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Stanley G. Payne desmitifica el relato republicano de la Guerra Civil en su nuevo libro

El hispanista profundiza en la historia de la Guerra Civil con su nuevo libro: La Revolución española 1936-1939

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Stanley G. Payne | David Alonso Rincón

Todavía con los restos de Franco pululando por las conversaciones que resuenan en casi todos los bares del país, el hispanista Stanley G. Payne (Texas, 1934) ha vuelto a profundizar en la historia de la Guerra Civil y ha publicado un nuevo libro, titulado La revolución española 1936-1939 (Espasa), que trata de derribar uno de los "mitos más falseados de la historia contemporánea": el que dice que el conflicto fratricida español fue exclusivamente una lucha entre un sector fascista y autoritario que se levantó en armas contra un gobierno perfectamente democrático y legítimo. Por motivos de salud, Payne no ha podido viajar a España para atender a los medios, pero contesta al teléfono enseguida, con palpable cordialidad.

PREGUNTA: ¿Se ha olvidado en España la Revolución de 1936?

RESPUESTA: Bueno, la verdad es que ha sido siempre un proceso completamente camuflado. Ya durante la revolución misma los propios revolucionarios se dieron cuenta de que darse publicidad podría ser contraproducente a la hora de conseguir apoyo internacional en la Guerra Civil. Necesitaban hacer pasar su lucha como la defensa de la democracia, y por eso la disfrazaron. La Revolución española fue la revolución que no se atrevía a utilizar su nombre.

P: En su libro dedica varios capítulos a hablar de la responsabilidad de los gobiernos republicanos en el estallido de la guerra. ¿Cree que la percepción actual de la gente sobre cómo se llegó al conflicto contradice esta postura?

R: Claro, la idea de que los sublevados se levantaron contra un régimen perfectamente democrático es una mitificación persistente. Pero es que lo que existe en el siglo XXI no es la historia de España, sino simplemente la repetición de la propaganda republicana durante la Guerra Civil. Se dice que España era una democracia consolidada; que a lo mejor no era la democracia más idílica, pero que era una democracia al fin y al cabo… y de esa manera se sostiene que los sublevados se levantaron porque no quisieron aceptar una serie de reformas de izquierdas. Es una falsificación total. Se trata del último de los grandes mitos políticos de Europa de la primera mitad del siglo XX. Y persiste porque ha llegado a ser fundamental en el discurso de las nuevas políticas de la izquierda española en el siglo XXI. Es una propaganda vital para ellas, porque realmente no tienen un programa tan convincente como el que tenían las viejas izquierdas del siglo XX: el antiguo socialismo y el comunismo son cosas que ya no funcionan; pero lo que sí que funciona es la nueva religión occidental de la corrección política, que lo que hace es ponerse siempre del lado de las víctimas. En ese sentido la izquierda española busca desesperadamente utilizar un relato de la historia que la permita pasar por víctima, y a sus enemigos por victimarios. El franquismo, por tanto, les viene genial. Las nuevas izquierdas españolas son muy diferentes a las de la democracia social de Felipe González...

P: A mí me sucede una cosa cuando intento adentrarme en la historia de la Guerra Civil, y es que siempre tengo la sensación de que prácticamente todos los relatos que leo están viciados, tanto por un lado como por otro. La derecha siempre va a decir que la izquierda quiere tergiversar la historia, y la izquierda, por otro lado, que la derecha no sabe reconocer sus errores y asumir sus crímenes…

R: Sí, eso pasa. Absolutamente… Es una cuestión de bandos, que acaban funcionando como espejos. Son la misma cosa, pero puesta al revés.

P: Lo digo también porque en su libro hace mucho hincapié en esa izquierda radicalizada y violenta, pero pasa de puntillas por la violencia de la derecha… ¿Dónde estaba esa derecha radicalizada?

