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Los muertos en 'La España negra' de Gutiérrez Solana y Jalogüín

Pero si se quiere abundar en una España negra ahí está la de Solana, Y con una España así, ¿quién necesita un jalogüín?

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En 2020 se cumplirán 100 años de la publicación del libro La España negra, de José Gutiérrez Solana. Seguramente se ha cumplido ya el centenario desde que la terminó, que le llevó años y viajes. Mucho más conocido como pintor, fue Camilo José Cela quien en 1937, con ocasión de su ingreso en la Real Academia Española, centró su discurso en la obra literaria de Solana, texto que puede leerse en formato digital en la propia institución.

Cela consideró que la muerte y los muertos eran parte del temario de la España negra de Solana. Y lo dijo así:

El temario de Solana se abre, de golpe y como en abanico, igual que sus personajes se nos presentan, para mostrarse, de buenas a primeras, en viva y proteica panorámica. La muerte y la enfermedad, los toros y las procesiones, las riñas de gallos y los bailes de la gente del bronce, las barracas de feria y los cementerios, el carnaval y las tabernas del morapio y los pajaritos fritos, las romerías y los viajes en tercera, todo y aún más, cuece y borbotea en la olla literaria de Solana, empujándose y haciéndose sitio a codazos, como en las fotografías de las bodas de pueblo…

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Nada que nos pueda extrañar porque entre las catorce obras de misericordia que enseñaba el catecismo del padre Ripalda, que lo escribió en el siglo XVII, había dos dedicadas a los difuntos. Por eso, Lorca, consecuentemente, nos advertía que España es un "país de muerte, como país abierto a la muerte. En todos los países la muerte es un fin. Llega y se corren las cortinas. En España, no. En España se levantan. Muchas gentes viven allí entre muros hasta el día en que mueren y los sacan al sol. Un muerto en España está más vivo como muerto que en ningún sitio del mundo".

Esta tradición sigue viva. Como saben, en la España de nuestros días hay quienes centran su actividad en sacar a un muerto destacado, ya veremos si a más, de su tumba y ponerlo cara al sol antes que hacer el bien misericordioso a los vivos. La consecuencia es lorquiana. Hay muertos que están más vivos que nunca como muertos.

"Cristobitas" de carne y hueso

Lamentablemente, Solana dejó fuera de su visión negra a una gran parte de España. Galicia, Asturias, País Vasco, Cataluña, Valencia, Murcia, toda Andalucía, Canarias, Ceuta, Melilla y la mayor parte de Extremadura. Sólo trató, y no completamente, ambas Castillas y Santander. De todos modos, su panorámica fue potente, tanto a nivel pictórico como literario. Eso sí, como escribió Cela, "Solana se fabricó, a su imagen y semejanza, un mundo en el que vivir, otro en el que agonizar y aún otro, trágico y burlón, en el que morir". Es decir, se inventó una España guiñol de "cristobitas" de carne y hueso.

De hecho, Solana comenzó su libro con el Prólogo de un muerto, que escribió él mismo no sin penalidades porque reconoce que oía continuamente una voz escalofriante que le producía calambres y que le repetía que nunca vería publicado su España negra. Es más, ocurrentemente afirma:

Yo me he muerto, lector, creo que me he muerto; este libro quedará sin prólogo. Aquel maldito dolor de cabeza, aquel resonar de huesos, aquella distensión de los tendones que parecía arrancar la carne, tenía que terminar en tragedia, y así ha sucedido.

Inmediatamente después, Solana parece gozar con el relato de terror en que convierte su descripción de sí mismo como muerto. Las velas, la estrechez del ataúd, un pañuelo negro que le impedía chillar, el péndulo de un reloj, la cara gótica de una querida virgen primitiva y, entre otras cosas, la sorpresa porque nadie lo velara salvo una mosca.

