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40 años de los sucesos de Vitoria

Nadie, ni sus autores materiales, ni los inductores (los provocadores en las fábricas), ha sido juzgado, debido a las leyes de amnistía.

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Aniversario de los sucesos de Vitoria | EFE

El 3 de marzo de 1976 la Policía Armada causó cinco muertos en un tiroteo en Vitoria. La estrategia de la tensión aplicada por toda la izquierda fue la responsable, unida a la incompetencia del Ministerio de Gobernación, y concluyó con esa matanza, por la que nadie, ni sus autores materiales, ni los inductores (los provocadores en las fábricas), ha sido juzgado, debido a las leyes de amnistía.

En los últimos años, el nacionalismo vasco, tanto el representado por el PNV como el vinculado al mundo proetarra, tratan de apropiarse de esos muertos; el primero para mostrar su equidistancia entre el Estado español y la llamada izquierda abertzale y el segundo para diluir la violencia terrorista en la violencia policial. Sin embargo, el bizkaitarrismo no estuvo presente en ningún momento en Vitoria: los obreros no hicieron huelga por la independencia de Euskadi, sino por las vacaciones pagadas.

Rodolfo Martín Villa, ministro de Relaciones Sindicales en el Gobierno de Carlos Arias Navarro, recuerda (Al servicio del Estado) que en el primer trimestre de 1976 tocaba la renovación de "unos dos mil convenios colectivos y prácticamente todos estaban en negociación el 1 de enero". Por otro lado, la izquierda quería mostrar su fuerza en la calle, a través de Comisiones Obreras y de grupos más radicales, como la Liga Comunista Revolucionaria (LCR), la ORT, el Partido del Trabajo de España y el Movimiento Comunista. El periodista Mariano Guindal, autor de un libro sobre lo ocurrido en Vitoria, resume la situación (El declive de los dioses):

La dialéctica entre quienes defendían la ruptura y los que querían la reforma se puso al rojo vivo. El primer pulso fue le movimiento huelguista que se manifestó a principios de 1976.

Hundir el Gobierno en la calle

Los primeros meses de ese año presentaron agitación callejera y una inflación a la que los españoles no estaban acostumbrados. Mientras tanto, el terrorismo etarra proseguía: entre el 17 de enero y el 1 de marzo asesinó a cuatro personas, una de ellas el alcalde de Galdácano (Vizcaya). El 15 de febrero, unas docenas de militantes del Euskal Sozialista Biltzarra (ESB, que se integró en Herri Batasuna en 1978) trataron de reventar a palos un mitin de Felipe González en Eibar.

Según Manuel Fraga (En busca del tiempo servido), el funcionario franquista Ramón Tamames, entonces comunista, reclamaba en público que "para frenar la iniciativa reformista del Gobierno había que presionarle sin tregua en la calle".

Los estrategas de la tensión habían escogido Vitoria y Sabadell para sus planes de revuelta callejera, como añade Fraga, que era ministro de Gobernación (diciembre de 1975 - julio de 1976) y estaba "dispuesto a ser el capitán de la reforma y a que nadie le arrebatase dicha capitanía"(Alfonso Osorio, en De orilla orilla).

Fraga desoye las advertencias

Según Martín Villa:

En Vitoria se venía produciendo, desde primeros de año una situación muy seria de desobediencia civil generalizada y de fervor casi prerrevolucionario, en medio de la inhibición de la autoridad gubernativa y con el pretexto de unas determinadas reivindicaciones laborales. Este juicio puede parecer excesivo, no por ello me parece menos preciso.

La plantilla de Forjas Alavesas, secundada luego por las de Mevosa, Aranzábal y otras empresas, reclamaba: la jubilación a los 60 años, el pago por los empresarios de la cuota obrera de la Seguridad Social y del Impuesto sobre el Rendimiento del Trabajo Personal, el abono del 100% del salario en la baja por enfermedad, negociaciones con comisiones elegidas a brazo alzado en asamblea y vacaciones pagadas de 30 días.

