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Los castellanos traidores a los Reyes Católicos

En los años posteriores a la muerte de la reina Isabel la Católica muchos nobles castellanos prefirieron unos portazgos o una aldea para sus señoríos antes que el futuro que asomaba en las Indias, el Mediterráneo o Europa.

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Isabel y Fernando, los Reyes Católicos | Wikipedia

Se cuenta que cuando Carlos III implantó ordenanzas para limpiar las calles de Madrid las protestas populares le hicieron pronunciar la siguiente frase: "mis vasallos son como los niños: lloran cuando se les lava". A los pueblos no les suelen gustar las novedades ni los individuos que les abren nuevas puertas. Así se comprende el rechazo que tuvieron los planes de los Reyes Católicos entre muchos de sus súbditos y los intentos de romper la Unión de Reinos. En los años posteriores a la muerte de la reina Isabel la Católica muchos nobles castellanos prefirieron unos portazgos o una aldea para sus señoríos antes que el futuro que asomaba en las Indias, el Mediterráneo o Europa.

Pero el egoísmo y la cortedad de miras no eran patrimonio sólo de los castellanos. En 1483, con la Monarquía asentada y la guerra de Granada comenzada, el rey Fernando, segundo de su nombre en Aragón, convocó Cortes para discutir la conquista del Rosellón y la Cerdaña, tierras al norte de los Pirineos que los franceses habían ocupado y que el rey Carlos VIII se negaba a devolver pese a la orden de su padre Luis XI en su testamento. Fernando convocó Cortes simultáneas de su Corona en Tarazona, pero no mezcladas: cada parte del reino se reuniría por separado en la villa.

Los reyes se encontraron con la sorpresa de que los catalanes, que iban a ser los más beneficiados de recuperarse los condados pirenaicos consideraron contrafuero que las Cortes se convocasen fuera del principado y se negaron a acudir; además convencieron a los valencianos de que tampoco fueran a Tarazona. Los procuradores aragoneses sí acudieron y presentaron una lista de agravios (greuges) para enredarse con el rey en "interminables discusiones" y de esta manera no implicarse.

Luis Suárez (Los Reyes Católicos) describe la reacción de la reina:

"Isabel no salía de su asombro: que ella estuviese dispuesta a suspender la guerra de Granada y volcar los recursos de su reino en una empresa privativa de la Corona de Aragón y fuesen catalanes, valencianos y aragoneses quienes se oponían, le resultaba incomprensible. (…) En consecuencia, que Fernando siguiera, si así lo deseaba, perdiendo el tiempo en Tarazona. Ella tornaba a Andalucía para continuar la guerra."

Los "jabalíes espumarajeantes"

Una situación más grave se planteó con la muerte del príncipe de Asturias. Como narra Manuel Fernández Álvarez (Historia de España de Menéndez Pidal),

"La dinastía es aquí la única institución que va forjando lentamente la unidad nacional. Su consecuencia se puede comprender fácilmente: cualquier problema de sucesión se transforma, al punto, en un problema de unidad nacional."

La crisis política se planteó al morir el príncipe Juan en 1497. Se agravó a medida que fallecían la infanta Isabel (1498), su hijo Miguel de la Paz (1500) y la propia reina (1504). "Y no se cierra hasta veinticinco años después al liquidarse las rebeliones de comuneros y agermanados". Las Cortes de 1502 y 1503 habían suplicado a la reina que pusiese en orden la sucesión.

Felipe de Habsburgo, duque soberano de Borgoña y príncipe de Castilla por su matrimonio con la infanta Juana (1496), rondaba como un buitre la herencia de su esposa. El embajador de los Reyes Católicos en la corte borgoñona, Gutierre Gómez de Fuensalida, comunicó a sus señores que Felipe se tituló príncipe de Asturias en cuanto supo la muerte de Juan de Trastámara. Además, Felipe, rompiendo las directrices de su padre Maximiliano y sus suegros, había comenzado el acercamiento al rey de Francia.

