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San Roque se rinde a Gibraltar: borra a Castiella

Los memos de derechas creían que la memoria histórica pretendía condenar a la damnatio memoriae y retirar honores sólo a Franco y sus generales.

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Retrato de Fernando María Castiella | Wikipedia

El ácido de mentira y odio derramado por Zapatero sobre el pueblo español está corroyendo la convivencia. Ese ácido se llama memoria histórica y es tan corrosivo que está quemando al propio partido socialista. Los memos de derechas creían que la memoria histórica pretendía condenar a la damnatio memoriae y retirar honores sólo a Franco y sus generales, y que podrían seguir digiriendo en paz. Pero el objetivo final de este movimiento político disfrazado bajo un oxímoron (si es memoria, personal y parcial, no es histórica, que es colectiva y documentada) es que no se pueda homenajear ni proponer como modelo a nadie que no tenga la aprobación de la izquierda. Además, pretende desarraigar a los españoles de su pasado y establecer como marco que han vivido desde hace 500 años como mínimo gobernados por una casta indigna que les ha explotado hasta que han llegado sus redentores.

Por eso, las retiradas de honores, estatuas y calles se extienden ya a santos, cardenales y papas, con la excusa del laicismo, al marqués de la Ensenada, reconstructor de la armada española en el siglo XVIII, y a personalidades de siglos pasados, sin que los concejales del PP se atrevan a chistar, porque han aceptado que ellos son los defensores de los malvados. Para corroborar lo que sostenemos, el anunciado desplazamiento de la estatua de Carlos III de la Puerta del Sol de Madrid se equilibra con una placa a los manifestantes del 15-M. Aunque parezca que no se repetirá la barbaridad de que el Ayuntamiento de izquierdas de Madrid rebautizase la calle Mayor con el nombre de un asesino de masas como el anarquista Mateo Morral, en numerosos municipios españolas se honra a asesinos nacionales, como los terroristas de ETA y de Terra Lliure, y a otros extranjeros como el Che.

El último episodio que he conocido ha ocurrido en el municipio gaditano de San Roque (29.000 habitantes): el pleno municipal, presidido por el alcalde, Juan Carlos Ruiz Boix (PSOE), aprobó por unanimidad, que incluye a los concejales del PP, cambiar el nombre de la Avenida de Castiella, que había sobrevivido a todos los alcaldes socialistas anteriores.

El alcalde en la ONU contra el Imperio británico

Fernando María Castiella nació en Bilbao en 1907 y en 1935 ya era catedrático de derecho internacional; en el diario El Debate se encargó de una crónica de política exterior. Se alistó voluntario en la División Azul, escribió con José María de Areilza un libro famoso, Reivindicaciones de España (1941), que planteaba la expansión territorial española en el Nuevo Orden del Eje que entonces aparecía como vencedor. Después de la Segunda Guerra Mundial, fue embajador en Perú y el Vaticano, hasta que el general Franco le nombró ministro de Asuntos Exteriores en 1957 para sustituir a Alberto Martín-Artajo, que lo era desde 1945.

¿Y qué hizo el doctor Castiella por el pueblo de San Roque? Poca cosa, la verdad: llevó en 1967 a su alcalde, Pedro Hidalgo, a la tribuna de las Naciones Unidas para que explicase a los embajadores del mundo entero que él y sus vecinos eran descendientes de la población originaria de Gibraltar expulsada por los invasores ingleses, que se apoderaron del castillo y la ciudad en la guerra de Sucesión –al igual que de la isla de Menorca-, no para el pretendiente austriaco a la corona de España, sino para ellos. A Hidalgo le acompañaba el presidente del sindicato de los obreros españoles en Gibraltar, el ebanista Fernando Fugardo Sanz, además, procurador en las Cortes franquistas. En frente, tenían al veterano Joshua Hassan, ministro principal de Gibraltar (1964-1969 y 1972-1987).

Hidalgo relató a los diplomáticos en la ONU la historia de su pueblo y añadió que si se permitía a los gibraltareños decidir su futuro, él y sus paisanos tenían derecho a participar.

Sería una injusticia tremenda, que no creo que esta organización pueda cometer, decidir el futuro de Gibraltar sin contar con los despojados por el colonialismo inglés.

