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La Guía de Menorca, Pla, el Kane bueno y el Imserso

Hace 70 años, Josep Pla, olvidado por el catalanismo, el separatista y el otro, firmaba con ese nombre la 'Guía de Mallorca, Menorca e Ibiza'.

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La Menorca de Josep Pla, ayer y hoy

Hace 70 años, en septiembre de 1948, José Pla, luego ampliado como Josep Pla i Casadevall y finalmente olvidado por el catalanismo, el separatista y el otro, firmaba con ese nombre la Guía de Mallorca, Menorca e Ibiza [I]. La había escrito por encargo de la Editorial Destino, S.L., precisamente de Barcelona. Destino había nacido en 1940 y desde Pla a Sánchez Ferlosio, su catálogo era extenso. Tiene dos premios literarios de prestigio, el Nadal en lengua española y el Josep Pla en lengua catalana.

Es sabido que Pla era un reconocido islómano, pero en esta ocasión su larga e intensa visita a las islas Baleares se relacionó con el propósito de la editorial de convertir en contenidos nacionales vinculantes a la geografía y la historia de España. Trataba de contribuir inicialmente al sentimiento de unidad nacional desde la diversidad regional si bien algunas de ellas no lo hicieron. Por ello, publicó, entre 1943 y 1977, dieciséis guías de diversas regiones e incluso ciudades de España. En 1948, Pla terminó su Guía de las tres principales islas del archipiélago balear y su primera edición lleva fecha de 1950.

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Revista Destino

La editorial Destino fue fundada a partir de la revista del mismo nombre, 1937, por el círculo de escritores catalanes próximos a Dionisio Ridruejo: Josep Mª Fontana, Xavier de Salas, Josep Vergés, Ignasi Agustí, y J. Ramón Masoliver, entre otros. Trasladada a Barcelona su redacción se dio origen a la editorial. El primero de los Premios Nadal, convocados por ella, fue a parar a la novela Nada, de Carmen Laforet, en 1944. Y el premio Menorca de novela, en 1955, con La mujer nueva.

Sus fundamentos ideológicos fueron evolucionando hacia posiciones democráticas si bien hasta su caída en los brazos del grupo Planeta, el sentido de unidad nacional de España había sido resumido por otro de sus autores, Dionisio Ridruejo: "Una Guía de España desarrollada por regiones cada una de las cuales había de caber en un volumen densamente ilustrado, lo que reduciría el texto, en le caso de mayor holgura, a tres centenares de folios".[II]

Pla, considerado liberal laico frente a otros liberales "papistas", construye su Guía de Mallorca, Menorca e Ibiza (que sólo añade noticias generales de Formentera y Cabrera), modelo para las guías que abundaron en su época y en las sucesivas, a partir de un sentido crítico de la historia que intentaba desacreditar creencias asumidas acríticamente.

Aunque obviamente la idea nacional de España está presente en todo el libro, no es menos cierto que menciona expresamente a España menos veces que a Cataluña y que describe la organización del Estado y la Iglesia en Baleares aportando sus curiosas notas distintivas Por ejemplo, y para centrarnos ya en Menorca, el gobierno nacional tenía un delegado en la isla, militarmente dependía de la Capitanía General de Baleares, pero el obispado de la isla dependía de la Iglesia de Valencia y los servicios educativos dependían del distrito universitario de Barcelona. Su importancia marítima se ligaba a Cartagena.

Por la isla de Menorca, la Minorica romana, pasaron fenicios, griegos y cartagineses (Mahón, ahora Maó, es un nombre procedente de Magón, general cartaginés) hasta que "el Mediterráneo se convirtió en un lago romano", en el que los honderos menorquines se hicieron mercenarios, como era su costumbre de los vencedores. En 427 d.C. Genserico de apoderó de Baleares y los saqueos sarracenos comenzaron en el siglo VIII, que dejaron denominaciones de lugares y pocos restos más, y en 1287 fue recuperada por el rey Alfonso III, el Liberal de Aragón. Y en un entreacto del siglo IX, llegaron hasta allí los vikingos.

