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Pascua de sangre en Dublín

El 24 de abril de 1916, Lunes de Pascua, ahora hace 100 años, unos 1.200 revolucionarios proclamaron un Gobierno Irlandés provisional.

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Primero, un poco de Historia, muy resumida. No se conoce que ninguna tribu, clan o ejército cruzara el Mar de Irlanda de Este a Oeste antes del siglo VIII. Los romanos, que en el siglo I llegaron a acantonar sus Legiones II Augusta y XX Victoria Victrix en la costa de Cambria (la actual Gales) no cruzaron el citado mar, limitándose a contemplar la Pacata Hibernia en el horizonte. Sin embargo, los celtas o gaélicos de Irlanda sí cruzaron el mar en sentido opuesto y muchas veces; en los siglos III y IV las incursiones eran incesantes, para asolar las costas occidentales de Cambria y de Cornubia (la actual Cornualles) en busca de pillaje y de esclavos (uno de ellos el que luego sería canonizado como San Patricio, llevado a Irlanda donde años después convertiría a los irlandeses al Cristianismo); en el siglo V los scotii, originarios del Ulster, cruzaban el Canal del Norte para asentarse en Caledonia, donde dieron lugar al nacimiento de Escocia.

A finales del siglo VIII los vikingos, procedentes del Mar de Noruega, incursionaron en el Mar de Irlanda, dedicándose al pillaje y al incendio de las localidades costeras; más tarde, derrotados en Clontarf en 1014 por el rey de Munster, Brian Boru, se convirtieron al Cristianismo y se asentaron en Dublín, Wexford, Waterford, Cork, etc., donde se dedicaron al comercio.

En 1166, Dermot MacMurrough, rey de Leinster, pidió ayuda a los nobles anglonormandos instalados en Gales para que le ayudaran a recuperar su reino, que le había sido arrebatado por otro rey, Roderic O'Connor. Allí fueron, cruzando el Mar de Irlanda de este a oeste, los caballeros Gilbert de Clare, Hugh de Lacy, Walter de Lacy, John de Courci y otros, que, una vez desembarcados, conquistaron el Leinster, el Munster y el Ulster; y ya no quisieron volverse al otro lado del mar, declarándose feudatarios del rey de Inglaterra, Enrique II de Anjou. Comenzó a producirse entonces una fusión de los elementos celtas, vikingos (norsemen) y anglonormandos, determinada por la nada pacífica convivencia nobiliaria y por los frecuentes matrimonios mixtos (de hecho, Richard de Clare dio ejemplo al casarse con Aoife, hija del destronado MacMurrough) que se prolongaría hasta el día de hoy. Más recientemente surgió un estamento de grandes terratenientes angloirlandeses que ejercieron su dominio sin atender al origen étnico de cada uno. De esta forma, en los siglos XIV y XV la clase dominante estaba integrada por los Bruce, los Fitzgerald, los Mandeville, los Logan, los Bisset y los Butler; pero también por los O'Neill, los O'Donnell, los MacCarthy, los Desmond y los Ormond.

Esa sociedad, racialmente asentada y acaso dividida entre la aristocracia rural (landed gentry) y el campesinado (peasantry) se rompió con la Reforma Protestante. Al quedar establecida por Enrique VIII la Iglesia Anglicana en 1534 la sociedad irlandesa quedó transversal y radicalmente dividida entre católicos y protestantes. Los odios entre unos y otros, motivados por el deseo de implantar la nueva religión mediante las Supremacy Acts, contra los deseos de la población y la nobleza católica agravados por los conflictos sobre la propiedad de las tierras, se manifestaron en evicciones y deportaciones periódicas que daban lugar a rebeliones, siempre derivadas en matanzas, que eran reprimidas con creciente crueldad. Así, las rebeliones de Thomas Fitzgerald, en 1537; de Shane O'Neill, en 1559; de Gerald Fitzgerald, entre 1568 y 1580; de Hugh Roe O'Donnell, entre 1594 y 1601; de Felim O'Neill en 1641; de Wolfe Tone de 1798, etc.

