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Hernán Cortés, empresario de éxito

A los conquistadores les movía la fama, la fundación de un linaje, el amasado de una fortuna y la difusión del catolicismo.

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Retrato de Hernán Cortes | Wikipedia

Hernán Cortés fue militar, caudillo, colonizador, jurista, orador, cronista, diplomático, urbanista, gobernante… Y también empresario. Solo quienes sueñan con un puesto de funcionario estilo La Cordorniz o los protestantes que consideran que el trabajo duro es signo de predestinación pueden contemplar la vida como un dolce far niente, sea para envidiarla o para considerarla un castigo divino.

Cortés perdió su primera fortuna arrebatada por los miembros de la Audiencia, mientras él estaba en Honduras (1524-1526). El emperador Carlos le reclamó en España, donde le concedió 23.000 vasallos y el marquesado del Valle de Oaxaca. En 1530 regresó a la Nueva España, con su esposa, y allí reconstruyó su patrimonio por segunda vez.

El tópico que se inculca en los colegiales españoles por medio del cine, de la novela y del canon académico sostiene que los conquistadores solo buscaban en las Indias oro y replicar el modo de vida rentista de los grandes aristócratas en España. La verdad es que la personalidad de los españoles de entonces era mucho más rica, en contraste con la que podemos apreciar en los protagonistas de programas infames como Gran Hermano y First Dates.

A los conquistadores les movía la fama, que suponía honra y nombre para los siglos venideros, la adquisición de un nuevo estatus, la fundación de un linaje, el amasado de una fortuna y la difusión del catolicismo. Si no se hubieran sentido guerreros de Cristo, no habrían erradicado las bárbaras religiones locales ni edificado conventos.

Cortés, creado marqués del Valle de Oaxaca por el emperador, y emparentado con los poderosos del reino por su matrimonio con Juana Ramírez de Arellano y Zúñiga, tuvo tiempo de dedicarse a engrandecer su hacienda, a la vez que a realizar expediciones al sur (Honduras) y al Norte (donde descubrió California y el Mar de Cortés) y reivindicar su nombre en la corte.

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En la ciudad de México era dueño de los locales de la principal calle comercial, donde, según Bartolomé Benassar, disponía de más de 50 casas, talleres y almacenes, que le rentaban al año unos 3.000 castellanos, lo que indica el pronto crecimiento económico de la Nueva España.

Planeó la introducción de nuevos cultivos, y para ello solicitó a Carlos V que ordenase a la Casa de Contratación que los navíos trajesen plantas en todos los viajes; él mismo plantó trigo y lo hizo de forma tan abundante que el precio del pan bajó. Por su experiencia en Cuba, llevó el cultivo de la caña de azúcar a sus tierras "con la mente puesta en la exportación", según su biógrafo Juan Miralles. Construyó molinos de harina y de azúcar. También trató de cultivar especias.

Propietario inmobiliario, plantador… y ganadero. En 1526 escribió a su padre en España para que le buscase "dos docenas de carneros de lana merina muy fina de la mejor casta que se pudiera haber" y se le mandasen en cuanto estuvieran domesticados. Igualmente, llevó a México cabras. En una de sus relaciones a Carlos V se quejó de que los oficiales reales de La Española habían prohibido la exportación de yeguas a la Nueva España, con lo que se impedía el crecimiento de esta cabaña.

Desde su hacienda de Cuernavaca, suministraba a la creciente población de la ciudad de México carne, harina, fruta, vino, maíz y forraje.

Su afán empresarial no se detuvo aquí: explotó minas de oro, plata y cobre en sus tierras y, fuera de éstas, compraba los derechos a los titulares. Así, disponía de minas en Michoacán, Tehuantepec, Sultepec y Taxco.

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El tamaño de su patrimonio y la cuantía de sus rentas eran tan grandes que con ellos Cortés pagó expediciones, bergantines, abogados, regalos para el emperador, las fiestas por la paz entre España y Francia en 1538 y un impresionante tren de vida en su segundo viaje a España, que duró desde 1540 hasta su muerte en 1547.

Por ello, concluye, Benassar, "el conquistador mostró grandes cualidades de empresario y de hombre de negocios" y Miralles escribe que "se asemeja a un mercader florentino del Renacimiento".

Los españoles no tuvieron que recibir lecciones sobre comerciar ni de los judíos, ni de los ingleses ni de los holandeses.

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