Menorca, pues, perteneció al reino de Aragón hasta que se desarrolló la unidad de España bajo el concierto de Isabel y Fernando. Pero, por si situación geográfica y estratégica, Menorca estuvo sometida a nuevas ocupaciones, dos de ellas, bien importantes, la inglesa y la francesa. Y es aquí cuando Pla ataca una de las creencias generalizadas y subraya su falta de fundamento.

La Guía de Menorca de Pla expone que el ascenso de la Casa de Austria fue el comienzo de un conjunto de desventuras y desastres para la isla, amenazada siempre por eje franco-musulmán y la piratería instigada por los turcos. Por ello, Pla no se explica por qué los menorquines, como los demás habitantes de Las Baleares, tras estar realmente maltratados por los Austrias, se pusieron de parte de sus maltratadores cuando llegó la guerra de Sucesión.

El testamento de Carlos II el Hechizado, sin descendencia, dejaba como heredero del trono de España, al nieto de Luis XIV, Felipe de Borbón. Mientras Francia y parte de España, los felipets o botiflers, defendieron al Borbón, finalmente Felipe V, Austria, Inglaterra, Holanda, Portugal e Italia se pudieron del lado de la dinastía de los Austrias, Inexplicablemente, los baleares, menorquines incluidos, Cataluña, Aragón y Valencia, también Fueron conocidos como los "carlistes".

En el Tratado de Utrecht de 1713 se dice: "El rey Católico…cede también a la corona de la Gran Bretaña toda la isla de Menorca, traspasándole para siempre todo el derecho y pleno dominio sobre dicha isla…" con referencia especial a Mahón, que desplazó en la capitalidad de la isla a Ciudadela. Prometía a conservación de los bienes a los isleños y su práctica de a religión católica.

Pero nada es para siempre y Pla se esmera en contar cómo después ocurrió la ocupación francesa, luego una segunda inglesa, una tercera y a partir de 1802, Menorca se incorporó definitivamente a la Corona de España tras 72 años de dominación extranjera. La posesión del Peñón de Gibraltar hacía menos necesario arriesgar por la posesión de Menorca y además estaba emergiendo Napoleón.

Pla desmenuza costumbres, obras, industrias – trajes, albarcas-, gastronomía -desde la salsa mahonesa a la sobrasada o el queso de Mahón -, caminos, rutas, calas, paisajes y lugares, no con excesivas alusiones a los enclaves eclesiásticos de los que, como es sabido, no era muy partidario. De hecho, en toda la Guía de Menorcano aparece imagen alguna de templo ni de personaje religioso, salvo en las inevitales panorámicas de Alaior y san Luis donde destacan las torres de las iglesias en la lejanía.

Para Pla sí que tienen verdadera importancia las construcciones civiles, desde el Ateneo Científico, Literario y Artístico de Mahón al Ayuntamiento de Ciudadela, desde el teatro de la Ópera de Mahón, el primero de España fundado en 1829, a las plazas populares de la antigua capital o su puerto. Dotado de un instinto turístico destacado, Pla dedica muchas ilustraciones a sus calas, playas, acantilados, prados y paisajes.


El Kane bueno

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Richard Kane

Una de las sorpresas que aporta la Guía de Menorca para quien no conozca la relevancia de la presencia inglesa en la isla, es el respeto que siente Pla por la obra de los ingleses desarrollada en pocas décadas, pero que convirtieron a Menorca en otra isla diferente. Obras como la Fortaleza de la Mola, la fortificación del puerto de Mahón, pasando por la erección del fuerte Marlborough, comenzaron entonces.

No todos los gobernantes ingleses fueron dignos de aprecio, pero hubo uno en especial, Richard Kane, al que llamaremos el Kane bueno para contraponerlo a la imagen popular de ese otro peligroso, el Kane americano impulsado por el cine. Es este Kane, Sir Richard Kane, quien consigue el elogio sin reparos del escritor catalán.