Curiosamente, en esa época, no estaba bien visto lo de ser quemado. Es más, el muerto Solana cuenta que "de pronto el viento hizo que rodara un candelabro hasta mi caja; sentí el terrible pánico de ser quemado, quise gritar, pedir socorro, pero fue en vano; ni un grito salió de mi garganta…". Menos mal que cuando estaba a punto de ser enterrado curiosamente vivo, despertó de su sueño, se libró de ser hundido en el cementerio y tuvo tiempo de coger el tren para Santoña.

Lo siguiente de su España negra era, precisamente, un entierro en Santander, precisamente en noviembre. Esperando al finado, en el soportal de las Hermanitas de los Pobres estaban ya "los viejos de los entierros, que esperan cachazudamente acompañar a este muerto, como nos acompañarán a nosotros y como se acompañaron ellos, pues esta es su misión y para esto parece que han nacido. Son ancianos que… se hacen imprescindibles; todos llevan grandes hachones encendidos en las manos, y casi todos visten de negro con levitones y gabanes dejados por inservibles".

Parientes vestidos de negro, curas y un cantante

Y vengan parientes vestidos de negro, luego los curas y un cantante, un bajo, catedralicio vestido adivinen de qué color. Luego los viejos con velas y un estandarte negro. Incluso se ven unos barcos carboneros descargados por hombres con capuchas que parecen negros. Hasta los caracoles del mercado de pescado eran feos y negros como negro era el destino de las mujeres de mala vida de aquel Santander donde llevó a su madre a ver si mejoraba. Menos mal que lo siguiente era una feria si bien en ella se fijó en un coche de muerto blanco, para niño, "con cuatro ángeles en el techo, y diligencias llenas de barro, con los cristales empolvados…"

En la feria, en el Museo de cera, un gabinete "sensacional" y misterioso lleno de gente que parece muerta. Cadáveres hechos de cera, anota o una representación con los muertos de la explosión del Liceo de Barcelona, sí, la de la bomba terrorista de 1897 rodeados de personajes perturbadores como secuestradoras de niños. Y luego, los toros muertos de las corridas. Y para más inri, una procesión de los Sagrados Corazones en el Santander de mayo, oscura pero no tan negra y sin muertos.

Otra cosa era el presidio de Santoña, con sus retratos de criminales, y los demás encerramientos como el de los locos que saltaban, se meaban, se creían Dios, estaban cosidos a sillas de fuerza con correas o eran locos rabiosos. Y luego, de nuevo, asesinos, en el mismo edificio, peleando y diciéndose a navajazos "Cuéntate con los muertos". Y en la Feria, la calle llena de caballos muertos porque su plaza de toros no tenía desolladero. Y los niños mirando cómo colgaban sus lenguas.

Tras la romería de la Aparecida, ya no hay más muertos hasta Medina del Campo, donde los segadores tirados en el suelo de la estación de ferrocarril eso es lo que le parecen. Ya en el pueblo, la Audiencia con los desocupados hablando de política y en una puerta, los juicios señalados: "hurtos, disparos, lesiones, muertos en riña, estafas e injurias". Y en el Callejón del Infierno, tiendas con hierbas que curan y matan o purgan a las monjas. Y las mandrágoras envueltas en sudarios para duplicar el dinero.

Poco más allá una peluquería donde aplicaban sanguijuela y ventosas. Y en la plaza de toros, además de los toros y caballos muertos sin respeto alguno por parte de los pies de la gente pisando los despojos y un torero, rodeado de sus picadores, con su traje de luces iluminándole la muerte mientras la corrida seguía.

Luego, viaje a Valladolid, donde abundaban las gorras, pantalones y chaquetas militares que ya han cumplido el servicio Y cómo no, es Solana quien escribe, faroles de cementerio para el día de difuntos: "cuelgan de las paredes muchas coronas de muerto, negras, con pensamientos morados, y otras blancas, de niña, que aún conservan, atada a sus alambres, la pequeña llave dorada de sus ataúdes…"

Y luego, la imaginería de la muerte en su museo. Juan de Juni, con su Cristo melena de león muerto tendido sobre un sudario y junto a su San Bruno, que parece un patán cartujo, y venga entierro y una virgen atormentada acompañada de las otras Marías, la Salomé y la Magdalena.