Los sindicatos franquistas habían sido superados y la representación de los trabajadores la ejercía una coordinadora de obreros en huelga, formada (según Guindal) por sindicalistas de CCOO, la LCR, ETA-VI Asamblea y, sobre todo, las Comisiones Anticapitalistas; UGT era casi inexistente. Desde enero se habían producido en la antes tranquila ciudad tres huelgas generales, varias manifestaciones y docenas de asambleas, todas ellas ilegales. El número de despidos superó el centenar.

Diversos funcionarios y personalidades alavesas advirtieron a los ministros. Uno de éstos fue Martín Villa. A Alfonso Osorio, ministro de la Presidencia, le dijo un vitoriano ilustre: "todo aquello desbordado podía terminar en sangre". Y José Manuel Otero Novas, director general de Política Interior en Gobernación (Lo que yo viví), pidió al director general de Seguridad que reforzase la guarnición policial de Vitoria, pero no lo hizo. Fraga, que quería aparecer como moderado, respondió a Osorio:

Mi querido amigo, los empresarios españoles están demasiado acostumbrados a que le resuelva sus problemas la Guardia Civil y eso, hacia donde vamos, no puede continuar así.

El 3 de marzo, miércoles de ceniza, se convocó una asamblea ilegal, la número 241 desde enero, en la iglesia de San Francisco de Asís del barrio obrero de Zaramaga, con el permiso del párroco. La pequeña dotación de la Policía Armada (unos veinte de los 180 que había en la ciudad, según Martín Villa) que vigilaba recibió la orden de desalojar el lugar y cuando no pudo hacerlo de manera pacífica se le dio por radio otra orden: "Gasear".

La gente salió en masa por los botes de humo arrojados dentro de la iglesia y chocó con los policías, a los que ya estaban agrediendo grupos en el exterior. Los grises usaron sus armas de fuego y mataron a tres hombres: Pedro María Martínez, Francisco Aznar (17 años) y Romualdo Barroso (19 años). "Aquí ha habido una masacre", dijo uno de los policías por radio.

Funeral de los cinco obreros muertos. | EFE

A continuación la ciudad fue tomada. Se atacó con cócteles molotov una comisaría y un policía quedó ciego; se levantaron barricadas; y se cortaron las carreteras. Ni el 18 de julio de 1936 ni octubre de 1934 habían sido tan violentos.

Fraga había salido para Alemania a dar una conferencia y reunirse con varios ministros la mañana del 3; los socialistas españoles, siempre tan patriotas, llamaron a Bonn para que se le boicotease. El asustado Arias propuso la proclamación del estado de excepción, a lo que los demás ministros se negaron. Suárez, que sustituía a Fraga, se encargó de montar el dispositivo de seguridad para el impresionante funeral (entonces la izquierda no reclamaba funerales laicos) y el entierro. José Miguel Ortí Bordás, uno de los impulsores de la reforma en las Cortes y la prensa, sentencia: "Y lo hizo bien, lo que aumentó su crédito" (La Transición desde dentro).

El día 5 se celebró el funeral por los tres muertos. En él se agredió al obispo Francisco Peralta, al que se llegó a llamar "asesino". Uno de los agitadores gritó: "Estos muertos son nuestros. Estos muertos son de todo el pueblo de Vitoria". A la salida, el cortejo fúnebre, compuesto por docenas de miles de personas, se acercó al Gobierno Militar, pero por fortuna no ocurrió nada más.

Dos ministros en helicóptero

El día 6, una vez que hubo regresado Fraga (Arias le había dicho que no suspendiese su viaje), él, Martín Villa, Otero Novas y José Antonio Zarzalejos, director general adjunto de Seguridad, fueron a Vitoria en helicóptero, para superar las barricadas. En un gesto que luego los Gobiernos de UCD y PSOE no repitieron, dos ministros visitaron a los heridos por la violencia, en este caso estatal, y tuvieron que escuchar insultos y ver las consecuencias de la inacción gubernamental.

