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1939: Barcelona no fue Madrid

La última gran operación militar de la guerra civil fue la Campaña de Cataluña. A diferencia de en Madrid, en Barcelona no hubo resistencia.

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Ciudadanos barceloneses celebran la entrada de las tropas sublevadas el 27 de enero de 1939. | Archivo

La última gran operación militar de la guerra civil fue la Campaña de Cataluña, que en mes y medio condujo a las tropas nacionales desde sus posiciones en los ríos Ebro y Segre hasta el Mediterráneo y la frontera con Francia. Como hicieron los jerarcas del Frente Popular, en Madrid en noviembre de 1936, el Gobierno republicano y la Generalitat abandonaron Barcelona, pero en la ciudad catalana, a diferencia de la castellana, no hubo resistencia.

La última ofensiva militar del Frente Popular fue la Batalla del Ebro, librada entre julio y noviembre de 1938. En ella, las tropas del general Vicente Rojo fueron destrozadas por las del generalísimo Franco, más en el aspecto moral que en el material.

El Gobierno de Juan Negrín (PSOE), instalado en Barcelona, llamó en otoño a las quintas de 1922, 1923 y 1924; también sacó hombres de las cárceles y 'emboscados' de los desmedidos servicios burocráticos estatales y autonómicos. El Grupo de Ejércitos de la Región oriental (GERO), mandado por Hernández Saravia, y con Rojo por encima, tenía, sobre el papel unos 300.000 soldados, más que los nacionales, que alineaban unos 250.000. Pero la diferencia era cualitativa. Manuel Tagüeña reconoce que los nuevos reclutas carecían de moral de combate. También se habían levantado seis líneas de fortificaciones que se extendían desde el Ebro hasta Figueras. La diferencia de aviación era de 5 a 3 aviones a favor de los nacionales.

Franco ordena respeto a los catalanes

Después de unas semanas de indecisión en que la mayoría de sus generales y muchos civiles proponían volver a atacar Madrid o incluso tomar Valencia, Franco, con la ayuda de Jorge Vigón, impuso una ofensiva contra Barcelona. La primera fecha para iniciar la Campaña de Cataluña fue el 10 de diciembre, pero se aplazó casi dos semanas por las lluvias.

Ese mismo día 10, Franco en una instrucción reservada a sus generales repitió sus órdenes sobre el respeto a la población civil que había dado en abril de 1938, después de la conquista de Lérida. Se debía

ahorrar a las poblaciones toda vejación, que inútilmente se añada a los dolores que la guerra lleva consigo. Vamos a la zona insumisa en misión de paz, de justicia y de protección… Hay en ella una enorme masa de población que espera ansiosa nuestra presencia y sería lamentable hacerla sentir vejaciones y hasta molestias inútiles… Sería injusto considerar a la región catalana en bloque como enemiga de España, confundiendo los sentimientos naturales de esta comarca con la deformación que ha sufrido su espíritu a consecuencia de la larga acción disolvente a que libre e impunemente la ha sometido una política falta de fe y de patriotismo.

El 23 de diciembre de 1938 seis cuerpos de ejército, mandados por los generales Solchaga, Yagüe, Moscardó, García Valiño, Muñoz Grandes y Gambara (italiano), atacaron de manera coordinada desde los Pirineos al Ebro. Ese mismo día, los nacionales rompieron las líneas por diversos puntos del frente.

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La batalla, subraya el militar e historiador Ramón Salas Larrazábal, se decidió en los doce primeros días, cuando los atacantes rompieron las defensas en Borjas Blancas y Artesa de Segre. Después siguió una persecución frenada por la prudencia, el terreno y la orden de Franco de causar los menores daños.

El Tercio de Montserrat, en Extremadura

A fin de retrasar la ofensiva, Rojo trató de aplicar su Plan P, siempre aplazado por los políticos, y que consistía en un ataque en Extremadura, en el punto de unión más delgado de la zona nacional, entre su territorio de Andalucía y el de Extremadura. El plan incluía un desembarco anfibio en Motril, ya que la República mantenía la cercana base naval de Cartagena. El general Miaja, jefe del Grupo de Ejércitos de la Región Central, se opuso a la ejecución y convenció al almirante Buiza: no hubo desembarco y la ofensiva terrestre, que comenzó la víspera de Reyes Magos, se redujo a un ataque limitado en el sector de Peñarroya (Córdoba).

