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Así salvó Adolfo Suárez las Islas Canarias de las garras de Argelia

Hace 40 años la dictadura socialista argelina realizó un movimiento contra España, consistente en presentar en la Organización para la Unidad Africana la cuestión de la ‘africanidad’ y consiguiente descolonización de las islas Canarias.

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Islas Canarias en los años 70 | Cordon Press

Los separatistas catalanes no habrían podido dar su golpe de Estado el año pasado si el Gobierno nacional no se hubiera comportado durante los meses anteriores como el clásico don Tancredo. La periodista francesa Sandrine Morel ha revelado en su libro que el desaparecido Gobierno de Rajoy no pasó de los argumentos jurídicos y los desmentidos en comunicados, ya que sus miembros estaban convencidos de que no se iban a producir el referéndum ni la proclamación de la independencia.

Hace cuarenta años, el Gobierno de entonces se encontró con otra amenaza a la unidad nacional y, por fortuna, no se cruzó de brazos. La dictadura socialista argelina realizó un movimiento contra España, consistente en presentar en la Organización para la Unidad Africana (convertida en Unión Africana en 2001) la cuestión de la ‘africanidad’ y consiguiente descolonización de las islas Canarias.

La amenaza de Argelia

El enfado con España del régimen de Argel, aliado de la URSS, respondía a la retirada de España de la provincia del Sáhara y su entrega a Mauritania y Marruecos en 1976 mediante los Acuerdos de Madrid. Además, a comienzos de 1978, España había firmado un acuerdo de pesca con ambos países africanos que afectaba a las costas saharauis. Argelia, que había mantenido una guerra con Marruecos en 1963, apoyaba al Frente Polisario y acogía en Tinduf a miles saharauis huidos de la ocupación de su territorio; también daba asilo al separatista canario Antonio Cubillo, al que permitía emitir desde una radio. El partido único FLN (Frente de Liberación Nacional), vinculado a la Internacional Socialista, pretendía que España cambiara su postura en el asunto del Sáhara y sus relaciones con Marruecos, ya que entre éste y su protector Francia los argelinos temían quedar cercados.

Argelia planteó en febrero de 1978 en el Comité de Liberación de la OUA, reunido en Trípoli, una recomendación al Comité de Ministros para que solicitase permiso al Gobierno español para enviar una comisión que investigase la situación colonial de Canarias y, también, se concediera apoyo logístico y económico a Movimiento para la Autodeterminación e Independencia del Archipiélago Canarios (MPAIAC), que había pasado a cometer actos terroristas.

El Gobierno español, presidido por Adolfo Suárez, reaccionó inmediatamente. Marcelino Oreja Aguirre, ministro de Asuntos Exteriores, se puso al frente de una campaña para detener la maniobra argelina. El plazo de tiempo era breve, de unos cuatro meses. Y Oreja y el presidente de la comisión de Asuntos Exteriores del Congreso, Ignacio Camuñas, se repartieron el trabajo. Mientras una delegación de diputados de varios partidos viajaba a 19 países africanos, el ministro lo hizo a otros tantos.

Oreja mantuvo una agenda agotadora, ya que alternaba estos viajes (incluyendo escalas en Canarias para explicar sus gestiones) con otros oficiales al Mercado Común o acompañando al rey Juan Carlos, y además gestionaba el Ministerio y comparecía en las Cortes. Tanto esfuerzo dio resultado. Salvo Nigeria, con cuyo dictador, Olesegun Obasanjo, tuvo una discusión, los demás gobernantes, hasta el voluble y ególatra Gadafi, le prometieron oponerse a la propuesta argelina.

En uno de estos viajes, el presidente de Mauritania le ofreció como bocado exquisito un ojo de cordero asado que tuvo que comerse para no disgustar al anfitrión.

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Antonio Cubillo y el presidente de Argelia, Houari Boumediène

Los diplomáticos, espoleados por su ministro, también se implicaron en la campaña. El embajador Javier Villacieros nada más llegar a su nuevo destino, Libia, en junio de 1978, dijo a los responsables de la política exterior de Gadafi que la cuestión de Canarias era capital, les pidió que prohibiesen la entrada en su país a Cubillo y que se opusieran a la propuesta argelina en la OUA. En caso contrario, Trípoli dañaría las relaciones con España y, además, podría precipitarse así el reconocimiento por Madrid de Israel.

Un nacionalista canario anhela ser negro

La cumbre de jefes de Estado y de Gobierno africanos, que se celebró en Jartum entre el 18 y el 22 de julio, rechazó una resolución del Consejo de Ministros de la organización celebrado unos días antes sobre la "integridad territorial de África y de las islas que rodean el continente", introducida por Argelia y otros países "progresistas". Se necesitaban 33 votos de los 49 miembros para aprobarla, pero votaron en contra 19. Formalmente, el asunto de Canarias se aplazó un año.

Pero la labor diplomática no se detuvo. En junio de 1981, el secretario general de la OUA, el togolés Edem Kodjo, visitó Madrid y Canarias para hacerse una idea exacta de la ‘africanidad’ de las islas. Según Carlos Robles Piquer (Memoria de cuatro Españas), se asombró de la asistencia a misa en la catedral de Las Palmas y de ver a un solo negro, encima natural de un país africano y que estaba de vacaciones.

También recibió a delegaciones de todos los partidos canarios, incluso el separatista de Cubillo. Robles Piquer le hizo de intérprete y el independentista, para asombro de todos, declaró que lamentaba no poder "arrancarse esta piel blanca" para sustituirla por otra de color negro.

Unos días más tarde, se celebró en Nairobi otra cumbre de la OUA y Kodjo afirmó que, aunque el archipiélago se encontraba junto a la costa africana, no había duda de su españolidad.

A Francia le gusta que España esté en líos

Un innegable triunfo, sobre todo si tenemos en cuenta dos factores que Oreja describe en sus memorias. El primero, que los españoles tuvieron que recurrir a "argumentos verbales y la capacidad de persuasión", ya que carecían de medios económicos. Mientras Francia dedicaba anualmente entonces alrededor de 40.000 millones de pesetas a su ‘política de cooperación’ en África, España disponía de poco más de 100 millones.

El segundo factor fue la indiferencia de Francia ante el problema de Canarias, que, subraya Oreja, "nunca se tomó en serio". Por el contrario, Estados Unidos, que respaldaba la Transición, "se mostró siempre muy solícito". El secretario de Estado del presidente Carter, Cyrus Vance, fue "un colaborador leal y un mediador con algunos gobernantes africanos".

La misma diferencia se repitió casi 25 años más tarde, cuando Marruecos ocupó el islote de Perejil: Francia se opuso en la UE a toda sanción contra su protegido (Chirac recibió dinero de Hassán II), mientras que el Gobierno de EEUU, cuyo presidente era George Bush, se puso del lado de Madrid.

La victoria diplomática de Oreja demostró que un Estado como el español, más poderoso y más influyente de lo que la mayoría de sus ciudadanos cree, puede conseguir objetivos tan básicos dentro de la comunidad internacional como el respeto a la integridad de las fronteras.

Si un Gobierno débil, implicado en una inédita transición política de una dictadura a una democracia occidental y sin apenas presencia diplomática y económica en África persuadió la OUA, ¿qué podría hacer otro Gobierno español en 2018 en la Unión Europea contra los separatistas catalanes?

La voluntad es uno de los elementos decisivos en la política. Quien carece de ella acaba movido por otros como un pelele.

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