Incluso se complicaron las cosas para los católicos porque en el siglo XVII, impulsadas por Jacobo I de Inglaterra (VI de Escocia), tuvieron lugar en el Ulster las Plantations o inmigraciones de anglicanos y presbiterianos escoceses. A estos últimos nadie podía negarles la condición de irlandeses, pues eran los descendientes directos de los scotii que habían cruzado el Mar de Irlanda en sentido contrario unos diez siglos antes. Esos asentamientos motivaron la correspondiente confiscación y expulsión de los irlandeses católicos que ocupaban Tyrone y Tyrconnell.

Se confirmaba el factor religioso como crucial en la vida y en la política irlandesas. Para los habitantes del Leinster, Munster y Connaught, Irlanda era igual a catolicismo; para los protestantes del Ulster, los católicos eran papistas, como los españoles y los franceses que habían estado enviando dinero y soldados para ayudar (aunque sin éxito) a los rebeldes; Irlanda debía ser anglicana o presbiteriana, nunca católica. Católico era sinónimo de rebelde. Y así fue; la Test Act de 1704 impedía ostentar cargo público a todo irlandés que no quisiera aceptar el rito de la Iglesia Protestante Episcopaliana (la Iglesia de Irlanda), trasunto de la Anglicana o Iglesia de Inglaterra; los irlandeses católicos se veían obligados a emigrar para entrar en religión, o como soldados al servicio de otras potencias (en España se formaron unidades militares integradas por irlandeses: el Regimiento de Ultonia, el Regimiento de Hibernia, etc.).

Cada vez con más fuerza el poder británico se imponía sobre la Irlanda católica. A partir de 1603 Inglaterra tuvo el mismo rey que Escocia; desde la Union Act de 1707 Inglaterra se fusionó con Escocia dando lugar a la Gran Bretaña; y en 1801 quedó abolido el Parlamento de Dublín y nació el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda.

Se unieron en el siglo XIX la pobreza del campesinado gaélico y la riqueza de la aristocracia angloirlandesa católica. Pero paralelamente en el Ulster, donde las Plantations habían creado un campesinado sólido, actuaba desde 1795 la Orden de Orange, que agrupaba a los campesinos propietarios y a los burgueses y terratenientes, todos ellos irlandeses o escoceses, pero decididamente protestantes, fueran presbiterianos o episcopalianos. Por lo que el choque tenía que producirse.

Para agravar la situación, entre 1845 y 1849 apareció el escarabajo de la patata (Phytophthora infestans), que arruinó la cosecha de esos años; como el tubérculo era un monocultivo los campesinos morían de hambre (un millón de personas) o tenían que emigrar a los Estados Unidos de América (dos millones y medio). Y para aumentar la calamidad el Gobierno liberal británico (Russell como Primer Ministro y Trevelyan como Secretario del Tesoro) decidió que debían ser los propios recursos de los terratenientes angloirlandeses y las leyes del mercado los que arreglarían la situación. La plaga (the Great Potato Famine) desapareció en 1850, pero se exacerbó el resentimiento contra Londres y todo lo que representaba; pues la dicotomía no era irlandés (o angloirlandés) vs. británico -mucho menos que campesinado vs. nobleza terrateniente- sino sobre todo catolicismo vs. protestantismo.

Llegamos al presente

Era demasiado. No bastó levantar la prohibición de que los católicos ocuparan cargos públicos (1871). Proliferaban ya las sociedades secretas o fenians cuyo propósito era combatir el dominio británico y estaban ya en marcha las campañas de O'Connell para disolver la Unión y las conspiraciones y levantamientos de las sociedades patrióticas (la Liga por la Autonomía o Home Rule League, la Liga Agraria Irlandesa, la Liga Gaélica, el Sinn Féin o Nosotros Mismos, la Hermandad Republicana Irlandesa, etc., todas ellas con el apoyo decidido de la Iglesia Católica) con su consecuencia de represión y encarcelamiento -o muerte- de sus líderes.