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Camí d´en Kane

Cuando se va desde Mahón hasta Fornells, a la izquierda y casi enseguida, puede verse una señal de tráfico que indica la existencia de un camino: Camí d´en Kane, el camino de Kane. Este camino fue la primera carretera abierta y practicable entre Mahón y Ciudadela, las dos ciudades claves de la isla, que distan entre 40 y 46 kilómetros según la ruta elegida. Para la Menorca del siglo XVIII fue una infraestructura esencial que propició el comercio y la riqueza.

Pero, ¿quién era Richard Kane? Kane era un militar irlandés, brigadier general, que desde 1708 fue el ayudante del gobernador de Menorca nombrado por Gran Bretaña. Pero al gobernador oficial, el duque de Argyll, apenas le interesaba la isla y casi nunca estaba en ella. De modo que la autoridad efectiva fue desempeñada por Richard Kane desde poco antes de la forma del Tratado de Utrecht hasta su muerte en 1736.

Al irlandés Kane no le fue fácil nada porque para ser respetable tuvo que modificar su apellido originario O´Cahan y unirse a un regimiento protestante que se oponía al ejército irlandés católico que servía al rey James II. Tras muchas vicisitudes y méritos militares se afincó en Menorca como gobernador efectivo y apenas salió de ella en el resto de su vida.

Escribió Josep Pla en su guía que "gobernó Menorca durante veinticuatro años". Lo consideró un magnífico funcionario, poseedor de las virtudes de aquella élite de hombres que construyó para Inglaterra un gran imperio. Murió en Mahón y fue enterrado en la Isla de Menorca, seguramente en el castillo de san Felipe si bien hay dudas al respecto. Se erigió un monumento a su memoria en Mahón y finalmente, un busto de J. M. Ruysback con una inscripción latina que enumera sus muchos logros, entre ellos los menorquines, se encuentra en la Abadía de Westminster.

Según Pla, "el estado de la isla, al tomar el mando Kane, era poco propicio al desarrollo de sus planes, encaminados al florecimiento y bienestar de país" pero, a pesar de las disensiones políticas internas, la enemistad del clero católico y el agobio fiscal para el mantenimiento de la guarnición logró otros éxitos y servicios.

Y cita:

Restableció el orden y acabó con el bandidaje; suprimió la Inquisición…moralizó las costumbres, abrió la primera carretera de Mahón a Ciudadela, Kane Road…e hizo que la justicia fuera una cosa seria…trasladó la capitalidad a Mahón". Y añade que vigorizó el puerto, ordenó la moneda, eliminó el robo de abastecimientos. "Se ocupó de la lana, de los vinos, del trigo, de las carnes, de la caza, de los árboles; defendió la lentisca; importó especies de árboles, de plantas y semillas; creó los magníficos vergers (huertos) de las afueras de Mahón, repuso, fomentó y mejoró el ganado de la isla.

Incluso crió una especie particular de manzanas conocidas como pomes dén Kane, además de convertir a Mahón en puerto franco. Atrajo a comerciantes e inversores, empedrando calles, erigiendo relojes y extendiendo costumbres higiénicas. Esto es, su gobierno fue pacífico, inteligente y duradero, logrando que el gusto menorquín se asociara al inglés en la arquitectura, en la cocina y en los juegos infantiles. Por si fuera poco, Kane fue honrado o eso se cree.

Le sucedió el coronel Pinfold y a éste el brigadier Anstruther, que gobernó perversa y despóticamente la isla hasta ser sustituido por el mediocre general Winyard, que, ahora sí, fue sucedido por otro gran gobernador, sir William Blakeney, único comparable al virtuoso Kane. En resumen, dice Pla, puede afirmarse que, bajo la dominación inglesa, Menorca realizó considerables progresos sobre todo en los aspectos económicos y comerciales.

