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“Vivir sin mentir”, el mensaje de Solzhenitsin

Solzhenitsin, además de explicar cuáles son los destrozos que el comunismo hace en el individuo y en la sociedad, mostraba una ventana por la que escapar a toda pretensión totalitaria: "vivir sin mentir".

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Con motivo del centenario del nacimiento del gran escritor y disidente ruso, Alexandre Solzhenitsin, el Instituto de Francia y la Sorbona de París han organizado unas jornadas que se han desarrollado en el mes de noviembre bajo el título "Alexandre Solzhenitsin: un escritor en lucha con su siglo". La conmemoración se extenderá a lo largo del mes de diciembre por diversas ciudades francesas.

Solzhenitsin nació y creció en el régimen implantado por el golpe de Estado de Lenin del 25 de octubre de 1917, siete meses después de la revolución de febrero. Educado por su madre en la fe cristiana, al llegar a la adolescencia, el marxismo-leninismo sustituyó la religión de su infancia. Sin embargo, ese amor por la revolución pronto se vería empañado por las dudas que los procesos de Stalin de los años 1930 sembraron en la conciencia del joven comunista.

En 1941, nada más graduarse en Historia y Matemáticas, Solzhenitsin se enroló en el Ejército soviético, en cuyas filas luchó contra los alemanes hasta que, en febrero de 1945, poco antes de la capitulación de Alemania y del fin de la guerra, fue detenido y trasladado a la prisión de Moscú. Acusado de haber expresado opiniones anti estalinistas fue condenado a ocho años de trabajos forzados y a un posterior destierro a perpetuidad. Una vez muerto Stalin, en 1956 sería rehabilitado.

En 1962, Kruschev, que deseaba en esos momentos dar a Occidente una imagen de alejamiento del régimen de Stalin, autorizó la publicación de la novela Un día en la vida de Iván Denísovich, en la que Solzhenitsin novelaba su experiencia en los campos de concentración. El éxito de la novela fue tal que Kruschev, asustado, detuvo su publicación e impidió que su autor recibiera el Premio Lenin de literatura para el que había sido propuesto.

Solzhenitsin fue expulsado de la Unión de Escritores Soviéticos en 1969 por haber denunciado la censura de sus libros. Un año después recaería sobre él el Premio Nobel de Literatura, galardón que no acudió a recoger por miedo a que los dirigentes soviéticos, a su regreso, le impidieran la entrada en el país.

El 30 de diciembre de 1972 se publicó en París la primera parte de "El Archipiélago Gulag". En pleno revuelo por la publicación de esta crítica feroz del régimen bolchevique, Solzhenitsin publicaba una "Carta abierta a los dirigentes soviéticos" en la que les pedía que abandonaran la ideología mortal del marxismo-leninismo. El escándalo fue tan grande que el politburó, tras una dubitativa deliberación, decretó su expulsión del país y la pérdida de la ciudadanía soviética. El 12 de febrero de 1974 Solzhenitsin, por segunda vez en su vida, será conducido a la Lubianka y, desde allí, junto a su mujer y sus tres hijos, deportado a la entonces República Federal de Alemania. En octubre de 1976, la familia se traslada a Estados Unidos y fija su residencia en Vermont. Solzhenitsin no volverá a Rusia hasta 1994.

En 1978 Solzhenitsin fue invitado a dar una conferencia en la Universidad de Harvard. El público, que había acudido a escuchar de boca del autor del Archipiélago Gulag los horrores cometidos en la Rusia bolchevique, se encontró con un discurso sobre el declive de Occidente y una crítica feroz a la falta de convicciones, al desprestigio del valor y al relativismo del mundo occidental. Muchos izquierdistas occidentales nunca se lo iban a perdonar.

El hecho de que el primer tomo del Archipiélago Gulag viera la luz por primera vez en París, hace que Francia se considere en deuda con el hombre que escribió, no solo para denunciar el régimen comunista, sino también para alertar a Occidente de que el comunismo no es algo específicamente ruso, como "el ballet Borzoi", sino una "ideología dañina ante la que ningún país es inmune", y que, por tanto, en cualquier rincón del mundo, el hombre puede un día verse reducido a "la pérdida de la conciencia y a la completa sumisión", propias de los regímenes comunistas.

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La editorial Fayard, en espera de una edición completa de la extensa obra sobre la revolución rusa, "La Rueda roja", a la que Solzhenitsin dedicó gran parte de su vida, ha editado un compendio de tres ensayos del disidente ruso bajo el título "Revolución y mentira" ("Révolution et mensonge").

En este momento de confusión política e ideológica que vive Occidente, los temas de estos tres ensayos, escritos antes de la caída del muro: el valor de la verdad, la revolución de febrero y las similitudes entre la revolución francesa de 1793 y la rusa de 1917; así como la propia figura del gran "disidente espiritual" que fue Solzhenitsin, cobran un interés especial.