Pero al propio tiempo los Unionistas, radicalmente protestantes, formaban también sus asociaciones patrióticas. Se reputaban tan irlandeses como O'Connell, Parnell, Davitt o Griffith; pero no admitían formar parte de una Irlanda católica. Edward Carson creó la Fuerza de Voluntarios del Ulster o UVF (que contaba con las simpatías del ejército británico) y la dotó con un cargamento de armas adquiridas en Alemania (unos 20.000 fusiles) que fue desembarcado en Larne (Antrim) el 24 de abril de 1914. El enfrentamiento entre irlandeses -protestantes contra católicos- estaba asegurado.

En plena Guerra Mundial la Hermandad Republicana Irlandesa (dirigida por Patrick Pearse, Tom Clarke y Eamon de Valera) intentó llevar a cabo una sublevación nacional. Su brazo armado eran los Voluntarios Irlandeses (unos 16.000 efectivos) equipados con armamento alemán introducido de contrabando por el puerto de Howth (Dublín) el 26 de julio de 1914 por Roger Casement, que desde Nueva York y Berlín había estado preparando la sublevación; pero tres días antes del alzamiento Casement (que acababa de ser desembarcado por un submarino alemán), fue detenido en el Dingle (Kerry), con lo que, descubierta la conjura, el alzamiento se redujo a Dublín. El 24 de abril de 1916, Lunes de Pascua, ahora hace 100 años, unos 1.200 revolucionarios tomaron la Oficina Principal de Correos, el Ayuntamiento y los Tribunales (the Four Courts), entre otros puntos de la ciudad y proclamaron un Gobierno Irlandés provisional. Pero fracasaron ante el Castillo (sede del Gobierno) y ante el Trinity College, y no aseguraron ni las dos estaciones de ferrocarril (Connolly y Heuston) ni el cercano puerto de Kingstown, por donde en los próximos días entrarían los refuerzos gubernamentales. Tropas de la guarnición (el Royal Irish Regiment) y la Policía (Royal Irish Constabulary) se enfrentaron a los sublevados y, después de cinco días de feroces combates callejeros y de bombardeos artilleros, Pearse, Clarke, De Valera y los demás supervivientes se rindieron.

Aunque algunas personalidades (entre ellas los escritores William B. Yeats, Arthur Conan Doyle y Bernard Shaw) pidieron clemencia para los derrotados, el Gobierno británico y muchos irlandeses entendieron que no podían pasar por alto lo sucedido. No solo había habido 466 muertos (64 rebeldes, 132 militares y 254 civiles) además de miles de heridos y numerosos edificios arrasados por incendio o bombardeo; lo más grave para el Gobierno de Londres era lo artero de una sublevación que se producía cuando el Reino Unido (del que constitucionalmente Irlanda formaba parte) se encontraba en guerra con los Imperios Centrales; Guerra Mundial en la que se producían carnicerías como las de Ypres, el Somme, Verdún, etc., y en la que las tropas británicas llegarían a acumular más de 700.000 bajas mortales. Pero es que, además, de esas tropas formaban soldados irlandeses que habían acudido voluntariamente al frente (60.000 efectivos) y que estaban encuadrados en regimientos específicamente irlandeses, tales como los Irish Guards, los Dublin Fusiliers, los Royal Munster Fusiliers, los Royal Irish Fusiliers, los Connaught Rangers, el Leinster Regiment, etc. No solo los irlandeses protestantes sino una gran parte de los irlandeses católicos (no digamos los habitantes de Dublín) repudiaron la sublevación.

Para el 5 de mayo Pearse, Clarke y otros 13 cabecillas habían sido sometidos a juicio sumarísimo, condenados y fusilados en la cárcel de Dublín. Casement (que había sido distinguido con el título de Caballero y había desempeñado el cargo de Cónsul al servicio de la Corona) había sido llevado a Londres, donde fue juzgado por traición, condenado y ahorcado. De Valera tuvo más suerte; fue condenado a trabajos forzados, escapó de la cárcel de Lincoln en 1919 y pudo regresar a Irlanda, donde habría de tomar parte activa en la denominada Guerra de la Independencia y, más tarde, ser nombrado Primer Ministro e incluso habría de alcanzar la presidencia de la República.

