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El 'páter' Huidobro y la mentira histórica

El autor desmiente a Preston y a Raguer sobre el supuesto asesinato en 1937 del capellán de la IV Bandera de la Legión por uno de sus soldados.

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El páter Fernando Huidobro | Archivo

Recuerdo un recorte de prensa que conservaba mi padre entre sus papeles. Era una fotografía suya en la inauguración en 1975 del monumento al páter Fernando Huidobro Polanco S.J. en la Cuesta de las Perdices, en la autovía de La Coruña. Sacerdote jesuita, había muerto el 11 de abril de 1937, con 34 años, en un chalet de las inmediaciones convertido en puesto de socorro, al ser alcanzado por un proyectil de artillería mientras asistía a unos heridos como capellán de la IV Bandera de la Legión.

Mi padre había asistido al acto por su parentesco con Huidobro, primo hermano de su madre. En su biblioteca conservaba su fotografía con uniforme legionario, con el crucifijo al pecho, que siempre me chocó por el contraste: un sacerdote enclenque y paliducho, con aire de sabio despistado, embutido en el uniforme de un cuerpo militar duro y aguerrido.

Nacido en 1903 en el seno de una familia montañesa, Huidobro tuvo que exiliarse en 1932 después de la expulsión de los jesuitas por el gobierno de Azaña. Cuando estalla la guerra en España, pide permiso a sus superiores para regresar. Su primera intención es ingresar en la Cruz Roja, pero finalmente, en septiembre de 1936, se une a las fuerzas del general Yagüe como capellán de la Legión.

Asiste a los legionarios en los cruentos combates de la Casa de Campo en noviembre de 1936, donde es herido en una pierna. Ya reestablecido, es destinado con su unidad a los frentes del Jarama, Ciudad Universitaria y Hospital Clínico, auxiliando a los legionarios en los puestos de mayor peligro e incluso rescatando en tierra de nadie a soldados republicanos heridos. Su valor, entrega y sencillez le hicieron ser muy querido entre los legionarios.

Sus esfuerzos por humanizar la contienda hacen del padre Huidobro un ejemplo en medio de la barbarie de la Guerra Civil, ya que fueron pocos los que se atrevieron a denunciar en pleno conflicto las brutalidades de su propio bando. Conocidos son sus escritos de 1936 contra los crímenes de las tropas franquistas dirigidos al propio general Franco y a mandos como Yagüe o Varela, bajo el título "Sobre la aplicación de la pena de muerte en las actuales circunstancias. Normas de conciencia".

En ellos denunciaba como "asesinatos, no actos de justicia" las ejecuciones a sangre fría de los prisioneros. "No se incurre –afirmaba también­– en la responsabilidad necesaria para merecer la pena de muerte por el mero hecho de estar afiliado a la CNT o a la UGT; ni aún por tomar un fusil para defender ideales, equivocados, pero sinceramente tenidos por lo mejor para la sociedad".

El capellán de la IV Bandera sigue siendo un figura devotamente admirada entre los legionarios, ya sean antiguos o en activo. Sus restos descansan en la iglesia de los jesuitas de la calle Serrano de Madrid. Desde 1947 se encuentra abierta su causa de beatificación, y son precisamente las especulaciones sobre la situación de este proceso en Roma, difundidas por Paul Preston en su libro El holocausto español, las que han motivado estas líneas.

El origen de estas especulaciones está en el padre Hilari Raguer, historiador y benedictino de Montserrat, quien reveló a Preston que, según los archivos de la Compañía de Jesús sobre la causa de beatificación, un testimonio afirmó que el padre Huidobro fue asesinado por la espalda por un legionario que se sintió amenazado por sus denuncias. Según Preston, esta revelación motivó que el proceso se paralizara, aunque no aclara por qué razón, ya que ser asesinado a sangre fría por denunciar los crímenes de su bando le confirmaría como mártir en cualquier caso.

A mi admirado Fernando García de Cortázar, jesuita e historiador, debo el favor de ponerme en contacto con el Postulador General de la Compañía de Jesús en Roma, el padre Pascual Cebollada S.J., para confirmar o desmentir la versión de Preston y Raguer.

La respuesta del Postulador General de la Compañía de Jesús, que me ha autorizado a publicar, no deja lugar a dudas:

He leído los relatos de los testigos. Declaran con unanimidad que muere instantáneamente por las heridas de un proyectil de un cañón enemigo que le destroza el cráneo mientras atendía a uno de los heridos. Por lo tanto, no puedo confirmar esta teoría que yo también había escuchado de Preston y, ahora, de Raguer.

La causa se "adormeció" o se paró (ahora mismo no tiene nombrado ningún vice-postulador en Madrid) porque se asoció a Fernando Huidobro a otros mártires de la guerra y de la persecución religiosa en España antes de la guerra.

Asociar a Huidobro al resto de mártires tenía dos errores. En primer lugar, su caso no es de martirio. En segundo, sabemos que el P. Huidobro se ofreció a su Provincial desde Friburgo, cuando estalló la guerra, a estar con sus compatriotas donde hiciera falta, en un sitio u otro. Y fue enviado junto a la Legión.

Las últimas noticias que se encuentran entre nuestra documentación del parón de la causa son de los años 80. Desde entonces conservamos muy pocas cartas llegadas a Roma que pidan su continuación. Y tampoco en su tumba en nuestra iglesia de la calle Serrano hay mucha devoción. Esta es la condición imprescindible para retomar una causa. Una causa que no está cerrada, pero que requiere de esta devoción para poder ser reactivada.

El testimonio de Cebollada desmiente de un plumazo la versión de Raguer sobre la muerte del jesuita y legionario Huidobro. Creo haber sido transparente a la hora de revelar mi fuente. Le corresponde a Raguer mostrar cuál era la suya. Porque la mentira histórica puede tener las patas muy cortas, pero desgraciadamente su huella puede perdurar lustros.

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