En el Gobierno Civil, se reunieron con los dirigentes aparentes del movimiento subversivo y éstos les replicaron: "Haremos lo que diga don Jesús". Se trataba de Jesús Fernández Naves, que había dado esos gritos en la catedral. Era un sacerdote, expulsado de México y Argentina, que trabajaba como barrendero en Nevosa y al que Otero ya conocía.

"Yo quedé impactado, porque don Jesús Naves, Chus Naves para los amigos, había compartido conmigo muchas jornadas asturianas de cursillos de cristiandad y era en 1960 un magnífico sacerdote, gran predicador, con mucha energía y sinceramente piadoso. Ahora en Álava era un Otelo Saraiva de Carvalho, conduciendo un movimiento revolucionario que a su vez derivaba de las ramas obreras de la Acción Católica".

Otero consiguió que la familia del cuarto muerto, José Castillo (el quinto, Bienvenido Pereda, murió dos meses después), aceptara enterrarle en su tierra, Extremadura, y el cadáver se sacó en secreto de Vitoria. Luego Gobernación detuvo y desterró de Vitoria a los leninines, que eran el citado Naves y Tomás Echave, obrero en Forjas Alavesas, "dirigentes de Comisiones Anticapitalistas" (Guindal).

En las protestas populares por la represión murieron dos más personas en Basauri y Tarragona. Se unían la torpeza de la Policía, nada acostumbrada a tratar con este tipo de tumultos (lo mismo ocurría en Italia, Francia o Alemania), con los agitadores profesionales que buscaban el "cuanto peor, mejor".

PSOE y PCE abandonan los motines

El PSOE, UGT y CCOO se separaron de las conmemoraciones, que empezaron a ser manipuladas por la izquierda radical. Pero desde hace unos años tanto el PNV y Bildu como los enredadores de la memoria histórica quieren apropiarse de esos sucesos.

En sus intervenciones en los aniversarios del 3 de marzo, Jesús Fernández Naves, tampoco juzgado, no ha mostrado ningún arrepentimiento por su responsabilidad en el conflicto, que él veía como la rebelión del obrero contra el capital.

Merece la pena citar la opinión de quienes los vivieron en el Gobierno:

(…) lo ocurrido en Vitoria (…) se intentó también en Sabadell: una ocupación de la ciudad como la de Petrogrado en 1917. Los que creaban un ambiente de presión sobre el Gobierno para que, perdida la calle (…), diera paso a un Gobierno provisional, como en 1931, no eran conscientes de que algunas personas podían llevar la presión hasta la locura (…) Vitoria marcó el punto más alto de la marea de la presión intentada por la izquierda en la calle. (Fraga)

junto al problema laboral había una acción política dirigida y muy definida que buscaba, no se sabía bien, si la revolución o la democracia. (Osorio)

Ahora veo con una claridad que entonces no percibía que aquel pulso ganado por Fraga permitió que luego se hiciera pacífica y legalmente una transición a la democracia. Como en el caso de Churchill, consiguió un triunfo para que sus efectos los gestionaran otros. (Otero)

Las consecuencias de lo ocurrido en Vitoria fueron:

- Fracaso de Arias, que perdía los nervios en las crisis, y de la vía inmovilista. La Organización Sindical franquista ya no controlaba a los trabajadores.

-Miedo en los socialistas, el PCE, UGT y CCOO a ser sobrepasados por la extrema izquierda. Las huelgas y las protestas se redujeron mucho; el 1 de mayo la conflictividad fue muy baja.

-Desprestigio de Fraga, que se agravó en mayo con el tiroteo en Montejurra. De nuevo el ministro de Gobernación estaría fuera de España (Venezuela) vendiendo su reforma.

-Aumento del crédito de Suárez ante el rey Juan Carlos.

A partir del verano, con la destitución por Juan Carlos de Arias y el nombramiento de Suárez, comienza a hacerse la Transición: Ley para la Reforma Política, ley electoral, legalización de los partidos políticos, disolución de los sindicatos verticales y elecciones en junio de 1977. En el referéndum sobre la Ley para la Reforma Política, en diciembre de 1976, el pedido por el Gobierno de Suárez y Martín Villa venció ampliamente en Vitoria.

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