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Crítica: 'Los Juegos del Hambre. En llamas', con Jennifer Lawrence

A estas alturas dudo de la utilidad de comentar una película como Los Juegos del Hambre: En llamas señalando la dudosa originalidad del argumento. O criticando la avidez de Hollywood a la hora de buscar los dólares de la masiva audiencia juvenil, voraz y fiel si se consigue captar su huidiza atención. O recordando los extraordinarios 691 millones de dólares obtenidos por la primera entrega en la taquilla mundial, una cifra que, tras los fracasos de Percy Jackson, Cazadores de Sombras, Criaturas hermosas y otros filmes tan recientes como olvidados, la sitúan como la única franquicia juvenil capaz de tomar el relevo de los Harry Potter y Crepúsculos de turno (más la primera que la segunda, gracias a Dios...).

La película de Francis Lawrence, como toda secuela, es una versión corregida y ampliada de la primera entrega, que si no lo recuerdan, estuvo dirigida por Gary Ross (autor de aquella maravilla titulada Pleasantville... pero también de un puñado de discursos de Bill Clinton, y ahí lo dejo). En manos del realizador de Constantine, Soy Leyenda y Agua para elefantes, menuda combinación, En llamas se convierte en un evento cinematográfico mucho más relevante, una película de más peso específico y mejor realizada que, sin embargo, no pierde empuje en los elementos dramáticos... por mucho que en ocasiones la repetición del esquema genere incomodidad.

Personalmente nunca he llegado a comprender algunos de los senderos de las novelas de Suzanne Collins, autora literaria de la trilogía Los Juegos del Hambre. La película (sí, ya lo sabemos) une los futuros distópicos mil veces vistos en el cine con ciertas propuestas del sangriento éxito de culto Battle Royale, añadiendo un componente más dramático, clásico y aventurero. Pese a su sólida construcción, no llego a creer ese (afortunadamente) tímido triángulo amoroso entre la heroína Katniss Everdeen y sus dos colegas, ni tampoco en cómo se sobredimensionan de manera épica las acciones de la joven, convertida en un símbolo de la esperanza y la libertad en un régimen totalitario demasiado fácil de derrocar. Me chocan los extravagantes peinados de sus estrellas y los elaborados nombres de sus personajes, sobre todo en una película de ciencia ficción que se pretende espeluznante (y que logra su objetivo en bastantes ocasiones). Y en general, toda la comedia de los Juegos, que en toda su suavizada crueldad se me antoja un tanto infundada.

Dicho esto, ahí se acaban las críticas a Los Juegos del Hambre: En llamas, una película que se gana el respeto y la atención del respetable, que se extiende a lo largo de dos horas y media que apenas pesan, y que desarma incluso las reservas anteriormente expuestas gracias al trabajo de una extraordinaria Jennifer Lawrence, una actriz capaz de allanar cualquier artificio y a quien por fin se le pone a tiro de arco desarmar un régimen a golpe de venganza teen. En todos los sentidos, la película amplía y contextualiza mejor la mitología de Collins, resulta más adulta y oscura (y a la vez menos marrullera) y en general planea mejor sobre la moralidad y posibilidades de la historia.

Francis Lawrence aprovecha la labor de todo un ejército de eficaces secundarios y nos quedamos con ganas de más enfrentamiento entre Lawrence y Sutherland, pero sobre todo entre Lawrence y Seymour Hoffman: atención a la escena en el baile. Y por supuesto, resulta un realizador mucho más versado que Ross en la confección de escenas de acción. Como buen artesano, el británico tiene tiempo para diseñar planos y momentos memorables (la set-piece de la niebla, seguida de la de los primates... y atención en ambas a la música de James Newton Howard) y hasta de visualizar un extraordinario desenlace (sin decir más: Katniss apuntando a la cúpula) sumando un epílogo que nos deja esperando lo mejor.

Estoy en Twitter: @confecinepata

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