Y el Imserso

Si hubiera una voluntad política nacional en España, algo que está por ver tras el desmadre generado por la ausencia del Estado ante la insurrección separatista en Cataluña, habría algunos factores que deberían ser considerados claves. Desde el cumplimiento del mandato constitucional sobre la lengua española común – en las calles de las ciudades menorquinas no se oye hablar en español prácticamente a nadie recordando a aquel personaje de Borrow que decía que en Menorca olvidó el español sin aprender el catalán -, al ordenamiento conveniente de los medios de comunicación desde la libertad y no desde la prepotencia administrativa y política, hay muchos instrumentos que podrían encaminarse al desarrollo del sentimiento nacional español.

Es el mismo caso de la educación, de las competiciones deportivas y/o culturales, de la industria del cine y, como en este caso, de la industria editorial. En un momento donde el punto de vista autonómico ennegrece el plano general de la nación, sería de nuevo conveniente la edición de guías que relacionasen las partes con el todo del que forman parte: España, como se hizo en la época que tratamos por la editorial Destino. Es un objetivo que debería ser común a derechas e izquierdas constitucionales.

Igualmente, y tras la desaparición de la mili obligatoria que forzaba relaciones entre jóvenes de diferentes regiones y provincias españolas, está en caso de los viajes del Imserso, que sustituyó la N de Nacional por la M de Mayores. Precisamente ha sido con motivo de haber accedido a uno de esos viajes por razones de jubilación, por lo que este articulo y su trabajo fotográfico añadido ha podido ser realizado.

Estos viajes relacionan a personas mayores de toda España fuera de sus tierras de origen y contribuyen a hacer comprender la unidad real e histórica que persiste a pesar de las diferencias culturales, económicas y sociales que existen entre las distintas Autonomías. Pero en vez de dejar sus efectos en manos de la mecánica organizativa sin más, podrían ser objeto de una estrategia más cualificada para el intercambio de experiencia y cultura que supere a los tradicionales bailes de salón.

Pero, claro, tal afán demandaría previamente la existencia de la plasmación de una realidad política nacional española impulsada por una voluntad constitucional de apuntalar "la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, al tiempo que se reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas".

Antes de terminar el viaje, en una amplia capilla de la calle del Socors en Ciudadela, la Capella Davídica ofreció una hermosa y ágil versión del Réquiem de Mozart y su director ofreció todas las explicaciones en catalán, si bien allí había otros españoles de la península y bastantes extranjeros. Hablaba como ensimismado, sólo para los "suyos" sin opción alguna para los que obviamente no entendíamos lo que decía. Sí, desde la Guía de Pla hasta ahora parece haber crecido un réquiem en las entrañas de España.


[i] Pla escribió para el proyecto otras dos Guías, la de la Costa Brava y la de Cataluña. Para mayor abundamiento, las dieciséis guías, que recoge Fernando Arroyo Ylera en su artículo sobre las mismas, fueron: José Pla: Guía de la Costa Brava (1941/48) y Mallorca, Menorca e Ibiza (1950); Carlos Soldevila: Barcelona (1951); Pío Baroja: El País Vasco (1953); Juan Antonio Cabezas: Madrid (1954); Carlos Martínez Barbeito: Galicia (1957); José María Pemán: Andalucía (1958); José Pla: Cataluña (1961); Joan Fuster: El País Valenciano (1962); Gaspar Gómez de la Serna: Castilla La Nueva (1964); Claudio de la Torre: Gran Canaria, Fuerteventura y Lanzarote (1966); Alfredo Reyes Darias: Tenerife, La Palma, La Gomera, El Hierro (1969); Dolores Medio: Asturias (1971); José Vicente Mateo: Murcia (1971); Dionisio Ridruejo: Castilla La Vieja (2 t., 1974): Santiago Lorén: Aragón (1977).

[II] Citado por Arroyo Ylera.

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