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El Ejército Rojo, terror y fracaso

Se cumplen cien años de la instauración del Ejército Rojo de Obreros y Campesinos, con León Trotsky de nuevo generalísimo. Disponían de paga y posibilidades de pillaje. Igual que una tropa de mercenarios. Ésta es su historia.

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Prácticas con tanques del Ejército Rojo en 1935 | Cordon Press

La victoria de Lenin fue la derrota de Marx. Revolución en Rusia, derrota de la revolución mundial, rebeliones campesinas y obreras, construcción del socialismo en un solo país… Todos estos acontecimientos fueron pedradas en el escaparate del marxismo. La ideología marxista quedó desmentida por el triunfo de los bolcheviques y les obligó a éstos a pergeñar una nueva doctrina, que se llamó marxismo-leninismo.

Y lo mismo ocurrió con el Ejército Rojo, de cuya instauración se cumplen ahora cien años.

Los bolcheviques estaban acostumbrados a los tumultos callejeros. Por ello creyeron que les bastaban las Guardias Rojas, unas bandas de matones del partido y pelotones de soldados de guarnición, que en Petrogrado eran buenos para amedrentar con sus fusiles y largas bayonetas a los diputados de la Asamblea Constituyente, violar a las mujeres del Batallón de la Muerte y saquear las bodegas de los hoteles.

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Soldados del Ejército Blanco asesinados por el Ejército Rojo durante la Guerra Civil, 1918-1920

La única unidad verdaderamente militar de que dispuso Lenin en los meses siguientes a la revolución de octubre fue la de los Fusileros Letones, creados por el Ejército Imperial para defender los países bálticos de los alemanes.

Sin embargo, a medida que los grupos oprimidos por los comunistas se rebelaban, no estallaba la revolución mundial y las tropas de las Potencias Centrales, en vez de desertar, seguían avanzando, es decir, cuando la realidad deshacía los planes bolcheviques, el Sovnarkom (Sóviet de Comisarios del Pueblo, o Gobierno) fundó en enero de 1918 un ejército. Y así aprobó Izvestia la medida:

El triunfo completo y definitivo del proletariado es inimaginable sin la conclusión victoriosa de toda una serie de guerras, tanto en el frente exterior como en el interior.

Trotski, nuevo generalísimo

El nombre fue tan pomposo como el uniforme de un general cortesano: Ejército Rojo de Obreros y Campesinos. Con paga, mandos elegidos por la tropa y posibilidades de pillaje. Igual que una tropa de mercenarios. El 3 de febrero se creó la Academia del Ejército Rojo para Toda Rusia.

No tuvo mucho atractivo. Los bolcheviques habían difundido en el pueblo ruso las consignas del sinsentido de la guerra y la pronta conclusión de ésta. Los Aliados y el Consejo Militar Supremo ruso, formado por antiguos miembros del Estado Mayor ruso, presionaron a Lenin para que aceptase la formación de un ejército como ‘los de siempre’, con un cuerpo de oficiales profesionales y una masa de leva sacada del campesinado. Y el 23 de febrero se procedió al primer reclutamiento forzoso, día que se celebraba en la URSS como Fiesta de los Defensores de la Patria.

¿Quién lo mandaría? Ninguno de los bolcheviques tenía experiencia militar, pues como revolucionarios profesionales que eran se habían dedicado a la agitación y al exilio. El elegido fue León Trotski: después de haber sido comisario de Asuntos Exteriores y de negociar con los Imperios Centrales, el Sovnarkom le nombró el 13 de marzo de 1918 comisario del Pueblo para la Guerra.

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Trotsky presentando un libro de Max Shachtman en 1937 en Méjico

La labor que realizó el nuevo ministro de la Guerra (lo fue hasta enero de 1925), asombró al general Max Hoffman, jefe de estado mayor de los ejércitos alemanes en el Frente Oriental, que le había conocido en las negociaciones de Brest-Litovsk.

En un episodio poco conocido, los bolcheviques contaron con la colaboración de los Aliados, sobre todo de la misión militar francesa, para levantar su Ejército Rojo. Trotski recurrió al arma infalible de los bolcheviques: el terror.

Muchos generales rusos que habían jurado lealtad a Nicolás II colaboraron sin reservas con Trotski, ya que la finalidad, según creían, era derrotar a los odiados alemanes. Así les describe Richard Pipes (La Revolución Rusa):

Formados en una tradición de estricto apoliticismo y obediencia a quienes ocupaban el poder, la mayoría de ellos cumplió diligentemente las órdenes del nuevo gobierno.

Los rojos les pagaron con el silenciamiento de sus nombres en la historia de la revolución y a los supervivientes con el tiro en la nuca en la Gran Purga de 1937-38.

Uno de los mayores colaboracionistas fue Aleksei Brusílov: general del zar, el Gobierno Provisional nacido en la revolución de febrero le ascendió a comandante en jefe del Ejército ruso y luego se ofreció a Trotski. Y en 1920, cuando los polacos avanzaban en Ucrania, instó a los oficiales del Ejército Imperial a unirse a los rojos.

