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La herencia del franquismo

La Transición se logró por una extraña alianza de las fuerzas de la oposición a Franco con algunos elementos modernizadores del régimen.

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Doña Sofía del brazo de Franco y Don Juan Carlos del brazo de Carmen Polo | Corbis

Nos hace cierta ilusión suponer que con la Transición democrática se desvaneció el franquismo. Ni siquiera hubo que prohibir o limitar el partido franquista, pues no existió. La Transición se logró por una extraña alianza de las fuerzas de la oposición a Franco con algunos elementos modernizadores del régimen. No, no hubo ruptura sino acomodación relativamente pacífica a un sistema de partidos y libertades, deseado ya por la mayor parte de los españoles.

Primer Gobierno de España tras el franquismo

Tan suave fue el cambio político de la Constitución de 1978 que no nos damos cuenta de que se mantuvieron, y aún perviven, muchos elementos típicos del franquismo. Es el caso de los sindicatos, realmente una continuidad de los verticales del régimen anterior. Incluso ocupan algunas sedes de sus antecesores.

Naturalmente, en un régimen de libertad como el actual no hay lugar a instituciones autoritarias como la censura. Sin embargo, el que suscribe podría dar testimonio de algunos episodios de censura en plena democracia. Hay instituciones, como RTVE, que son la réplica exacta de como fueron concebidas en el franquismo. Valga como anécdota que la actual democracia ha conservado intactas las dos pagas extraordinarias que instituyó Franco como una especie de ahorro forzoso. La misma idea de las subvenciones públicas a los partidos, los sindicatos y los grupos de presión más potentes fue una idea del franquismo, que hoy subsiste con gran vitalidad. Es fácil concluir que la actual corrupción política sigue las pautas del franquismo, solo que ahora con muchos más medios.

Es fácil determinar que el franquismo fue el reinado de una oligarquía. Pero ahora, con toda la democracia del mundo, sigue funcionando el tirón oligárquico.

En el mes de octubre pasado asistimos los españoles al primer debate electoral entre Pablo Iglesias II y Albert Rivera, los dos políticos "emergentes". Teóricamente era entre la izquierda y la derecha, pero lo curioso es que muchas de las aseveraciones de Pablo Iglesias II sonaban a franquismo. No otra cosa es su paternalismo obrerista, su desconfianza de la democracia representativa, su autoritarismo.

La creencia más firme del momento es otra herencia del franquismo. Se traduce en el convencimiento de que el Gobierno puede crear puestos de trabajo. Es algo que mantienen todos los partidos en liza. El especioso argumento consiste en que el Gobierno, subiendo los impuestos, puede crear puestos de trabajo como el mago saca conejos de la chistera. Todos los partidos que han gobernado en la Transición y van a gobernar en lo que venga participan de ese principio de que hay que aumentar el gasto público. He ahí la fuente de nuestras desgracias como pueblo, ahora convertido en pasiva ciudadanía.

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