En medio de la sala de León Leoni, un esqueleto "hecho de madera por Gaspar Becerra, que es lo mejor de todo lo que encierra el Museo de Valladolid; tiene todos los brazos llenos de agujeros como apolillados; de estos agujeros salían largos gusanos que se metían por otros que tiene en las caderas; por el costado le salen unos bultos blancos, que son las tripas; tiene envuelta su cintura en un sudario que le cae con gracia por encima del antebrazo; en su mano agarra una trompeta, un cuerno largo y retorcido…" Se parecía, dice, a otro esqueleto de la catedral de Salamanca, con el ataúd de pie junto a él y la frase Memento mori.

Hay descanso de muerte hasta Ávila donde en la Ermita del Cristo de las Embarazadas, junto a la pila del agua bendita, había pintado un reloj de sol donde las horas giraban en torno a una calavera. Y, vaya por Dios, en la Iglesia, un ataúd entre cuatro calaveras amarillas y con una cubierta de cinc de quita y pon por si los familiares quisieran ver al muerto por última vez. Y en el altar mayor un Cristo clavado, con descoyuntamiento y piernas tronchadas y sangrantes.

Por si fuera poco, estaba rodeado de exvotos como pechos de mujer, vientres hinchados, niños pequeños y cuadritos con escritos de mujeres embarazadas. Para rematar estas visiones, Solana cuenta que se sentó en una de las piedras que están junto a las murallas y "veo la ciudad cerrada y tapiada como apartada del mundo, como una inmensa sepultura".

En Oropesa, Toledo, una pesadilla:

De una calle asomaron unos encapuchados negros con cirios en las manos y unos gorros pirámides, tapada la cara con una máscara, que es un velo, donde se trasparentaba el gesto burlón y la risa. Unos frailes guarros, con barbas hasta la mitad del pecho y los brazos en alto, con unas manos descomunales, con los pescuezos peludos, como tienen los cerdos sus partes genitales, se bajaban las bragas por entre las piedras y escogían los sitios más hondos; pero los cabrones de ellos no se caían a los precipicios.

Pero hay más. En plena fiesta de bodas, Solana dice de los novios y la celebración que "esto en la vida es lo que se parece más a la muerte. Dos corazones que arden con una llama roja, juntos y unidos, rodeados de unas flores, una bolsa de dinero colocada en la casa de banca de un pueblo y dos ataúdes enlutados donde encerrarán a los hijos si los tienen, es el emblema de los casados". Jesús.

Luego camino de Lagartera, donde las mujeres son como hombres, pero con la falda bien corta, lagartos y serpientes por doquier y postes con papeles clavados anunciando recompensas por matar machos. Por eso alguno se presentaba en el pueblo con alguna víctima con la cabeza colgando de un palo tras haber sido muerta a pedradas o apaleada bajo una plaga inesperada de langostas.

Desde la plaza, que tenía una Posada antigua de amores, se trazaba la estrecha calle del cementerio por donde Solana vio llevar a un niño muerto en brazos, con el delantal y las botas puestas, para ser enterrado sin caja. "¡Cómo caería la tierra en su delantal, llenando sus bolsillos, los bolsillos que tanto estiman los chicos, cegando sus botas y tapando su cara!", se dolía.

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Luego, en Tembleque, todavía en Toledo, más muerte y más desprecio por unos monjes y monjas a los que trataba sin miramiento. Por ejemplo, en el convento de las monjas pasionistas, cuya fundadora tenía una cara "desagradable", defendió que su retrato era el de una muerta cuyo cadáver fue atado por el pintor a un clavo para que se mantuviera en pie. Menos mal, eso sí, que reparó en alguna monja guapa.

En Plasencia, ya en Cáceres, se fija en el hospital, en los enfermos con la pierna cortada y un brazo menos, con las vendas en el muñón y la cara amarilla, también en las violadas y muertas en las afueras. También en las cabezas muertas y disecadas de los toros que adornan las tabernas con los hocicos llenos de moscas.