El viaje del matrimonio a España para jurar como herederos se realizó a través de Francia. Su duración (de noviembre de 1501 a finales de enero de 1502) y los agasajos que recibieron Juan y Felipe de Luis XII, así como el comportamiento de éstos en Castilla confirmaron a los Reyes Católicos que su hija estaba enloqueciendo y su yerno les abandonaba por el francés.

En la agonía de la reina Isabel, los nobles eran "como jabalíes espumarajeantes, con el deseo y a la expectativa de un profundo cambio" (Pedro Mártir de Anglería).

El gran conspirador: el señor de Belmonte

Una de las grandes obras de la Monarquía autoritaria de los Reyes Católicos había consistido en quebrantar la soberbia de los linajes castellanos, que habían arrasado el reino de cabo a rabo y saqueado el patrimonio de la corona en los reinados anteriores, sobre todo en el de Enrique IV (1454-1474). Les obligaron a desmochar sus torres, cegar los fosos de sus castillos y dispersar sus mesnadas, así como a devolver muchos de los señoríos y fortalezas de los que se habían apoderado. Sólo por esta labor, el reinado de Isabel y de Fernando merece ser llamado progresista.

El mayor conspirador fue Juan Manuel de Villena, señor de Belmonte y embajador de los Reyes Católicos ante los duques de Borgoña, "hombre tramoyista y urdemalas" (v. Luys Santa Marina, en Cisneros). Él formó el partido flamenco en Castilla, cuyas principales cabezas fueron el conde Benavente, el duque de Nájera, el duque de Medinasidonia y el marqués de Villena. La señal para la rebelión fue la protesta del duque de Nájera contra las Cortes de Toro, que aceptaron el testamento de la reina Isabel y nombraron a Fernando gobernador del reino. Pronto apareció un embajador de Felipe, el señor de Veyre, con cartas para el alto clero, los grandes y las ciudades. Juan Manuel llegó a escribir al Gran Capitán, virrey de Nápoles.

Al preparar el viaje de Borgoña a España, Felipe y el partido flamenco humillaron a Fernando, haciéndole correr en busca de los nuevos monarcas. Éstos, en vez de desembarcar en Laredo, lo hicieron en La Coruña. El duque de Medinasidonia había ofrecido sus puertos en Andalucía. El marqués de Astorga no dejó a Fernando el Católico penetrar en sus tierras. Al final, el Trastámara y el Habsburgo se reunieron cerca de Puebla de Sanabria; el primero con un reducido cortejo y el extranjero rodeado de cientos de soldados alemanes y nobles armados. Fernando tuvo ánimo para burlarse de sus antes callados nobles porque disimulaban sus armaduras debajo de los vestidos, como el conde de Benavente y su antiguo embajador Garcilaso de la Vega.

El anuncio del matrimonio de Fernando el Católico con Germana de Foix (reacción a la política francófila de Felipe) molestó muchísimo en Castilla y la presencia de la francesita en Valladolid aumentó el enfado popular.

Las filas del Trastámara siguieron clareando: el obispo Deza, presidente del Consejo Real, se pasó a Felipe. Para quitarle más aliados al viejo rey, el borgoñón pidió al papa Julio II que llamase a Roma a varios prelados, uno de ellos Cisneros, arzobispo de Toledo. El pontífice, no lo hizo y le recomendó amistad con su suegro. Sin embargo, Cisneros se acercó a Felipe, aunque por "alta cuestión de Estado", para evitar la guerra civil. El Austria expulsó a su suegro de Castilla por medio de la Concordia de Villafáfila y, encima, no le permitió ver a su hija. El único grande que se unió al cortejo del vencido fue el duque de Alba.

Ese mismo año de 1506 volvió a haber embajadores entre Castilla y Aragón, "circunstancia que no se daba desde hacía casi tres decenios" (v. Miguel Ángel Ochoa Brun, en Historia de la diplomacia española).

Los nobles empezaron a rasgar la túnica. El almirante de Castilla se rebajó a pedirle al nuevo monarca que le diese los bienes de un vecino de Valladolid acusado de herejía. A Juan Manuel, que ya había sido nombrado caballero de la Orden del Toisón de Oro, el rey le concedió la tenencia del alcázar del Segovia y el castillo de Burgos, y a Charles de Poupet el castillo de Simancas, propiedad de la Corona y antes del almirante de Castilla. El duque de Medinasidonia sitió Gibraltar, ciudad de realengo, pero fue derrotado. A la crisis política y dinástica se unieron malas cosechas y hambrunas.