R: Claro que existía una derecha agresiva, compuesta básicamente por dos grupos: la Falange y los monárquicos. Lo que pasa es que ambos eran muy débiles y no tenían capacidad para influir en los asuntos políticos. Es verdad que, sobre todo los falangistas, participaron en la violencia política. Sin embargo es necesario señalar que en 1933 y 1934 prácticamente toda la violencia llegó por parte de la izquierda, y no fue hasta 1936 cuando surgió con más fuerza la violencia ‘antiizquierdista’, que fue aún peor, porque multiplicó el número de víctimas. Todo eso, además, funcionaba al nivel de la lucha callejera, de algún atentado individual… No tenían la capacidad para influir directamente en el curso de la vida política nacional; ni los falangistas ni los monárquicos tenían la fuerza suficiente para provocar una guerra civil. Los únicos que podían provocarla, en realidad, eran los militares, y a diferencia de lo que se cree, el ejército en esos momentos estaba muy dividido —del mismo modo que el resto de españoles—. Gran parte de los militares eran, hasta cierto punto, más o menos liberales en cuanto a sus actitudes y valores políticos. No es cierto que fueran todos unos ultraderechistas. Algunos lo eran, pero no la mayoría. En términos generales existía una gran división en la derecha, y los grupos más radicales no tenían fuerza suficiente para influir en la vida política.

P: En su libro también dice que la derecha en aquellos momentos demostró una mayor conciencia democrática y constitucionalista que la izquierda. Menciona que fue el PSOE el que no pudo aceptar haber perdido las elecciones, y el que protagonizó el mayor levantamiento de la era republicana en 1934, sin contar evidentemente con el que propició la guerra dos años después.

R: No es tanto una cuestión de democracia como de constitucionalismo, de respetar la ley. La derecha moderada siempre respetó la ley, no participó de la violencia política, y nunca se rebeló contra el Gobierno. Siempre aceptó el orden constitucional. Esa fue la diferencia fundamental entre los dos grupos: unos acataron la ley en todo momento y otros no.

P: Pero Gil-Robles cargó contra la Constitución, ¿no?

R: Gil-Robles fue un personaje algo ambiguo políticamente. Su partido, la CEDA, era una facción bastante fuerte a nivel de representación, y estaba formada por gente muy derechista que no quería aceptar la república laica. Consideraban, en ese sentido, que la Constitución de 1931 era inaceptable. De hecho la CEDA ni siquiera se consideraba un partido republicano, a secas, hasta que se reformase la Constitución. Pero de todas formas el programa de Gil-Robles y de su partido tenía como punto principal respetar la ley, actuar siempre dentro del marco legal y no ejercer nunca la violencia política. Y cumplieron siempre este objetivo. Después, como segundo punto, buscaban la reforma de la Constitución, y en concreto del artículo 26, que era el que trataba las relaciones con la Iglesia. Ese punto concreto, que ellos consideraban fundamental, nunca pudieron llevarlo a cabo porque nunca gozaron de los apoyos suficientes, así que esa reforma se quedó siempre en el aire. Calificar, como se le ha calificado alguna vez, a Gil-Robles de fascista por querer reformar la Constitución es bastante exagerado… Pablo Iglesias y Podemos también quieren ahora reformarla, y eso que la del 78 es una Constitución más democrática que la del 31. ¿Son ellos fascistas? Es absurdo. Todo se trata de una propaganda política.

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El líder de la CEDA, José María Gil-Robles

P: Hablando de la Constitución de 1931, usted sostiene que fue redactada con una clara pretensión de favorecer a los partidos de izquierdas a la hora de formar gobiernos.

R: La mejor definición de la Segunda República española fue la de Javier Tusell, que la definió como una "democracia poco democrática". La Constitución de 1931 fue la obra de una especie de convención, producto de lo que se conoce en politología como elecciones revolucionarias: de cambio de régimen. Fueron unas elecciones en las que, por la novedad de la situación política, participaron principalmente las izquierdas. Las Cortes del año 31 fueron desproporcionadamente izquierdistas, y por eso la redacción de la Constitución expresó las condiciones de esa izquierda. Se estableció entonces una ley electoral muy desproporcional, ideada para poder mantener siempre el poder político básico para las izquierdas. Pretendían hacer de la Segunda República una república progresista, en la que la derecha jamás tendría voz para las cuestiones importantes.

