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De la gran Nueva España al pequeño México

López Obrador podría mandar una carta al presidente de Estados Unidos para pedirle que devuelva el territorio conquistado en 1848.

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Bandera mexicana | Pixabay/CC/mediosaudiovisuales

Un blanco de sangre europea, sin mezcla de indio, y que habla español y quizás lleve una medalla de la Virgen de Guadalupe se convierte en portavoz de las supuestas víctimas de la conquista española de México.

Normalmente, este recurso lo solían emplear los presidentes mexicanos más avanzado su sexenio, para calmar a las masas ante sus fracasos y su corrupción indisimulable, pero Andrés Manuel López Obrador ha recurrido al ‘sospechoso habitual’ antes de tiempo. Quizás ante el malestar que está creando su Gobierno, con solo 100 días de ejercicio.

La lista de cuentas pendientes se remonta a hace 500 años, número cómodo y redondo, pero falso, ya que oculta los últimos 200 años de vida independiente, para comodidad de los criollos que, con pocas excepciones, mal gobiernan esas repúblicas desde principios del siglo XIX.

Por eso conviene responder a la pregunta de qué recibieron de España los nuevos países.

Una potencia mundial

A finales del siglo XVIII, en palabras del diplomático Fernando Olivié (La herencia de un Imperio roto),

Nueva España era ya, dentro del Imperio español, una potencia con vida propia y hasta casi con una propia política exterior orientada a contener a los rusos en Alaska, a los angloamericanos en el Misisipi y a los ingleses en lo que hoy es Belice; una potencia que había logrado expulsar a los franceses, o mejor aún, a los franco-canadienses, de la costa norte del golfo de México y controlar la totalidad de dicha costa. Esta vitalidad mexicana se desarrollaba ya al margen de las vicisitudes políticas de la Corte de Madrid, hasta tal punto que, entre 1792 y 1802, absorbido totalmente nuestro Gobierno por los asuntos europeos, México enviaba, desde su apostadero en San Blas a la fragata Aránzazu para explorar y hacer acto de presencia en las costas de la actual Alaska.

Los últimos virreyes novohispanos del siglo XVIII incluso intervinieron en la política de los recién nacidos EEUU, para vigilar sus planes expansionistas.

Entre 1764 y 1803, al virreinato se le añadió La Luisiana, cedida por el rey francés en 1763 y entregada a Napoleón en 1803. Después de la conmoción que fueron las guerras napoleónicas, el Reino de España y los Estados Unidos fijaron los límites de sus territorios mediante el Tratado de Adams-Onís de 1819. España cedía la Florida y la navegación del Misisipi, pero EEUU le reconocía la propiedad sobre Texas.

Entonces, el virreinato de la Nueva España abarcaba desde Filipinas a Puerto Rico y desde Panamá al sur al paralelo 42 norte. Una potencia bicontinental y bioceánica. Y la ciudad de México recibió de Alexander Humboldt elogios por el mayor nivel de vida de que gozaban sus habitantes en comparación con Prusia.

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Extensión de Nueva España

Al proclamarse la independencia (1821) por el general Agustín Iturbide, México era el cuarto país soberano más extenso de la Tierra, después del Imperio ruso (entonces tricontinental), el Imperio chino y EEUU, aunque Cuba, Puerto Rico y Filipinas se mantuvieron españoles. Más de cuatro millones de kilómetros cuadrados de superficie.

El joven Imperio mexicano tenía costa en los océanos Atlántico y Pacífico como Rusia, pero a diferencia de ésta sus accesos eran fáciles y libres de hielos. Sin embargo, el país perdió definitivamente la condición de enlace entre China y Europa, ya que el viaje del galeón de Manila se interrumpió en 1815 y no se reanudó.

Amputación de más de la mitad del territorio

La monarquía duró poco. Una vez derrocado el rey al que todos se sometían, los generales de la guerra de independencia no querían obedecer a nadie. En los primeros 35 años, solo un presidente, Guadalupe Victoria, cumplió su mandato completo.

En 1823, la antigua Capitanía General de Guatemala se separó de la república y formó las Provincias Unidas de Centroamérica. Pero el mayor peligro estaba al norte.

En 1820, el virrey Ruiz de Apodaca aceptó el establecimiento de unos cientos de colonos de Misuri en Texas, con condiciones como la conversión al catolicismo. La república siguió permitiendo esta emigración a un territorio casi despoblado. Las relaciones de los colonos con México fueron agriándose, ya que mantenían su nacionalidad estadounidense, rechazaban la abolición de la esclavitud y se oponían a la Constitución centralista.