El primero de estos ensayos, "Vivir sin mentir", está fechado el 12 de febrero de 1974, cuarenta días después de la publicación en Francia de "El Archipiélago Gulag" y el mismo día en que su autor fue detenido y expulsado del país. En él, Solzhenitsin explica cómo combatir el totalitarismo sin otro instrumento que la verdad. Y si no se es capaz de decir la verdad, porque uno sabe que eso le llevaría directamente a la prisión, al menos se debe evitar que nuestros labios pronuncien mentira alguna.

La revolución, añade el disidente comunista, se mantiene con la mentira. "Ellos", los dirigentes totalitarios, exigen que nos incorporemos a su mundo de falsedades, e incluso que defendamos con entusiasmo sus mentiras. Y solo temen una cosa: que no lo hagamos. Pues, "cuando el hombre vuelve la espalda a la mentira, esta deja inmediatamente de existir".

"Esa es la clave de nuestra liberación: el rechazo a participar personalmente en la gran mentira". Por eso, habría que salir a las plazas a decir bien alto lo que decimos en "susurros", pero si esto resulta demasiado peligroso, "si no nos atrevemos a decir lo que pensamos, que al menos no digamos lo que no pensamos".

No creo haber leído nunca una apología de la verdad más convincente que esta que hizo el escritor ruso la víspera de ser expulsado para siempre de su querido país.

Los otros dos ensayos del libro "Revolución y mentira" fueron escritos entre 1980 y 1983 y forman parte de "La Rueda roja". En el primero de ellos, "Lecciones de Febrero", Solzhenitsin se pregunta cómo llegó a producirse una revolución, la de febrero de 1917, cuando ni los revolucionarios ni la oposición estaban preparados para ella.

El asesinato de Rasputín, la debilidad de Nicolás II, la desidia de la aristocracia, el abandono de la Armada y de la propia Iglesia, la inoperancia, en fin, de un gobierno que "esperaba siempre que todo se arreglara solo", hicieron que la monarquía rusa cayera en tan solo tres días.

"Todas las órdenes y decisiones tomadas por el Zar en esos días estuvieron influidas por su amor a la paz, cualidad loable para un cristiano pero fatal para el dirigente de un gran imperio. De ahí la extrema facilidad con la que la revolución no sangrienta de febrero triunfó. (…) ¡Qué caro nos costaron esa facilidad y ese amor por la paz!".

En el último de estos ensayos, "Dos revoluciones, la francesa y la rusa", Solzhenitsin establece las similitudes y las diferencias que percibía entre la revolución rusa de 1917 y la francesa de 1789. Un tema que siempre ha interesado a los estudiosos de los movimientos revolucionarios. Y es que, el hecho de que estas dos revoluciones estuvieran separadas en el tiempo por más de un siglo y que se produjeran en marcos históricos totalmente distintos, hace que las semejanzas señaladas por Solzhenitsin tengan especial interés a la hora de detectar y prevenir nuevos intentos revolucionarios.

En los años anteriores al estallido de estas dos revoluciones, la intelectualidad no cesó de culpar al gobierno de las necesidades no satisfechas del pueblo. Por otra parte, en ambos casos, cuando aún era tiempo de parar la revolución, los partidos centristas y de derechas miraron con repugnancia a los que se situaban más a la derecha de ellos y rehusaron sistemáticamente su ayuda.

Ambas revoluciones tuvieron un grupo moderado (los girondinos en un caso, y los kadetes en el otro) y un grupo terrorista (los jacobinos en una, y los bolcheviques en la otra). Y en ambas, a partir de cierto momento, la revolución se escoró hacia la izquierda y acabó por imponerse el Terror.

En las dos revoluciones se cambió el calendario, se persiguió a la Iglesia, se demonizó a los cristianos y se prohibió tocar las campanas de las iglesias. Pero, sobre todo, en ambas, se instrumentó la mentira como arma revolucionaria.

Solzhenitsin no es uno más de los disidentes comunistas. Su personaje y su obra van más allá de la denuncia de los crímenes de Stalin. Nunca cesó de preguntarse cómo pudo triunfar el comunismo en Rusia y cómo podían los occidentales ser tan ciegos a la hora de juzgar una ideología tan peligrosa y dañina como el marxismo-leninismo.

Pero Solzhenitsin, además de explicar cómo pueden llegar las revoluciones y cuáles son los destrozos que el comunismo hace en el individuo y en la sociedad, mostraba una ventana por la que escapar a toda pretensión totalitaria: "vivir sin mentir".

Esta es, para mí, la gran enseñanza de Solzhenitsin: ante cualquier intento de carácter totalitario y, como nos enseñó Orwell, la imposición de lo políticamente correcto lo es, no participes jamás de la mentira, y si no te atreves a decir la verdad, al menos no digas nunca lo que no piensas.

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