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Mártires de Paracuellos, una calle pequeña para un genocidio

En el distrito de Tetuán, hay una pequeña y estrecha calle de poco más de 200 metros de largo, dedicada a honrar a las víctimas de las matanzas realizadas por el Frente Popular en Madrid en el otoño de 1936 entre los enemigos de clase.

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Mártires de Paracuellos | Libertad Digital

A finales del verano de 1936, Madrid entero era una prisión. Por un lado, el Frente Popular había encerrado en la Cárcel Modelo (donde ahora se alza el Cuartel General del Ejército del Aire) y en otros edificios habilitados a miles de oficiales, intelectuales (el pensador Ramiro de Maeztu, el dramaturgo Pedro Muñoz Seca…) y en definitiva a las elites contrarrevolucionarias (aristócratas, altos funcionarios, seminaristas, monjas y burgueses ancianos como el republicano Melquiades Álvarez, expresidente del Congreso); igualmente, estaban encerrados cientos de asilados en embajadas y miles de pobres desgraciados en sus casas, donde esperaban con el corazón en un puño la visita de la Brigada del Amanecer: "Dolían los ruidos más sencillos. Eran descargas, derrames nerviosos, el timbre en la escalera, el frenazo de un coche" (Madrid, de Corte a checa, de Agustín de Foxá). Por otro lado, era una cárcel para los milicianos que habían huido desde Badajoz, los funcionarios del Gobierno y la población más popular, ya que las evacuaciones eran muy restringidas.

En el otoño del 36, cuatro columnas nacionales atacaban la ciudad y el Gobierno de República estaba tan convencido de que la caída de la capital era inminente que el 6 de noviembre Azaña, jefe del Estado, y Largo Caballero, presidente del Gobierno, huyeron a Valencia. Dejaron tras de sí una Junta de Defensa, presidida por el general Miaja y en la que el joven comunista (antes socialista) Santiago Carrillo, emboscado en un despacho sus 21 años de edad, dirigía la consejería de Orden Público.

Se planteó entonces un problema que el soviético Mijaíl Koltsov, enviado de Stalin, planteó así: "En las cárceles de Madrid hay ocho mil fascistas encerrados, de ellos tres mil son oficiales de carrera y la reserva. Si en la ciudad hay un motín o penetra el enemigo, éste tendrá ya preparada una columna excelente de oficiales". Una de las muchas incitaciones a la aniquilación de presos indefensos la publicó el diario La Voz el 3 de noviembre: "Hay que fusilar a más de cien mil fascistas camuflados, unos en las cárceles, otros en las retaguardias". ¡Más que el aforo del estadio Santiago Bernabéu!

La solución fue la aplicada por los bolcheviques en la guerra civil rusa y, en 1940, en Katyn con los prisioneros polacos: una matanza sistemática. "Todo el mecanismo burocrático de un Estado era cómplice de los asesinatos" (Madrid, de Corte a checa), que por sus motivaciones y su número alcanza la categoría de genocidio, de acuerdo con la definición elaborada a nivel internacional de este crimen contra la humanidad.

La defensa hecha por Carrillo y los publicistas republicanos para descargar al Frente Popular y a los miembros de la Junta de semejante exterminio ha sido la de atribuir las sacas a incontrolados enloquecidos por el miedo y enfurecidos por los bombardeos. ¿Alguien se cree que, en una ciudad casi sitiada y movilizada, donde las patrullas registraban domicilios y detenían a sospechosos unos grupos formados por docenas de hombres en edad militar iban a disponer no sólo de armas y munición, sino que se iban a pasear por las calles al margen de la movilización y los controles, hacerse con autobuses, camiones y gasolina para éstos, presentarse en las puertas de las cárceles, sacar a presos políticos, trasladarlos a las afueras —lo que supone cruzar las líneas de defensa— y ametrallarlos, para volver a repetir la matanza al día siguiente?

El exterminio se realizó en diversos lugares, no sólo en Paracuellos, descubierto por el alemán Félix Schlayer, que lo denunció a Carrillo, como Torrejón y Aravaca. El número de asesinados oscila entre los 4.000 y los 5.000, pero no se sabe porque el régimen franquista no desenterró los cuerpos y no parece que tampoco lo vayan a hacer las asociaciones subvencionadas de la memoria histórica.

Cuando el anarquista Melchor Rodríguez se puso al frente de la Dirección de Prisiones, consiguió detener las sacas, lo que prueba que, de haberse tratado sólo de incontrolados, se habrían podido impedir.

Desde luego, entre quienes merecen calles en Madrid, junto con los asesinados, están Melchor Rodríguez, llamado el Ángel Rojo, y Félix Schlayer, que se jugaron sus vidas por defender a sus semejantes de unos asesinos.

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