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Rousseau y el modelo educativo de abandonar cinco hijos (1)

Hume le definió como “un monstruo que se veía a sí mismo como el único ser importante del universo”; Diderot lo calificó de “falaz, vanidoso como Satán”. El padre de los grandes tópicos progres no se aplicó ni uno de sus consejos morales.

Nuria Richart
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Libertad Digital

Pablo Iglesias acusa de machista a una periodista pero le dice a un colega que azotaría a Mariló Montero “hasta sangrar”. Echenique mitineando le parece "una vergüenza tener a cuidadores sin Seguridad Social" pero al suyo le pagó en “negro”. La diputada Tania Sánchez hace la vista gorda en “Rivasvaciamadrid” para favorecer a su hermano con contratos públicos, pero nunca pisaría el suelo por donde pasan los corruptos de la casta. ¡Y cuánto asquean los ricos! Excepto Carolina Bescansa, madre que puede lucir bebé en el escaño mientras la niñera aguarda a que le toque el cambio de pañal y la toma de biberón. La alcaldesa-sacerdotisa roja Manuela Carmena duerme con su enemigo ideológico: el marido debe 500.000 euros a sus trabajadores.

La incoherencia de la izquierda viene de largo. ¡Qué decir de los padres de la progrez! Ana y Víctor, Pedro Almodóvar de Panamá o Alfonso y Juan Guerra. Mucha educación pública pero José Blanco llevaba a sus hijos al British Council de Somosaguas y Artur Mas a los suyos al Liceo Francés, para que estudiaran en español, opción que negó a los niños de las familias más humildes de Cataluña. ¡A las mariscadas! Aquel Fernández Toxo que ganaba 114.000 euros al año, lo que, en su caso, le dio derecho a un piso de protección oficial.

Bienaventurados aquellos santos laicos que sienten cómo debemos guiarnos. Su ególatra sabiduría sabe lo que nos conviene. Érase una vez aquellos intelectuales de culto cuyas escrituras, que la mayoría de sus fieles no han tenido la deferencia de leer, calan sobre el tepe social como el agua tonta de una manguera averiada.

Decía Federico Jiménez Losantos en su artículo “'Emma', de Jane Austen o La "novela rosa" liberal” que lo que distingue a Emma (1815) es: 

“lo que podríamos llamar la modernidad de su fatuidad. Su discurso es el típico de la ingeniería social de izquierdas, que lleva a la gente por donde no quiere ir porque, en su infinita sabiduría, sabe mejor que ellos lo que les conviene”.

Cuando la novela de Austen se publicó la tumba de Rousseau era lugar de peregrinación. Sobre la dura piedra miles de pablos iglesias y zapateros del XIX plañían su ausencia a moco tendido.

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Aprovecharemos el verano para tener muy presentes, como dice Paul Johnson en el libro Intelectuales, “las credenciales morales y de juicio” de los llamados maestros supremos: Jean Jacques Rousseau, Karl Marx, Jean Paul Sartre, Ernest Hemingway, Bertolt Brecht... Da la casualidad de que estos presumidos próceres de la izquierda, padres intelectuales de la política actual, no solían aplicarse sus indiscutibles verdades reveladas. Ni virtuosos, ni proletarios, ni amantes de la humanidad. Su único amor inquebrantable fue a su propia existencia. Y por supuesto equipararon la hostilidad hacia ellos con “la hostilidad hacia la verdad y la virtud”.

El césped artificial de Rousseau

Jean-Jaques Rousseau (1712-1778) es el primero, dice Johnson, en el “modelo prometeico moderno”. Un visionario del potencial de la estupidez humana. Ganó el concurso de la Academia de letras de Dijon negando que “el renacimiento de las ciencias y las artes hubieran contribuido al mejoramiento de las costumbres”. Se le iluminó la bombilla de la rentabilidad de ir a la contra y en París le compraron el análisis catastrófico de una humanidad desnaturalizada y capitalista, credo que por cierto, seguimos desde entonces a pie juntillas.