Aunque al principio las tropas republicanas hicieron retroceder a los generales Queipo de Llano y García Escámez, no cumplió su objetivo. Franco, como había hecho en otras ofensivas como Brunete y Belchite, no frenó su avance. Entre las pocas unidades de refuerzo que mandó estaba el Tercio de Nuestra Señora de Montserrat, formado por requetés catalanes y diezmado en el verano en la toma de la posición Targa, durante la Batalla del Ebro. La absurda batalla, en la que los muertos republicanos triplicaron los nacionales, se prolongó todo enero.

El 15 de enero, el Cuerpo de Ejército Marroquí entró en Reus y Tarragona. Barcelona quedaba a 100 kilómetros.

El último consejo de ministros de Negrín en Barcelona se celebró el 22 de enero. En él, se aprobó la tardía declaración de ‘estado de guerra’. Al día siguiente, las autoridades civiles y militares y la guarnición huyeron de la ciudad mientras incitaban a la resistencia. Entonces, Barcelona, como Bilbao y San Sebastián, estuvo a punto de ser destruida por las bandas de anarquistas.

El 25 algunos soldados catalanes se deslizaron dentro la ciudad inerme para saludar a sus familiares y volver luego a sus líneas. El 26, entraron las tropas de Yagüe sin disparar un solo tiro. La recepción a los vencedores fue entusiástica. Las mujeres abrazaban a los marroquíes, los legionarios y los italianos. Se elaboraron cientos de banderas rojigualdas con senyeras.

La persecución de los derrotados corrió a cargo de los Cuerpos de Ejército de Urgel, Navarra, Aragón y CTV (italiano). El 4 de febrero, se liberó Gerona, igual que las otras ciudades catalanas, sin combate. El 7 de febrero la mayor parte del Gobierno cruzó la frontera. Negrín lo hizo el 8. Los franquistas ocuparon Figueras, en cuyo castillo unos días antes se había celebrado la última sesión de las Cortes del Frente Popular.

Docenas de miles de civiles azuzados por una propaganda miserable acompañaron a sus desprestigiados líderes en la carrera a Francia. Muchísimos de ellos regresaron luego. Según José Manuel Martínez Bande (La Campaña de Cataluña), entre el 1 y el 19 de febrero entraron en España por Irún unas 67.000 personas, entre militares y civiles.

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Las últimas matanzas

En los primeros días de febrero, con la guerra perdida, los izquierdistas tuvieron tiempo de detener su patética huida para asesinar a docenas de prisioneros en matanzas como las del santuario de Santa María del Collell, en la que sobrevivió el poeta y falangista Rafael Sánchez Mazas, y la de Pont de Molins, donde cayeron el coronel Rey d’Harcourt y el obispo Anselmo de Polanco, que habían sido apresados en la batalla Teruel. La Generalitat de Lluís Companys dejaba tras de sí en torno a 8.400 asesinados en chekas, paredones y campos de concentración.

El 9 de febrero se rindió, también sin combate, Menorca, después de unas negociaciones entre Fernando Sartorius y Díaz de Mendoza, conde de San Luis, jefe de la Región Aérea de Baleares y los jefes militares nombrados por el Frente Popular, Luis González de Ubieta y Baudilio Sanmartín García, con intervención británica. La cúpula republicana y sus familias pudieron abandonar la isla en un buque de guerra inglés.

Esta rendición ‘entre caballeros’ fue un aliciente para el general Miaja, el coronel Casado, los socialistas Besteiro y Carrillo y el anarquista Cipriano Mera se sublevaran en marzo siguiente contra Negrín y los comunistas cuando éstos se empeñaron en seguir resistiendo hasta la guerra europea.

La Campaña de Cataluña concluyó oficialmente el 10 de febrero, cuando las tropas franquistas llegaron a la Junquera y sellaron la frontera. En seguida comenzó la reconstrucción, con la reanudación del suministro de electricidad y alimentos. El 21 se celebró en Barcelona un enorme desfile de los soldados vencedores por la Avenida de la Diagonal (rebautizada con el nombre de Avenida del Caudillo) y el Paseo de Gracia. 80.000 militares participaron en él, según La Vanguardia, convertida en ‘Diario al servicio de España y del Generalísimo Franco’.

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