La finalidad española era que la ONU declarase a Gibraltar colonia, pero sin concederle el derecho de autodeterminación a los gibraltareños, que no pasaban de ser más que la población trasladada por el poder colonial como mano de obra para su astillero y la flota, desde prostitutas a carpinteros. Tan poco se fiaba Londres de esta población que en la Segunda Guerra Mundial la evacuó a la metrópoli y a Madeira. A la vez se debía de obtener de la ONU la declaración del derecho de España a su integridad territorial y, por tanto, a que Inglaterra reintegrase Gibraltar al país al que se lo arrebató.

Castiella cae por enfrentarse a EEUU

En una apabullante victoria diplomática, Madrid consiguió en 1968 todas sus metas, pese a lo cual Londres se negó a negociar la devolución y otorgó a la colonia una constitución. La siguiente reacción española, aprobada por Franco, fue el corte de las comunicaciones terrestres de Gibraltar, en junio de 1969. Esta medida, que hundió la economía gibraltareña, la levantó el socialista Felipe González al poco de llegar al Gobierno en 1982. A la vez, el régimen franquista aplicó un Plan de Desarrollo del Campo de Gibraltar y estudió la creación una novena provincia andaluza.

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Castiella con Kennedy. | Archivo

Sin embargo, Castiella fue destituido por Franco en la crisis gubernamental de octubre de 1969, en la que también cayeron los azules Manuel Fraga y José Solís. Aparte de los doce años y medio que llevaba como ministro, pesaron sus diferencias y enfrentamientos con el almirante Carrero Blanco, vicepresidente del Gobierno, en asuntos como la descolonización de Guinea y del Sáhara, la libertad religiosa, la política europea y la alianza con EEUU.

Paradójicamente para la izquierda, el empujón a Castiella se lo dio su oposición a renovar los acuerdos con EEUU. El ministro vasco estaba convencido de que Madrid tenía que negociar en serio con Washington, incluso estando dispuesto a romper los acuerdos, para obtener más beneficios. Carrero y los ministros militares se oponían a semejante estrategia, ya que consideraban que EEUU era el único aliado del que se podía fiar España. En 1975 ese aliado fiel apoyó a Marruecos en la disputa por el Sáhara Occidental.

El mejor canciller del siglo XX

Castiella regresó a sus clases en la universidad de Madrid y falleció en 1976. En febrero de 1977 San Roque, gobernado entonces por personas más dignas que en 2016, organizó un homenaje a Castiella, al que asistieron su viuda, sus hijos, las autoridades locales y numerosos diplomáticos españoles y extranjeros. Marcelino Oreja, ministro de Asuntos Exteriores entonces (1976-1980) y que había trabajado para Castiella en su gabinete, explicó la importancia del diplomático vasco en la política exterior española:

El Estado español ha carecido de una auténtica política exterior en los dos últimos siglos de su historia (…). Castiella supone, precisamente, una de las pocas excepciones, un raro momento en el que se pretende planificar ordenadamente una actuación permanente. La excepción fue desgraciadamente breve en términos históricos, y desaparecida la gran figura de ese ministro se recae en la tradición oportunista de producir gestos aislados. (…) Gibraltar no era una obsesión de Castiella, Gibraltar fue para él, y lo es para nosotros, la clave de toda una concepción de la política exterior de España.

Los separatistas del PNV rehusaron dedicar una calle en Bilbao a su paisano. Ahora, los andaluces reniegan de él. Yo supongo que en Gibraltar y en Londres se habrán alegrado mucho de la humillación infligida por los descendientes de los expulsados al ministro que les defendió. Pase que los extranjeros perjudicados por el mejor canciller del siglo XX quieran ignorarlo o borrarlo (como a Blas de Lezo), ¡pero que el trabajo se lo hagan también los españoles revela a qué grado de envilecimiento nos ha conducido Zapatero!

En ese homenaje de 1977, el alcalde de San Roque, Francisco Jiménez, entregó a la viuda de Castiella las siete medallas de oro que los siete ayuntamientos del Campo de Gibraltar habían concedido al entonces ministro. ¿Exigirá el alcalde Ruiz Boix a la familia que se las devuelvan? En una España tan mezquina como en la que vivimos, toda aberración es posible, incluso que un día esa calle reciba el nombre de Avenida de Sir Joshua Hassan.

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