Sin embargo el filósofo pasó de ser el tarzán del siglo XVIII, y pasó la vida en palacios al cuidado de damas aristócratas, esos ricos a los que detestaba. No hizo ascos al vil metal. Cobró toda la herencia de su padre certificando la muerte de un hermano en paradero desconocido.

Nacido para amar a la humanidad

Así se vendía, y, cosa ya de consulta médica, se veía: “Nunca he conocido las pasiones odiosas, jamás tuvieron cabida en mi corazón los celos, la maldad, la venganza,… en ocasiones la ira, pero nunca soy ladino y nunca guardo rencor.” Discutió y difamó a todos sus amigos. Su compromiso dialéctico con la ética le llevó a afirmar:  “Dejaría esta vida con aprensión si llegara a conocer a un hombre mejor que yo.” Ahora los hechos: “¿hasta dónde expresó su amor por aquellos que la naturaleza había colocado más cerca de él?”, se pregunta Johnson en su libro.

A los quince años Rousseau huyó de casa con una mano delante y otra atrás. Le recogió una tal Madame de Warens. Vivió casi un lustro con ella compartiendo mesa y... cama. Con los años, cuando la vida cambió las tornas, se negó a socorrerla y Warens murió de desnutrición.

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Aunque según él “las criadas, las vendedoras de tienda" no le "tentaban", necesitaba "damas jóvenes”, su amante fija, por más de treinta años, fue la lavandera analfabeta Thérèse Levasseur. Nunca salía de casa con ella y si tenían invitados no le permitía que se sentara a la mesa. Una de sus diversiones fue leer en público una compilación de las patadas al diccionario de la lavandera.

Pero lo criminal de este episodio fueron los cinco hijos que tuvo la pareja. Rousseau se deshizo de todos. Los entregó en contra de la voluntad de la madre a la beneficencia, a L'hôpital des Enfants-Trouvés. Niños sin nombre, sin partida de nacimiento, sin género conocido. Un gesto aberrante e hipócrita si se tiene en cuenta que la gran materia del suizo fue la Educación (Emilio, o De la educación, 1762). Según Paul Johnson “es improbable que alguno de ellos sobreviviera por mucho tiempo”. Los orfanatos estaban “abarrotados de niños abandonados, en 1.772 se promediaba casi 8.000. Dos tercios de los bebés morían antes de cumplir el año”.

Todo el mundo se enteró de lo que hizo con su progenie y Rousseau se defendió: “¿Cómo podría tener la tranquilidad mental necesaria para mi trabajo con mi buhardilla llena de problemas domésticos y el ruido de los chicos?”. Egoísta se queda corto. Elevó su vil proceder a teoría política: "¿Dónde iban a estar mejor los hijos que en manos de una institución estatal? La educación es la clave del perfeccionamiento social y moral y, por eso, una cuestión que concierne al Estado. Debe formar la mente de todos”. Orgulloso estaría este impostor de la diputada de las CUP Ana Gabriel, que propuso “tener hijos en grupo” y que fueran educados por “la tribu”.

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Mucho se ha escrito sobre su machismo. Para el suizo las mujeres, “no sienten amor por ningún arte, no tienen un conocimiento apropiado de ninguno y carecen de genio" y por tanto deben “aprender a someterse sin quejarse al tratamiento injusto y las ofensas de su marido…”.

El amante de la humanidad en Les Confessions (escrito entre 1765-1770), concluye sobre Thérèse: “nunca sentí el menor rastro de amor por ella. Las necesidades sensuales que satisfice con ella eran puramente sexuales”. Eso sí, la lavandera tuvo el privilegio de pasarse tres décadas poniéndole un catéter para que orinara. Rousseau tenía una malformación en el pene que le impedía "hacerlo" de forma natural. Injusta Madre Naturaleza. 

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