P: ¿Pero en qué consistía esa ley electoral?

R: Era una ley muy desproporcional, que buscaba sacar mayorías de las listas minoritarias… La idea de la izquierda moderada de Azaña era crear una alianza constante con la izquierda más radical, para garantizarse al menos siempre el cuarenta por ciento de los votos, y para conseguir de esa manera una mayoría aplastante en las Cortes. El problema fue que luego, en las elecciones de 1933, surgió una profunda escisión entre esos dos sectores principales de la izquierda. Fue entonces cuando la combinación del centro con la derecha moderada ganó las elecciones, y así las izquierdas perdieron totalmente el control de la situación. Cuando la derecha moderada entró en el Gobierno en 1934 se desencadenó la insurrección revolucionaria.

P: El bienio radical-cedista, sin embargo, fue comúnmente conocido durante mucho tiempo como el bienio negro…

R: Ese es un término propagandístico. Fue un término utilizado por la izquierda para las elecciones de 1936. Es una cosa un tanto mítica que ha pasado a la historia, pero es bastante inexacta. Durante ese bienio existieron básicamente dos gobiernos diferentes: El gobierno centrista de los radicales en 1934 y el gobierno de centro-derecha de cedistas y radicales de finales del 34 y de 1935. El primero fue un gobierno moderado que no deshizo ninguna reforma, sino que administró de una manera… no digo totalmente imparcial, pero de todas formas de una manera moderada. Aceptó las reformas del primer bienio y trató de conseguir un nuevo equilibrio. Después, con la insurrección revolucionaria de octubre del 34, llegó el gobierno contrarrevolucionario. Ese segundo gobierno sí fue mucho más derechista, y sí que comenzó a deshacer algunas de las reformas. Mantuvo la ley y la Constitución en su mayor parte, pero con bastante presión por parte de los revolucionarios… Fue algo totalmente inevitable después de una insurrección violenta de tanto alcance. Es algo que ha sucedido en todos los países europeos en tales situaciones. Es en ese sentido en el que se entiende que las izquierdas tildaran ese segundo gobierno como un gobierno negro. Y también es injusto e históricamente inexacto aplicar ese término a todo el periodo del segundo bienio.

P: Precisamente hace un par de días fue presentada una biografía política de Alejandro Lerroux que viene a denunciar que lo único que ha trascendido de él ha sido su primera faceta demagoga y populista, pero no su reconversión moderada y liberal. ¿Qué opinión le merece a usted el líder del Partido Radical?

R: Efectivamente existieron dos Lerroux: el Lerroux demagógico original, que fundó el Partido Republicano Radical, por entonces, valga la redundancia, muy radical, semirrevolucionario y anticonstitucional; y el Lerroux maduro, el de los años de la Segunda República, mucho más moderado. Él era un político con mucha experiencia y, tal vez, el político relevante más tolerante de la República. Fue el principal líder democrático de la Segunda República, que estaba dispuesto a trabajar y cooperar con varios sectores distintos, siempre que respetasen la ley. Yo creo que, pese a varias limitaciones personales que tenía, era el mejor líder democrático del panorama. Era de hecho el político que hubiera podido salvar la República, pero por aquel entonces ya estaba viejo y le faltaba energía. Y, además, encontró mucha oposición por parte de sus rivales, sobre todo del presidente Alcalá-Zamora, que le tenía envidia como principal oponente para liderar el centro político. Se puede decir que el fracaso de Lerroux fue el fracaso de la república democrática.

P: ¿Y Azaña? En el libro le compara con Kerenski.

