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La gran revolución cultural proletaria

Los cálculos más conservadores cifran en 500.000 el número de asesinados durante aquella orgía de terror doctrinario. Los represaliados fueron millones.

José García Domínguez
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Guardias rojos en la portada de un manual escolar | Wikipedia

Todo empezó un 16 de mayo de hace 50 años. Y el detonante había sido una obra de teatro, una pieza en apariencia inocua, que llevaba por muy disuasorio título Hai Jui exonerado del cargo. El tal Hai Jui fue hace más de cinco siglos un honesto funcionario imperial al servicio de la dinastía Ming, o eso se pretendía según el guión de la representación. Real o ficticio, el Hai Jui que aparecía en escena sufría ante el público que todas las noches llenaba el teatro principal de Shanghái la venganza mezquina del emperador tras haber osado criticar los graves errores de su política agraria. Mao, que acababa de condenar a la muerte por hambre a decenas de miles de chinos tras los desastrosos resultados del primero de sus delirios megalómanos, el que se conocería por Gran Salto Adelante, interpretó aquello como un ataque directo contra su figura, y acaso con razón. Tenía, pues, que reaccionar. Y reaccionó. Jiang Quing, una vieja actriz que unía en su persona el tradicional veneno con que se tratan entre sí las gentes de la farándula con el de los devotos del culto a Mao, por entonces su esposo, sería el brazo ejecutor. El primer paso fue designarla asesora cultural del Ejército. Ya investida de autoridad en los cuarteles, Jiang Quing publicó aquel 16 de mayo una primera pieza incendiaria, luego vendrían cientos, contra los "tiranos-eruditos" que se emboscaban en un lenguaje hermético para silenciar la lucha de clases. Era, sin apenas disimulos, una invitación a la barbarie.

Trece días después, el 29 de mayo, hicieron su aparición desafiante en las calles de Pekín los primeros guardias rojos. Había comenzado la Revolución Cultural. El Gran Timonel, que también era un gran cínico, había escrito poco antes:

Necesitamos personas decididas que sean jóvenes, que posean escasa educación, que adopten una actitud férrea y cuenten con la experiencia política necesaria para afrontar la tarea.

Como todos los manipuladores de masas, Mao sabía que los ignorantes y los fanáticos, cuanto más ignorantes y más fanáticos mejor, son un arma cargada de futuro. Y es que, frente a la leyenda urbana que aún hoy sigue instalada en la memoria sentimental de alguna izquierda reumática europea, la Revolución Cultural no fue un asunto de intelectuales, sino de analfabetos. Bien al contrario, los intelectuales, lejos de constituirse en promotores de aquella caza de brujas, serían desde el primer momento sus principales víctimas. Por algo los jefes de los guardias rojos, casi sin excepción, provenían de los estratos más bajos e iletrados de la sociedad china. Solo de una tropa semejante podrían salir informes políticos del siguiente tenor:

Por supuesto, es un capitalista. Tiene un sofá y dos sillones haciendo juego.

Los cálculos más conservadores cifran en quinientos mil el número de personas que fueron asesinadas durante aquella orgía de terror doctrinario a cargo de adolescentes y niños (muchos guardias apenas rondaban los trece o catorce años de edad). Los represaliados fueron millones, nunca se sabrá cuántos. El caos duró hasta el otoño de 1967, cuando Mao, el Gran Equilibrista, cambió de bando al retirar de modo expreso su apoyo a la Revolución Cultural, como si personalmente no hubiese tenido nada que ver con el asunto. Tras su muerte, y como alguien tenía que ser culpable, la viuda Jiang Quing, al igual que el resto de la Banda de los Cuatro, fue condenada a la pena máxima por una infinidad de cargos, algunos tan improbables como el de haber sido una agente secreta al servicio Chiang Kai-Shek. Que se suicidó repiten aún hoy las autoridades. Después, con su cadáver todavía caliente, harían aparición en escena los dos gatos más famosos de la Historia, el negro y el blanco de Deng Xiaoping. En cuanto a los niños, volvieron al colegio.

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