La avaricia de los flamencos y la altivez de los grandes reforzaba el partido fernandino, formado por las ciudades y la burguesía. Aunque no tenía fuerzas suficientes para oponerse al otro, su número aumentaba día a día.

El retorno del rey

"El haz de saetas de Isabel se desmadejaba por momentos" (Luys Santa Marina). Pero en Burgos un día caluroso, un partido de pelota y un vaso frío de agua pusieron fin a la vida de Felipe, tan apuesto como botarate.

Cisneros se hizo con la presidencia de la Junta provisional de gobierno, que acordó una tregua entre los dos bandos por noventa días a partir del 1 de octubre de 1506, y mandó recado al rey Fernando para pedirle que volviera a ejercer la regencia, dada la incapacidad de su hija.

El partido antifernandino prosiguió sus maquinaciones: ofreció a Maximiliano I la regencia, trató de apoderarse del infante Fernando y hasta planeó sacar del convento portugués en el que se encontraba a Juana la Beltraneja y casarla (Ochoa Brun). Maximiliano propuso a Fernando que tomase el título de emperador de Italia y repartir la herencia de los Trastámara y Habsburgo entre los hijos varones de Juana y Felipe.

Fernando regresó a España con el Gran Capitán y el capelo cardenalicio para Cisneros obtenido de Julio II, muestra de su agradecimiento al franciscano. Desembarcó en Valencia, después subió a Teruel y de allí a Calatayud. Penetró en Castilla por las tierras altas sorianas y se acercó a Burgos por comarcas donde había más porcentaje de tierras de realengo, ya que no se fiaba de los nobles. En Monteagudo, Burgo de Osma, Aranda y Roa, las gentes le recibían con aclamaciones, porque esperaban que trajese en su equipaje paz, orden y justicia.

Juan Manuel huyó a los Países Bajos y allí se le encarceló; más tarde Carlos I le perdonó e incorporó a su servicio. El veterano de las guerras de Italia Pedro Navarro consiguió sin combatir la rendición del castillo de Burgos y la del duque de Nájera. Fernando expulsó de España al embajador de Maximiliano, Andrea de Burgo, y viajó a Andalucía para someter al marqués de Priego, sobrino del Gran Capitán. El duque de Medinasidonia había muerto de viejo y las villas de sus estados también se rindieron ante el ejército real, salvo la de Niebla, que fue asaltada y saqueada. Los grandes linajes no volverían a rumiar rebeliones hasta la gran crisis de mediados del siglo XVII.

Los comuneros, últimos rebeldes

Fernández Álvarez asegura que desde entonces hasta su muerte (1516), el rey Fernando gustó más de ser gobernador de Castilla que rey de Aragón. El historiador asegura que el soberano consideraba a Castilla el "núcleo fundamental" de la unidad interna de las tierras hispanas y, por eso, "cuanto mayor y más poderosa fuera Castilla, más se facilitaba esa absorción del resto peninsular". En consecuencia, el monarca prefirió que Navarra, "antemural de Castilla", fuese anexionada a ésta. Y las guerras con Francia en la primera mitad del siglo demostraron que tenía razón.

El último estallido de particularismo (xenofobia y "repugnancia a la universalización de España", según Gregorio Marañón) ocurrido a principios del siglo XVI fue la rebelión de los comuneros contra el nuevo rey Carlos, que no había puesto en peligro ni las libertades castellanas ni las franquías de las ciudades. Se trataba de gentes a las que daba vértigo asomarse (de nuevo Marañón) "por encima de las bardas de sus huertos".

Por fortuna, en los siglos siguientes los españoles colocaron la rosa de los vientos sobre sus corazones y se desperdigaron por todos los mares del mundo. Tuvo que venir el siglo XX, pretendidamente más culto y avanzado, para que los españoles se arrimaran otra vez a la sombra de sus campanarios, porque el sol al otro lado del valle quema mucho.

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