El punto y seguido: el Sinn Féin y el IRA

Entonces, lo que se consideraba un punto final se convirtió en un punto y seguido, que extendió la sangre de la Pascua a los años venideros. Efectivamente, el Sinn Féin y su brazo armado, el IRA, convirtieron a los sublevados en heroicos patriotas y lanzaron una guerra de guerrillas contra el Ejército Británico y la RIC. La guerra fue inmisericorde, dedicándose el IRA a secuestros, torturas y asesinatos selectivos de civiles disidentes, y a emboscadas y ataques contra los cuarteles del Ejército y de la Policía, que fueron respondidas con no menor brutalidad por los militares, la Policía y una policía especial, los Black and Tans (ex soldados tanto irlandeses como británicos), que para combatir al IRA tomaban sangrientas represalias y organizaban expediciones punitivas, sitiando e incendiando poblaciones y ejecutando a los sospechosos que detenían (el 21 de noviembre de 1920 los Black and Tans ametrallaron un estadio de fútbol en Dublín matando a 12 espectadores en respuesta al asesinato por el IRA esa misma mañana de 11 agentes británicos que, a su vez, la noche anterior habían secuestrado, torturado y asesinado a tres miembros del IRA).

Unos enfrentamientos tan sectarios y criminales entre los propios irlandeses (católicos independentistas y antiindependentistas), y entre los irlandeses y los británicos, no podía tolerarse por más tiempo, vista la pérdida de vidas, lesiones, incendios, sabotajes y ruina que sufría el país; por otra parte, la opinión pública británica estaba ya harta de los conflictos en Irlanda después de que hubiera padecido la terrible sangría de la Gran Guerra. Se imponía acabar a toda costa el problema irlandés. Tras conversaciones entre Griffith y Collins por parte irlandesa y Lloyd George por parte británica se firmó el denominado Tratado entre Gran Bretaña e Irlanda (Londres, 6 de diciembre de 1921). El Ejército británico se retiró de Irlanda y la Royal Irish Constabulary fue suprimida, siendo sustituida por la llamada Garda Sochiana, de nueva creación, e integrada mayoritariamente por quienes hasta el día anterior habían formado parte del IRA.

Paradójicamente, más de 1.000 miembros de la desaparecida RIC, católicos, fueron acogidos por la Royal Ulster Constabulary (RUC), recién alistada en Irlanda del Norte y de composición mayoritariamente protestante.

Porque, entre tanto, se había consumado la separación de las dos "Irlandas"; los católicos al sur; los protestantes, al norte, según la Government of Ireland Act de 1920, seguida de la apertura de un Parlamento en Belfast (Irlanda del Norte) en junio de 1921, siendo James Craig su Primer Ministro; hasta tal punto el conflicto tenía raíces religiosas que a petición de los propios Unionistas (entiéndase, Unionistas con Gran Bretaña, no con Irlanda) quedaron excluidos de su territorio tres condados del Ulster (Cavan, Donegal y Monaghan) porque en ellos los protestantes estaban en minoría; sí existía clara mayoría de éstos en los condados de Antrim, Armagh, Derry, Down, Fermanagh, y Tyrone. Consecuentemente a partir de ese momento el Reino Unido pasó a ser de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, teniendo en cuenta, además, que la posibilidad de que Irlanda del Norte quedara fuera de la República de Irlanda estaba expresamente prevista por el art. 12 del Tratado. Por su parte, De Valera y sus compañeros no querían oír hablar de Irlanda del Sur; querían simplemente Irlanda, que quedaba integrada por las provincias de Leinster, Meinster y Connaught y los tres condados citados de la provincia del Ulster (en total, 26 condados, 70.000 km2 y poco menos de 4 millones de habitantes).

Así el 6 de diciembre de 1922 nació el Estado Libre Irlandés (Irish Free State) con estatuto de Dominio, en las mismas condiciones que Australia, Canadá, Nueva Zelanda, Terranova, y la Unión Sudafricana. De Valera y un sector del Sinn Féinn discrepaban del acuerdo firmado en Londres, aunque precisamente De Valera no había querido ir a negociarlo y había empujado a Collins a hacerlo. Repudiaban los irregulares que, como los súbditos de los demás Dominios, los irlandeses tuvieran que prestar juramento de fidelidad a la Corona, que los condados del norte quedaran fuera del nuevo estado, y que Gran Bretaña mantuviera, con la consideración de bases navales soberanas, los denominados Puertos del Tratado: Queenstown, Berehaven y Lough Swilly.

