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La Guerra de los Treinta Años. El ocaso del sol español

Se cumple el primer centenario de la Gran Guerra, una hecatombe humanitaria que Europa no padecía desde la Peste Negra del siglo XIV.

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El 23 de mayo de 1618, unos aristócratas bohemios protestantes, descontentos con la elección del católico archiduque Fernando de Habsburgo como rey de Bohemia, irrumpieron en el castillo de Praga y arrojaron por la ventana a tres representantes imperiales.

Así comenzó la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), uno de los conflictos más destructivos de la historia de Europa. Hubo lugares en Alemania donde la caída de la población se acercó al 50%. Semejante hecatombe no se padecía desde la Peste Negra del siglo XIV.

Decir que la Guerra de los Treinta Años estalla por la Defenestración de Praga (los tres representantes imperiales no murieron, porque cayeron sobre un carro de estiércol) es tan reductor como decir que la Gran Guerra comienza por el asesinato del heredero del imperio austro-húngaro.

La ‘Pax Hispanica’

El viento de la guerra sopló en un momento en que Europa vivía bajo la ‘Pax Hispanica’. Felipe III había firmado con los rebeldes holandeses la Tregua de los Doce Años, que vencía en 1621, y en el Flandes español se había instalado, como vía para que España se retirase paulatinamente de él, a la infanta Isabel Clara Eugenia y a su marido el archiduque Alberto.

El nuevo rey inglés, el escocés Jacobo de Estuardo (1603-1625), pidió la paz a España para concluir la Guerra de los Veinte Años (1585-1604). Así se firmó el Tratado de Londres (1604), que convirtió a Londres en aliado de Madrid: se abrieron los puertos ingleses a los súbditos del monarca español y cesó la ayuda a los rebeldes holandeses.

En Francia, el gran enemigo de España desde que los Valois quisiesen apoderarse del reino de Nápoles, vinculado a Fernando el Católico, concluyeron las guerras civiles después del ascenso de Enrique IV de Borbón al trono y su conversión al catolicismo. El nuevo soberano ratificó en la Paz de Vervins (1598) con Felipe II los acuerdos de Cateau-Cambrésis (1559), que sentaron la hegemonía española.

Después de que Sebastián I muriese en Marruecos, Portugal, con sus colonias en tres continentes, se había incorporado a la Monarquía Hispánica. Los intereses y los frentes de Madrid se habían convertido en globales. Como dice el profesor René Quatrefages, "Cuando se trata de España hay que mirar el mundo": los piratas chinos en Filipinas, los astilleros de los holandeses, el valor de la moneda, la elección de papa, la amenaza turca, la diferente fiscalidad entre los reinos ibéricos...

La tregua acordada entre luteranos y católicos en Centroeuropa se estaba rompiendo. Además, crecían los calvinistas y los anabaptistas, que odiaban a los luteranos, pero se unían para combatir a los católicos.

La vacilante paz en Europa era guerra abierta en el resto del mundo disputado por los europeos. Los holandeses atacaban el imperio portugués, más endeble que el español (los portugueses preferían construir pequeñas factorías en las costas, al estilo fenicio, en vez de erigir sociedades nuevas, como hicieron los españoles a imitación de los romanos), y los piratas ingleses y franceses navegaban por el Caribe.

Victorias españolas

La rebelión en Bohemia fue el primero de una serie de conflictos que se encadenaron uno tras otro, hasta que la guerra se convirtió en general.

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Felipe IV

A las divisiones religiosas y la ambición de los protestantes por las tierras eclesiásticas se unieron los intereses comerciales. Los reyes de Dinamarca, Cristián IV, y Suecia, Gustavo II, aparte de ser luteranos, pretendían convertirse en potencias en el Báltico. Fernando, coronado emperador en 1619, y el rey Segismundo de Polonia, ambos católicos, llamaron en su ayuda a los Austrias de España, ya que ellos eran demasiado débiles.

Al final, todos ambicionaban el oro de la Monarquía Hispánica. Sus enemigos, para sus cofres; y sus amigos, para pagar ejércitos.

En España, el joven rey, Felipe IV (1621-1665), y su valido, el conde-duque de Olivares, rompieron con la política pacifista del duque de Lerma. Acudieron en auxilio de la rama menor de los Habsburgo y con el objetivo último de arremeter contra los holandeses.

