbert. Ambientada en la frontera de Nueva York, muestra a colonos anglosajones que se enfrentan a británicos, sus indios aliados y las durezas de la vida rural. Ford filma paisajes y comunidades con su habitual maestría. No es tanto sobre batallas famosas como sobre cómo la Revolución se vivió en los márgenes, esa combinación en tensión entre el hombre individualista hecho a sí mismo que rompe fronteras y la comunidad tribal solidaria que crea un hogar que aspira a ser conservado. Es cine clásico, con esa nostalgia por la comunidad y el sacrificio que Ford hacía tan bien.

April Morning (1988), con Tommy Lee Jones, adapta la novela de Howard Fast y se centra en los primeros disparos en Lexington y Concord. Más cerebral, muestra debates internos entre colonos: ¿vale la pena la guerra? ¿Es traición o deber? Es una película de transición generacional, con un joven protagonista que crece de golpe ante la violencia.

Las series

Pero ha sido el formato alargado (vulgo: series) el que ha dado algunos de los mejores retratos. John Adams (2008, HBO) es la cima. Siete episodios basados en la biografía de David McCullough. Paul Giamatti es un Adams magistral, tan irritable como brillante, tan vanidoso como profundamente moral. A menudo insoportable. Laura Linney como Abigail, su esposa, es su igual, tan inteligente como feroz. El ancla emocional de la serie. Recorre la serie desde los primeros debates hasta la presidencia, pasando por la Declaración, la guerra, la diplomacia en Europa y los años de fundación institucional.

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Lo que hace grande a John Adams es que no mitifica. Muestra las peleas con Jefferson, las tensiones con Hamilton, el terror de las epidemias, el costo familiar y las contradicciones de una república que predicaba libertad mientras mantenía esclavitud. Es densa, hablada y actoralmente impecable. Hay diálogos que se encuentran entre los mejores momentos de teatro político. Si 1776 da la chispa inicial, John Adams te da el peso completo de lo que significó el nacimiento de una nación.

Más reciente, Franklin (2024) con Michael Douglas explora al diplomático en Francia, con su encanto, pragmatismo y debilidades. Es más ligera, enfocada en intriga cortesana y alianzas internacionales. Cumple como character study, aunque no alcanza la densidad de John Adams.

Sin duda, la fundación de EEUU no fue un evento limpio, inmaculado, inobjetable. Fue un momento de posibilidades radicales y limitaciones brutales. Como señalamos, libertad para unos, esclavitud para otros. También ideales ilustrados y cinismo de realpolitik. Las películas y series que mejor funcionan son las que abrazan esa tensión. 1776 lo hace con humor y música; John Adams, con profundidad psicológica; The Crossing y Revolution con crudeza; The Patriot con espectáculo.

Las críticas que desprecian el humor popular (esa pose de Kael y Ebert en 1972) me recuerdan a los guardianes de la alta cultura que miran con desdén cualquier cosa que llegue al público masivo. Es una forma de esnobismo disfrazado de rigor, el mismo que Adorno aplicaría a la industria cultural. Prefieren el sufrimiento artístico puro antes que una canción pegadiza que haga que un adolescente recuerde que Adams, Jefferson y Franklin eran hombres reales, no semidioses. Yo prefiero el cine que celebra la imperfección democrática, tan ruidosa como negociada. A veces ridícula, pero siempre viva.

En un mundo de revisionismos extremos y patriotismos huecos, estas obras ofrecen matices que nos dan que pensar. Te invitan a celebrar el experimento americano sin ignorar sus pecados originales. Ver 1776 una vez al año no es escapismo, sino el recordatorio de que la búsqueda de la felicidad incluye el derecho a reírse de uno mismo y de sus fundadores.

Y al final, eso es lo más americano de todo y lo que caracteriza a 1776, tomar algo tan serio como la independencia y atreverse a cantarlo. Que los inquisidores cinematográficos frunzan el ceño. El resto seguiremos tarareando "Sit Down, John" mientras firmamos nuestra propia declaración de independencia contra el aburrimiento solemne.

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