
Sombra nómada se mueve por un territorio que parece estar hecho precisamente para que nadie termine de encontrar su sitio: el desierto marroquí, el Sáhara Occidental y una comunidad saharaui atrapada entre fronteras, identidades y una historia política que pesa sobre cada personaje. Marian, su protagonista, vive esa condición de pez fuera del agua desde el primer momento. Es saharaui, pero también española; en Marruecos la ven como española, como "uno de ellos" y, al mismo tiempo, como alguien que no termina de pertenecer a ningún sitio.
La película funciona mejor cuando se olvida del discurso y se queda con esa sensación mucho más sencilla y reconocible de no saber dónde está uno en el mundo. Hay algo especialmente interesante en cómo convierte el conflicto político en una tragedia cotidiana, en lugar de utilizar a sus personajes como simples portavoces de un discurso. Marian lleva un piercing, tiene una manera de mirar y de comportarse que la convierte inmediatamente en alguien extraño dentro de su propio entorno. No hace falta que la película nos explique constantemente qué debería pensar de ella: basta con verla intentar desenvolverse en un lugar que parece haber decidido de antemano que ella ya no pertenece allí.
De hecho, uno de los mayores aciertos de la película está precisamente en no fabricar ese catálogo de personajes políticamente correctos que tanto le gusta al cine que confunde compromiso con catecismo. Aquí hay gente que quiere marcharse, gente que no soporta las normas que le han tocado, homosexuales que sufren rechazo y personajes que, sencillamente, aspiran a salir de allí y tener otra vida. No son santos ni representantes de una causa: son personas. Y quizá por eso resultan bastante más creíbles.
La película introduce además una dimensión onírica, casi de pesadilla, que convierte el desierto marroquí y el Sáhara Occidental en algo más que un escenario exótico. Ese paisaje parece prolongar el estado mental de Marian: un lugar enorme, abierto hasta el infinito y, sin embargo, completamente claustrofóbico. Puedes caminar durante horas y seguir sin llegar a ninguna parte. Una imagen bastante buena para explicar lo que le ocurre a la protagonista.
El problema es que Sombra nómada tiene una idea mejor que la película que acaba construyendo. Su planteamiento inicial es potente: una mujer que pertenece y no pertenece, que es de allí y de fuera, atrapada en un paisaje físico y político del que quiere escapar. Pero llega un momento en que la película parece quedarse mirando esa misma idea, como si no supiera muy bien qué hacer con ella.
Es el problema de determinadas películas de tesis: arrancan con una pregunta estupenda y terminan dando vueltas alrededor de ella esperando que el espectador confunda profundidad con duración. Sombra nómada es cine correcto, tiene el corazón en su sitio e imágenes, atmósfera y una protagonista con suficiente conflicto como para sostener una película mucho más contundente. Pero cuando debería avanzar, se estanca.
Licenciado en Historia del Arte y Comunicación Audiovisual en la UCM de Madrid. Colaborador en esRadio. Crítico de cine y series en Libertad Digital. Una de las voces del podcast Par-Impar.