Entonces volvió a correr la sangre. El IRA se dividió en dos facciones (partidarios del Tratado e irregulares) y estalló una guerra civil entre irlandeses. Si la llamada Guerra de la Independencia (1919-1921) costó 2.000 vidas, la Guerra Civil (1922-1923) costó 3.000. Con episodios tan sectarios como el asesinato del propio Collins en una emboscada en Cork el 20 de agosto de 1922 de la que Mills no excluye de responsabilidad a De Valera (Collins había sido uno de los jefes de la Rebelión de Pascua, se le atribuía haber dado muerte a más de 30 unionistas y había ayudado al propio De Valera a escapar de la prisión de Lincoln). El 27 de abril de 1923 terminó la guerra, pero entonces el nuevo gobierno de Cosgrave juzgó, condenó a muerte, y ejecutó, a 77 irregulares ¡por tenencia ilícita de armas de fuego!

El prestigio de De Valera entre los nacionalistas le empujó a ser elegido Primer Ministro del Irish Free State en 1932; en pocos años expulsó al Gobernador General (que representaba a la Corona), impuso el gaélico como lengua oficial, y firmó un acuerdo con el Reino Unido por el que obtenía la devolución de los tres puertos (justo cuando los británicos más los necesitaban, junto con el Corredor de Donegal, para neutralizar a los submarinos alemanes en el Atlántico).

Después de la 2ª Guerra Mundial, en la que el Estado Libre Irlandés se había manifestado teóricamente neutral pero durante la que clandestinamente cooperó con los angloamericanos (no en vano dependía de éstos para recibir alimentos y armamento para proteger su neutralidad) el Gobierno de Costello publicó el 21 de diciembre de 1948 una ley por la que Irlanda se proclamaba República, con el nombre gaélico de Éire, cuyo Presidente como jefe de estado soberano rompía todo lazo con la Corona y la Commonwealth. El Reino Unido contrarrestó la proclamación con la Ireland Act 1949, por la que Irlanda del Norte seguiría formando parte del Reino Unido hasta que la mayoría del pueblo norirlandés expresara su intención de formar parte de una Irlanda unida. Con esa protección oficial de las autoridades de Londres, la partición de la isla se consumó; aunque, como es conocido, ello no ha evitado el continuo derramamiento de sangre hasta nuestros días.

Así, durante la guerra lanzada por el IRA (católico) en Irlanda del Norte, contrarrestada por la UVF (protestante) y con intervención (descaradamente sesgada a favor de los Unionistas) del Ejército Británico desde 1963 hasta 1998 en que se firmaron los Acuerdos de Viernes Santo (Belfast, 10 de abril) 3.600 personas resultaron muertas por disparos y bombas, y 40.000 personas resultaron heridas y mutiladas (de las víctimas mortales, 2.000 se atribuyen al IRA, 1.000 a la UVF y otros grupos paramilitares unionistas, y 350 al Ejército y a la RUC. También corrió la sangre en la República de Irlanda: 51 personas murieron y 483 quedaron lesionadas o mutiladas por ataques con bombas o por disparos (llevados a cabo por la UVF o grupos afines infiltrados al otro lado de la frontera entre el 6 de abril de 1966 y el 7 de marzo de 1976, en el propio Dublín, en Castleblayney, en Dundalk, en Ballyshannon, en Monaghan, etc.).

Pero ni siquiera los Acuerdos del Viernes Santo han hecho detener los asesinatos y las represalias. El 15 de agosto de 1998 una fracción del IRA infiltrada desde el fronterizo Donegal hizo explotar una bomba en Omagh (Tyrone) que causó 29 muertos y más de 200 heridos. Desde entonces hasta hoy el terrorismo residual ha causado no menos de 40 víctimas mortales (tanto protestantes como católicas, y en las dos Irlandas) en un contexto de no menos de 200 ataques intentados con bomba o arma de fuego. Con tales antecedentes es difícil vaticinar si dentro de otros 100 años el sectarismo religioso y sus letales consecuencias habrán desaparecido en la sufrida Hibernia.

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