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Un cronista en el reino de Franco

El veterano periodista Joaquín Bardavío y autor del libro 'El reino de Franco' creía que lo franquista no murió con Franco. Le sobrevivieron por ejemplo los actuales sindicatos o la paga extraordinaria de julio.

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Detalle de la portada del libro 'El reino de Franco' de Joaquín Bardavío | Ediciones B

En una ocasión, y con motivo de un aniversario de la muerte de Franco como el que se nos avecina ahora en noviembre, elaboré para el periódico en el que trabajaba entonces una encuesta sobre si el franquismo murió con Franco o, de alguna forma, le sobrevivió hasta nuestros días. Uno de los entrevistados fue el veterano periodista Joaquín Bardavío, que de joven reportero se había adentrado exitosamente con sus investigaciones en esos terrenos de la Historia que lindan con la actualidad: los terrenos de la Historia reciente.

Bardavío me dijo que no, que el franquismo no murió con Franco, o no murió del todo, pues si bien el franquismo no era posible sin Franco (su tesis es que el franquismo fue biodegradable), ciertos aspectos sí le sobrevivieron. Y me puso como ejemplo las protestas aún calientes de Comisiones y UGT contra la reforma laboral de Rajoy, pero no por lo que la reforma pudiera recordar al Fuero del Trabajo, sino -agárrense que hay que curva- por lo que las protestas tuvieron de acto de adhesión inquebrantable si no al caudillo, sí a su obra.

Quien no conozca a Bardavío ha de desechar la imagen de un hombre poco amigo del rigor y entregado a la agudeza. Todo lo contrario. Las apariciones públicas de Joaquín lo son con habas contadas, normalmente con ocasión de la publicación de uno de esos libros en los que trabaja durante años; con que no le busquen ni en las tertulias ni en las columnas. Lo que sucede es que cuando uno ha estudiado a fondo un tema se puede permitir ciertas fórmulas simplificadoras, siempre que le den la oportunidad, eso sí, de proceder al desarrollo de las mismas. En aquella ocasión, lo que Bardavío trató de decir es que el modelo laboral que defienden los sindicatos, y por el cual al empresario le obligaban a casarse con el trabajador, traía su origen, gustara o no, del franquismo.

En auxilio de Bardavío, y dentro del mismo reportaje, salió un español de su generación, Amando de Miguel, que al igual que nuestro protagonista debe de experimentar una cierta sensación de nostalgia –o, mejor, una sensación cierta de nostalgia- cada vez que pasa por la esquina de General Pardiñas con Maldonado, donde estuvo la sede del Madrid, diario en el que los dos colaboraron hasta casi formar parte del paisaje, del paisanaje e incluso del mobiliario. Recordaba Amando la anécdota, no recuerdo ahora si protagonizada por Marcelino "Perkins" Camacho o Nicolás Redondo senior, en la que de visita a la sede de los sindicatos verticales, muerto ya Franco, uno u otro sindicalista exigió la titularidad de las instalaciones "y con los ascensores funcionando".

Representantes sindicales en una manifestación en Madrid

Por cierto, Amando también apuntaba como síntoma de la mutación del franquismo en nuestros días el tuteo indiscriminado, tan del gusto falangistón de cuando España era una unidad de destino en lo universal. A este particular, cabe recordar aquel tribunal de honor de la vieja guardia de la Falange que llamó a capítulo a unos señores de azulete firmantes de un manifiesto por la restauración de la monarquía, a los que convocó tratándolos de "camarada" y a los que despidió, sin honores y con cajas destempladas, dándoles tratamiento de "señor don". La anécdota, por cierto, está registrada en El reino de Franco, el último libro de Bardavío. Y aquí, al último libro de Joaquín, es adonde queríamos llegar.

Portada del libro

Se trata de un tocho de casi ochocientas páginas, editado por Ediciones B y con una de aquellas monedas de cinco duros -que a todo el mundo gustaba, sobre todo a los tecnócratas- con la efigie del caudillo en portada; moneda que, por cierto, fue de curso legal hasta mediados de los noventa, lo que refuerza la idea de que el franquismo no murió con Franco o no murió del todo. Pero no es esta la tesis del libro. Ni siquiera lo es, a pesar de lo que el título pueda sugerir, la de determinar cuál fue la forma política del Estado. El libro de Bardavío es, sobre todo, una biografía de Franco o, si se prefiere, una crónica del franquismo, que a ver quién se atreve a disociar al hombre de su época, pues Franco fue uno de esos raros personajes de la Historia que en el empeño de forjarse un carácter y un destino logran también forjar el carácter y el destino de un tiempo y de un país.

El reino de Franco, como todos los libros de Bardavío, está escrito con ritmo trepidante, con lo que el lector leerá con el mismo interés las aventuras del joven Franco en África o las batallas decisorias del curso de la guerra que la elaboración de unos planes de desarrollo plagados de tecnicismos. El tipo, qué duda cabe, tiene oficio. Pero no solo eso. A la escritura del libro le ha dedicado tiempo, abundante bibliografía y documentación, y testimonios directos de la época, no en vano la estructura del poder en la España de Franco la tenía de jovencito Joaquín en la cabeza y, por si acaso, apuntada en una agenda de teléfonos.

Franco con dos de sus nietas

Pero lo mejor es el rigor histórico. A pesar de que durante el franquismo Bardavío no militó en el grueso de los indiferentes, sino que orbitó alrededor de los círculos de don Juan de Borbón, a pesar de esto, digo, acepta las consecuencias de los hechos históricos y rehuye toda actitud batallona ante el pasado, como le hubiera gustado al maestro Jaime Vicens Vives. La Historia, por tanto, como el noble empeño de contar lo que pasó y tratar de entenderlo, sin apriorismos ni ajustes de cuentas.

Toda una heroicidad, en fin, en estos tiempos en los que todavía hay quien reescribe el pasado para fabricarse una biografía política urgente, Público lleva en portada a diario del orden de media docena de noticias sobre la Guerra Civil y el franquismo, y el pico y la pala son ya políticas de Estado, con unos piquetes, los de la memoria histórica, que el día menos pensado pasan a depender de un negociado cualquiera del Ministerio de Fomento.

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