R: El Azaña del año 31 no era el Azaña del 36. Se fue radicalizando. Lo que nunca fue es revolucionario. Era un izquierdista algo radical, pero no tanto como los anarquistas o los socialistas. Lo que pasó es que se dio cuenta de que los republicanos de izquierda, o la izquierda burguesa moderada, como también se la conocía, eran una minoría, y que por tanto era imposible que, ni siquiera con esa ley electoral, pudieran dirigir indefinidamente la República. Entonces consideró absolutamente necesario mantener, costase lo que costase, la alianza con los socialistas, pero se encontró con que un sector de esos socialistas, liderados por Largo Caballero, se radicalizó todavía más a partir de 1933. De esa manera Azaña acabó pactando, no con los socialdemócratas, como parecía que quería hacer allá por 1931, sino con unos revolucionarios cada vez más violentos. Fue un fallo de cálculo monumental, además de una contradicción de términos… Él mismo se definía como burgués izquierdista; no era colectivista, pese a que su propio partido se fue radicalizando en ese sentido también… Lo que pasa es que tenía un exceso de confianza, y creyó que podría dominar y utilizar a los revolucionarios, pero al final sucedió al revés. Cuando terminó por entregarles las armas en julio del 36 en Madrid, cumplió definitivamente con el papel del Kerenski español. Se lo comieron los revolucionarios.

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Manuel Azaña

P: A Azaña, sin embargo, se le reconoce todavía como el gran estandarte de la democracia republicana, y también como el gran perdedor del juego político cuando estalló la Guerra Civil.

R: Eso sencillamente es una falsificación fundamental de la historia. En cuanto a historia contemporánea, de todos los países occidentales, España es el país en el que más se falsifica la historia. En eso bate todos los récords.

P: ¿Qué papel jugaron los nacionalismos periféricos en ese momento?

R: Un papel importante. Inicialmente los vascos y los navarros tuvieron más peso, defendiendo conceptos católicos y derechistas; pero luego fue surgiendo cada vez más el catalanismo, que gozó de más apoyo político, y que por eso ganó la autonomía en 1932. Después fueron ellos los que no estuvieron satisfechos con el gobierno de centro derecha que llegó en el 34, y por eso participaron con los socialistas en la insurrección, lo que provocó la eliminación temporal de la autonomía en Barcelona y el encarcelamiento de Companys durante un año y medio. En el 36, pese a todo, ganaría la versión catalanista del Frente Popular… Y Azaña al poco acabó culpándoles furiosamente por el estallido de la Guerra Civil, pero yo creo que eso fue una exageración. Yo no creo que en el colapso político de 1936 el nacionalismo jugase un papel tan importante. Fue un factor, desde luego, pero solamente un factor más, ni siquiera estuvo entre las tres causas más determinantes. Fue todo más una cuestión de alegalidad, violencia, desórdenes y revolucionismo. Comparado con eso el nacionalismo vasco y catalán tuvo menos importancia.

P: En su Homenaje a Cataluña, Orwell denuncia que los comunistas quisieron acabar con la revolución porque las políticas de la URSS dependían de su alianza militar con Francia, y que a Francia no le compensaba tener un vecino revolucionario. ¿Está de acuerdo con esa explicación?