Los primeros hechos de armas fueron favorables a los católicos. En la batalla de la Montaña Blanca (1620), los bohemios protestantes fueron aplastados. Y en 1625 España obtuvo tres grandes victorias: rendición de Breda, reconquista de Bahía y derrota inglesa en Cádiz.

Francia, el factor decisivo

La guerra habría acabado antes de no haberse inmiscuido la envidiosa Francia. El cardenal Richelieu, ministro de Luis XIII desde 1624, vio la ocasión para amputar el poder de la Casa de Austria y su rey le apoyó.

Primero, París se limitó a enviar dinero a los enemigos de españoles e imperiales y animar alianzas. Cuando los tercios volvieron a demostrar que constituían el mejor ejército del mundo al destrozar a los suecos en Nordlingen (1634), Francia participó en la guerra (1636).

El ‘Rey Planeta’ ahora se enfrentaba a un enemigo fresco que llevó la guerra a España. Además, surgieron problemas internos. En 1640 se produjeron las rebeliones de Cataluña y Portugal.

Las batallas de las Dunas (1639) y de Rocroi (1643) supusieron sendas derrotas para la armada y la infantería españolas. Pero su gravedad residió en que la Monarquía Hispánica había perdido la capacidad de recuperación.

Francia y Suecia vencieron a los católicos germanos y forzaron al nuevo emperador, Fernando III, y a Felipe IV a pedir la paz, que se negoció en Westfalia en 1648 (Tratados de Osnabrück y Münster).

En la Guerra de los Treinta Años la crueldad alcanzó un grado desconocido. Los suecos, que llegaron hasta Baviera, pudieron haber destruido un tercio de las ciudades alemanas, según el historiador William Langer. Además, un enfriamiento del clima de ámbito mundial provocó malas cosechas, enfermedades y hambrunas.

La Paz de Westfalia

España se convirtió en un león herido al que los chacales atacaban en manada. Aunque los tercios y la armada siguieron ganando batallas, el corazón de la Monarquía Hispánica estaba agotado por las distancias entre los dominios y el frente interno. En el reinado de Carlos II (1665-1700) se empezaron reformas (por primera vez desde Carlos V se bajaron algunos impuestos) que Felipe V reanudó después de la Guerra de Sucesión.

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Cardenal Richelieu

Ni Luis XIII ni Richelieu vieron el final de la guerra. El cardenal murió en 1642 y el rey en 1643. Los Borbones consiguieron quebrantar el poder de la Casa de Austria y expandir su reino al este, aunque al precio de consagrar la división religiosa de Europa. Uno de los territorios anexionados fue Alsacia, por el que luego se librarían nuevas guerras.

Luis XIV, que ascendió al trono a los cinco años de edad, prosiguió la centralización de Francia, comenzada por Richelieu, y los ataques a España. Su belicismo, que le condujo a proponer repartos del imperio español a las demás potencias, causó la Guerra de Sucesión (1700-1714) y la ruina de su monarquía. La hegemonía francesa duró sólo medio siglo.

Alemania siguió siendo un concepto geográfico más que político y su unidad sobre un territorio menguado respecto al Sacro Imperio, se consiguió dos siglos más tarde y bajo la égida de Prusia.

Portugal libró con España una larga guerra de independencia que concluyó con el Tratado de Lisboa en 1668. Madrid devolvió a los Braganza todas las posesiones, salvo Ceuta, que desde entonces es española. Los portugueses habían firmado una alianza en Europa con los holandeses contra el enemigo común, pero en el resto del globo combatieron en Brasil, Angola y Santo Tomé. Regresaron a su tradicional alianza con Inglaterra, que en el siglo XVIII se convirtió en sumisión.

Los holandeses ganaron su independencia después de la Guerra de los Ochenta Años. Soñaron con construir un imperio colonial a costa de las coronas ibéricas, pero los ingleses les traicionaron. Entre 1652 y 1674 se enfrentaron en tres guerras en las que la victoria final fue para los ingleses.

Inglaterra atravesó una guerra civil. Carlos I fue decapitado en 1649. La dictadura religiosa (puritana) y personal de Cromwell levantó los cimientos del poderío británico. Su plan de poner pie en el Caribe español y apoderarse Gibraltar fue desbaratado por los marinos de Felipe IV. Su ascenso a señora del mar hubo de esperar al siglo XVIII.

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