Hay duendes en el castillo de Calatayud y crímenes recordados que ocurrieron bajo la mirada de reloj "tonto". Atiende Solana a la plaza donde se levantaba un tablado de maderas tristes y sobre él "tenazas, un martillo, los clavos y la corona de espinas, el látigo y las disciplinas y unos guantes de hierro para clavar la corona en las sienes al Redentor y no hacerse daño". Hasta la columna donde le azotaron. Por una escalera patibularia suben unos ensabanados para cerrar la caja mortuoria de Cristo.

Las mazas tocan a muerto

Se detiene en la ciudad. Hasta las niñas ricas llevan trajes negros en la procesión. Dos hombres vestidos de negro, con dos grandes mazas…tocan unas campanas, que resuenan en el silencio imponente de cementerio que hay en la plaza; dos encapuchados, con banderas moradas. Y los de las mazas tocan a muerto, y, en medio del mayor silencio, unos hombres de pueblo van encendiendo los cirios, y como hace aire, se arrodillan y los encienden debajo del paño del túmulo".

Y en la Iglesia de Santa María, una representación del asesinato de Los Inocentes. "En el suelo montones de niños de pecho muertos, unos encima de otros, descoloridos y con los ojos cerrados, como si fueran de cera", retrata. Y añade que un judío le abre el vientre a dentelladas a un niño, al que le come las manos y los pies, mientras una madre da de mamar al hijo muerto.

En la plaza de la Puebla, llegado a Zamora, ve "un modesto coche de muerto, blanco, con dos caballos negros con plumeros y gualdrapas blancas de galones amarillos". Va al hospital, cómo no, y luego a la Catedral, en Jueves Santo, donde el negro triunfa y se ven los sepulcros góticos de las capillas. "Da miedo y se siente la muerte muy de cerca en la frialdad de estos cuadrados bloques, en medio del mayor silencio".

Pero es su visión del osario el que genera escalofrío. "En el fondo de esta cueva se ve un montón de calaveras, tibias, rótulas, choquezuelas, pelvis sueltas y huesos sacros…También se ven algunas momias recostadas contra la pared…otras parecen reír, viendo el boquete abierto de su boca…Entre el montón de calaveras hay aceiteras rotas y latas de pimientos… ¿Cómo han llevado aquí a estos difuntos? ¿De quién serán estas calaveras?", se pregunta.

Acaba el viaje y en su epílogo, tras referirse a su cuadro La tertulia de Pombo, se dirige a otros cuadros suyos más antiguos: "Son procesiones de los pueblos encapuchados, cirios, escenas de pobres y hospitales, cuadros negros y tristes, y que a estas horas de la noche parecen serlo más". Su obra le parece pobre y para hacerla profunda y libre de bagatelas, se propone "llegar al mismo crimen si fuera preciso".

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En esos días, en que la colonización anglosajona arrincona los días de los Sanos y de los Difuntos resulta chocante que, en una nación como la española, donde el dolor y la muerte procesionan anualmente por las calles primaverales, donde la muerte está presente en la pintura y en la literatura de forma diríase que incluso alarmante y donde la discordia civil y política la han llamado a gritos demasiado de vez en cuando, lleguen ahora los forofos del Halloween o "jalogüín" a intentar doblegar a la tradición nacional, mucho más rica e intensa. Por un Día de Difuntos, ya saben, pasó a la posteridad el propio Larra, que luego quiso estar entre ellos.

En una de las partes de la España del Sur que Solana no visitó, en la fiesta de Todos los Santos, los "Tosantos" se les dice, se comen dulces típicos, fruta escarchada y frutos secos del tiempo, desde castañas asadas o crudas a nueces o almendras fritas o tostadas (si algún día pueden, pidan un plato de poleás en Cádiz o Jerez, hechas con humilde harina, pero de un sabor extraordinario que jamás olvidarán). Y al siguiente, se visita el cementerio, a poner flores en las tumbas familiares y recordar sus vidas.

Pero si se quiere abundar en una España negra ahí está la de Solana, Y con una España así, ¿quién necesita un jalogüín?

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