R: Bueno, esa es una de las partes más importantes, más complicadas y más controvertidas de toda la Guerra Civil. Es fundamental. Lo que pasa es que hay una tendencia a tergiversar el papel del comunismo. La propaganda franquista siempre dijo que los comunistas habían causado la guerra, pero eso no es cierto. Los comunistas antes de la guerra eran actores más o menos débiles, y de hecho no sólo no causaron la guerra sino que quisieron evitarla. Los revolucionarios activos fueron los socialistas y los anarquistas, pero no tanto los comunistas. Por otro lado, la extrema izquierda revolucionaria dijo lo opuesto: que la política de Moscú fue de un cinismo increíble, y que quisieron llevar a cabo una política contrarrevolucionaria en la zona republicana debido a sus propios intereses. Se trata de otra exageración. Yo intenté enderezar este entuerto explicando exactamente la política del bando comunista en un libro que publiqué en el año 2003… Es muy complicado recapitular todo el asunto en pocas palabras… Lo que tiene que quedar claro es que, de todos los grupos izquierdistas, los comunistas fueron el partido con la política más coherente y más inteligentemente calculada; aunque fue también una política muy complicada. El comunismo buscó la revolución, pero la quería más a largo plazo porque se había dado cuenta de que una acción relámpago no podía triunfar. Ellos creían que si el gobierno del Frente Popular conseguía mantener el gobierno sin que sus facciones más revolucionarias forzasen la guerra, la revolución podría llegar paulatinamente e ir implantándose poco a poco de una manera más próspera. Por eso, para ellos también lo más importante a corto plazo fue evitar la Guerra Civil. Después, cuando ya no se pudo hacer nada y estalló el conflicto, su objetivo principal pasó a ser ganar la guerra, y no tanto llevar a cabo la revolución. Nunca quisieron eliminar la revolución, pero tampoco quisieron esa revolución infantil que llevaba a cabo la extrema izquierda. Ellos querían canalizar la revolución, mientras que la extrema izquierda quería impedir esa canalización. Los socialistas y anarquistas también querían ganar la guerra, pero no estaban dispuestos a moderar la revolución para conseguirlo… Por eso digo que la política comunista fue la política más astuta, porque fue el partido que se dio cuenta de lo que era necesario para ganar a los sublevados.

P: En España la ideología comunista no está tan denostada como otras ideologías autoritarias… Existe una creencia más o menos aceptada de que los crímenes de los regímenes comunistas no tienen que ver con la ideología en sí; que el comunismo no tiene por qué ser autoritario… ¿Por qué cree que aquí el comunismo todavía tiene buena acogida?

R: Bueno, no creo que sea algo exclusivo de España. En el mundo la tendencia general es la que demoniza al fascismo como la encarnación del mal más absoluto, algo completamente comprensible después de la experiencia del nacionalsocialismo alemán. A partir de ahí, se dice que el comunismo no era bueno, desde luego, pero que tampoco era tan malo en comparación con el nazismo… En España esa tendencia es algo más fuerte, y se entiende debido a que el franquismo instauró una dictadura de cuarenta años. Se dice que el franquismo fue fascismo, y entonces la fuerza del mal se encarna ahí… No hay que olvidar que la propaganda republicana de los revolucionarios y comunistas vendió la idea de que estaban peleando contra el fascismo, y en ese sentido, que ganase Franco y que con él comenzase una dictadura tan larga favoreció a la percepción de que el discurso comunista era el verdadero. El razonamiento es algo así como: "Como el comunismo luchó contra el mayor mal que existe, que es el fascismo, no puede ser tan malo".

P: ¿Qué opina de la situación actual de España? Existen ciertas cuestiones que, aunque evidentemente no son exactamente iguales, recuerdan lejanamente a algunos acontecimientos políticos de la década de los 30.

R: Sí, bueno, ya desde hace quince años, con el primer gobierno de Zapatero, se lleva hablando de crear un nuevo Frente Popular que aglutine a los socialistas con sectores nacionalistas para garantizar una mayoría permanente de la izquierda… Hasta cierto punto parece que esa era la idea de Zapatero; y se habló durante mucho tiempo de eso. Pero no se ha podido efectuar esta unidad de grupos opuestos, con la situación constitucional actual, debido a sus propias contradicciones internas. Esa es la mayor dificultad para ellos. Sí, la política de Zapatero, y ahora la de Sánchez, se parece un poco a ese azañismo de la Segunda República. Lo que pasa es que ahora existen diferencias básicas entre los socialistas y los nacionalistas, y por eso es muy difícil que lleguen a ese acuerdo; a esa alianza izquierdista más grande que permita cambiar el régimen político, al menos hasta cierto punto. También por eso Podemos ahora habla tanto de una segunda Transición, e intenta vender la idea que la Transición del 78 no es válida, etcétera. Realmente se está viviendo un punto de inflexión, y el cambio empezó hace quince años con el atentado terrorista de Madrid y con el viraje posterior del nuevo gobierno de Zapatero, tan diferente de la política del último gobierno socialista de Felipe González.

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