Los comisarios políticos

Para asegurarse la lealtad de la despreciada clase de los oficiales, Trotski creó el comisariado político, bolcheviques fanáticos que tenían asignado un oficial al que vigilar para destituirlo o matarlo si les parecía que incumplía las órdenes. Añadió castigos a las familias de los oficiales.

El Frente Popular copió esta figura despreciable en la guerra civil. En octubre de 1936, el socialista Francisco Largo Caballero, presidente del Gobierno y ministro de la Guerra, ordenó la institución del Comisariado General. Uno de los comisarios, que velaban por la lealtad de los oficiales y los soldados y los adoctrinaban fue el poeta Miguel Hernández.

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Trotsky en un cartel polaco contra el Ejército Rojo

Las órdenes de Trotski, repetidas luego en los primeros meses de Barbarroja por un enloquecido Stalin, eran atacar sin pausa a los ‘enemigos de la revolución’. Y éstos no eran los invasores, sino los campesinos, que se oponían a ser saqueados y sometidos a la colectivización, y los blancos, cada vez más numerosos.

Trotski se desplazaba por la inmensidad rusa en un tren blindado. Cada vez que el Ejército Rojo tomaba una ciudad, detrás entraban las tropas de la Cheka, para localizar a los contrarrevolucionarios y eliminarlos. Los chekistas y los militaress eran parte del mismo mecanismo. El periódico Pravda afirmó en un artículo (23-X-1918) que quienes servían en la Cheka y el Ejército Rojo debía considerarse "compañeros de armas" luchando cada uno a su manera contra la "burguesía internacional".

Derrotas en Polonia y España

A pesar de su victoria en la guerra civil rusa y, sobre todo, de la propaganda, el Ejército Rojo no sobresalió por sus éxitos militares. En esos mismos años sufrió la derrota en la batalla de Varsovia (agosto de 1920), que le cerraba el acceso a Europa y los planes de Lenin de penetrar hasta Berlín.

En España, los soviéticos enviaron al Frente Popular un armamento excelente (mejores tanques y aviones que los recibidos de Italia y Alemania en el bando nacional) y técnicos, pero también fueron vencidos. En la Guerra de Invierno contra Finlandia, sólo se impusieron por la superioridad numérica y la soledad de los finlandeses. Su única victoria en los años 30 fue contra los japoneses en Manchukuo (verano de 1939).

El Ejército Rojo se sobrepuso al ataque del Eje gracias a una disciplina despiadada, al abandono del comunismo como elemento movilizador, a los suministros de EEUU y a su número. Otros factores no menores fueron ciertos armamentos de calidad (el tanque T-34) y la innovación estratégica después de dos años de fracasos.

Sin embargo, los generales soviéticos –Stalin el primero de ellos- , a diferencia de los alemanes o los anglosajones, despreciaban las vidas de sus soldados. Una cita de uno de los generales favoritos de Stalin, el mariscal Georgui Zhúkov, vencedor de los japoneses en 1939:

Si nos topamos con un campo de minas, atacamos exactamente como si no estuvieran allí. Las bajas que sufrimos por minas las consideramos equivalentes a las que habríamos sufrido por ametralladoras y artillería si los alemanes hubieran decidido defender el área con grandes cuerpos de tropas en lugar de minas

Semejante insensibilidad sólo se había visto antes en el generalato de la Primera Guerra Mundial o en los bolcheviques durante la guerra civil.

Tanques abandonados en Berlín

En la Guerra Fría, el Ejército Rojo encarnaba la amenaza comunista para Occidente. Sus armas más poderosas eran, sin embargo, los misiles. El diplomático Alonso Álvarez de Toledo, último embajador de España en la Alemania Oriental, se dio cuenta de que el Ejército Rojo era el famoso tigre de papel.

Después de los frecuentes desfiles y maniobras militares, Álvarez de Toledo solía ver en los arcenes y las cunetas de las carreteras en torno a Berlín tanques adornados con la estrella roja abandonados por avería durante varios días. ¿Ésta era la espada de la Unión Soviética contra las potencias imperialistas?

Al final, el Ejército Rojo se disolvió en 1991, junto con la URSS. Su mayor parte constituyó las Fuerzas Armadas de la República Rusa y mostró su incompetencia en la guerra de Chechenia. El general Pável Grachov, Héroe de la Unión Soviética y Orden de Lenin, prometió tomar la ciudad de Grozni en un par de horas con un solo regimiento de paracaidistas. Esa guerra duró casi dos años y concluyó con un vergonzoso acuerdo para Moscú. En 1999, se reanudó.

Tal vez el mayor defecto del Ejército Rojo fuera su incapacidad para aprender de sus errores y de los ajenos, a diferencia del Ejército de EEUU. Como la URSS y el PCUS, el Ejército Rojo estaba fosilizado por la ideología y la convicción de que marchaba en la dirección de la historia. Y la historia es una mujer muy esquiva.

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