En 1835, los texanos se sublevaron contra México y quedaron vencedores en 1836. Además, extendieron su frontera al sur hasta el río Bravo. Una década más tarde, los texanos se plantearon su incorporación a Estados Unidos y entonces México declaró la guerra (1846). Un atrasado país de 7’5 millones de habitantes se enfrentaba a otro de 20 millones y en proceso de industrialización.

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La derrota de los mexicanos asombró por su magnitud. Por el Tratado de Guadalupe Hidalgo (1848), México perdió más de la mitad de su territorio: lo que hoy son los estados de California, Nevada, Utah, Nuevo México y Texas, más partes de Arizona, Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma. La frontera internacional se estableció en el río Bravo, que era un río interior durante el virreinato.

De este conflicto se dice que es "la guerra olvidada en EEUU y nunca perdonada en México". Un sector de EEUU propuso el "All Mexico", es decir, la anexión completa, pero no se culminó entre otros motivos por el recelo de los estados del norte a que los esclavistas controlasen el Congreso.

En 1853, el presidente López de Santa Anna, ante el cual el más inepto de los virreyes españoles es un prodigio de honradez y patriotismo, firmó la Venta de la Mesilla a EEUU, una zona de 76.000 kilómetros cuadrados en la frontera con Arizona y Nuevo México. Washington estaba a punto de conseguir una salida al mar de Cortés.

A la vista de la conducta de los gobernantes mexicanos, todos masones, antiespañoles y anticatólicos, en 1857, el presidente James Buchanan ofreció la compra de la península de la Baja California y de zonas de Sonora y Chihuahua a cambio de 15 millones de dólares. El presidente Ignacio Comonfort la rechazó.

Un país sometido a potencias extranjeras

Aunque México no sufrió más amputaciones territoriales, decayó hasta convertirse en una especie de China o Turquía americana: un país ocupado por potencias extranjeras, con su economía subordinada y hundido en guerras civiles.

El general Porfirio Díaz instauró una larga dictadura que restauró la soberanía mexicana, aunque no la independencia económica. Su huida en 1911 dio paso a un largo período de revoluciones, en el que de nuevo los mexicanos soportaron una intervención extranjera. El presidente Wilson ocupó el puerto de Veracruz y mandó tropas a través de la frontera para perseguir a Pancho Villa.

Una revuelta en la poco poblada Baja California (1911) provocó el miedo de que se repitiese el precedente texano: una proclamación de independencia y una incorporación posterior a Estados Unidos.

Los revolucionarios, fanáticamente nacionalistas y laicistas, persiguieron a los católicos. Muchos de éstos se sublevaron en las llamadas guerras cristeras, libradas entre los años 20 y los 30. Los revolucionarios fundaron el PRI para sucederse en el poder pacíficamente, sin recurrir a cuartelazos.

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Pancho Villa

Desaparecidos antes que en Argentina

En los años posteriores, la ‘dictadura perfecta’ dedicó sus energías a enriquecer a sus miembros y reprimir la disidencia. Con los católicos y los conservadores aplastados o controlados, la única protesta importante vino de la extrema izquierda. En 1968, el Gobierno mexicano mató a un número desconocido de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas. En ese año, comenzó también la ‘guerra sucia’ por orden del PRI, partido en el que militó el presidente López Obrador entre los años 70 y 80. Los primeros 'desaparecidos' en América se produjeron no en Argentina, sino en México.

En sectores mexicanos nacionalistas y dados a las conspiraciones (tanto de izquierdas como de derechas) es un tema recurrente los supuestos planes secretos de EEUU para controlar el norte del país o la Baja California, al igual que los hay en Argentina sobre la integridad de la Patagonia.

La realidad es que desde la independencia de España, casi ninguna de las nuevas repúblicas ha sido capaz de proteger su territorio de las depredaciones, sea de sus vecinos inmediatos, o sea de EEUU.

López Obrador podría mandar una carta al presidente de Estados Unidos para pedirle que devuelva el territorio conquistado en 1848 y otra al presidente de Francia en el que le exija disculpas e indemnizaciones por la invasión de 1862-1867. Nos es probable que lo haga, porque bien saben en México que a Washington y París no les gustan las bromas ni las humillaciones, a diferencia de España, donde ya han aparecido 'quislings'. Como no, en Podemos.

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