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Antonio Escohotado

El titán y la doncella (II)

La vida de John Smith en América no hace sino demostrar aquella máxima de San Pablo: "Quien no trabaja no come".

Antonio Escohotado
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Antonio Escohotado - El titán y la doncella (II)
Escena de la película El capitán John Smith y Pocahontas | Cordon Press

Las palabras de Smith resumen el espíritu de aquella nación, que quiere hablar con Dios directamente y venera el trabajo, tanto por crear riqueza como porque justifica tener amor propio. Un año después desembarca bastante más arriba la nave fletada por la Plymouth Co., segunda filial de Adventurers, que traslada una mitad de peregrinos y otra de buscavidas pobres, ovejas negras de buenas familias, antiguos soldados y gentes de campo. Elegido democráticamente gobernador de ambos grupos, el pilgrim William Bradford seguirá siéndolo durante los treinta años siguientes, e imprime en esa costa el mismo troquel que Smith: "aquí el hombre de bien se abrirá camino aprendiendo a ser útil, ya que tanto depende de los demás". La colonia, que empezó siendo comunista –"como la primera comuna de Santiago en Jerusalem"—, girará en redondo meses después, por motivos y con resultados que Bradford expone detalladamente en su crónica, fundadora de la historiografía norteamericana.

Pero volvamos al capitán en Jamestown, un año antes, cuando masculla maldiciones comprobando la escasez de vituallas, porque los barcos fueron tan atestados de personas que la harina cubrirá nueve semanas, caso de racionarse a 100 gramos por cabeza/día, cuando se avecina "un invierno al menos tan crudo como el escocés". No hay tiempo para sembrar, ni semillas distintas de la del tabaco —pues sembrarlo, recogerlo y empaquetarlo es el objeto expreso de la colonia—, y resulta imprescindible hacer expediciones de forrajeo, en una de las cuales Smith resulta capturado. Como luego contará, ser el único prisionero le consuela por no perder más hombres ni ir armado ("así tenían tres pistolas más"), y la poco plausible posibilidad de conocer por dentro a los nativos sin sucumbir a sus clavas.

Y, en efecto, comprueba que los nativos de la zona obedecen a uno solo, el gran jefe Powhatan, y también que se equivocaba en esperar hospitalidad. Al contrario, le llevan a un recinto de dimensiones muy superiores a sus chozas, donde entre percusión, danzas y mucho humo resulta atado a una piedra de sacrificio, desde la cual ve acercarse a dos maceros, precedidos por la clava que porta Powhatan, algo mayor; pero en ese momento una muchacha se lanza a cubrirle con su propio cuerpo, y resulta ser la hija favorita de Powhatan, Pocahontas, cuya vehemencia bastará para "retornar ileso". En días sucesivos, ella y algunos niños traen alimentos diversos, la tensión cede y cuatro jefes blancos son invitados a conferenciar, aunque Pocahontas advierte a su amado que pretenden asesinarles.

Con un espionaje de semejante calidad, Smith decide meterse en la boca del lobo, calculando que los nativos no conocen la lenta cadencia de fuego de sus armas, y bastará descargar simultáneamente varios arcabuces para frenar a muchos. Se ha llevado cuatro canoas vacías, calculando que llenarlas con mazorcas de maíz bastará para pasar el invierno, y adelantándose solo hacia el gran jefe –con una pequeña pistola escondida— se las ingenia para saltar felinamente sobre él, usando su cola de caballo como rienda mientras le pega el cañón a la nuca.

La muchacha explica que será liberado cuando las canoas se llenen, prometiendo que el verano próximo el maíz se devolverá multiplicado por cinco (como en efecto ocurrirá), o en otro caso las armas de los otros tres colonos "escupirán fuego". Durante el breve lapso donde se mantiene como rehén, cumplido ese mismo día, Powhatan recibe el "tesoro" que cabe en un saco de arpillera, de hecho formado por objetos con alto valor de cambio: piritas doradas —cristalizadas unas, lijadas otras—, abundantes espejos, un martillo, varios clavos y un croquis del tornillo.

Con la supervivencia asegurada a medio plazo, Smith recorrió veinte o treinta mil kilómetros de costa, cartografiando primero la gran bahía del Chesapeake y luego parte de la zona superior, penetrando por estuarios en busca de emplazamientos para nuevas colonias. De paso firmó un mapa de la zona firmado por él e impreso en Amsterdam, que alterna la obra de arte con la científica y cualquiera puede consultar a golpe de clic, disponiendo del zoom tan magnánimamente regalado en ocasiones al internauta. Sumado a algunos hechos de armas ulteriores, esto le valdría la promoción a almirante de la Royal Navy, trece años después de enrolarse como grumete, demostrando una vez más que la era industrial brotó de una movilidad social inaudita, paralela a descubrir que el Nuevo Mundo tornaría afluente a quien cultivase y criase con esmero, aprovechando los recursos despilfarrados por el ajeno a laboriosidad.

En 1609, cuando una explosión accidental de pólvora le hirió de gravedad, se avino a buscar climas más secos para que la herida cerrase, y nunca volvería a aquellas costas. Sin embargo, tuvo tiempo para despedirse haciendo que el edificio principal grabase en grandes letras la orden: "Quien no trabaja no come". San Pablo había usado el subjuntivo –la forma menos imperativa del verbo—, precisamente para criticar la ociosidad vigente en la comuna de Jerusalem, y es digno de recuerdo que ni un colono de Jamestown sobrevivió a su tercer invierno, por causas que desconocemos, donde pudo pesar mucho la ausencia de Smith.

En 1609 el consejo paulino regía también en presente de indicativo para la colonia de Plymouth, donde Bradford y los suyos acababan de recibir la lección definitiva al respecto, pues algunos disconformes con el plan de racionamiento insistieron en reclamar su parte alícuota, y la obtuvieron, aunque algo después algunos fueron descubiertos tratando de saquear el fondo común. Expulsados por ello, uno murió intentando robar a indígenas, y los demás fueron sucumbiendo lentamente de hambre al otro lado de la empalizada, pagando la pereza imprevisora del ávido, que ignora el deber de reciprocidad.

Sin embargo, el panteón fundacional de la gran empresa norteamericana tendrá como impulso añadido el civismo de sus cuáqueros y el "trabaja, trabaja, trabaja" que aportaron rappitas, shakers y amanitas, tres Iglesias que o bien eran ya comunistas al llegar —como los pilgrims—, o adoptaron la propiedad común al poco de llegar, acuciados por la intemperie. Ninguna se propuso dar lecciones de racionalidad y justicia al resto, pero todas se tornaron muy prósperas, ampliando espectacularmente la esperanza de vida en sus enclaves. Además de criar a innumerables huérfanos, viudas y desahuciados, financiaron el primer tendido de ferrocarril e inventaron toda suerte de aperos y procesos, incluyendo el refrigerador, que los amanitas de Iowa acabarían convirtiendo en base de la gigantesca Whirpool, abastecedor actual de neveras y microondas a más de cien países.

A ellos se añadirían poco después otros tantos experimentos comunistas laicos, algunos financiados tan magnánimamente como la Nueva Armonía de Owen –instalada en un territorio comprado a los rappitas, aprovechando sus caminos, casas y talleres—, otros de manera tan desahogada en principio como Brook Farm –la Granja de los Intelectuales—, y otros partiendo de condiciones tan precarias como sus antecesores religiosos, entre ellos la Icaria de Cabet, y algún falansterio guiado por el diseño de Fourier. Sin una sola excepción, todos los experimentos ateos resultaron ruinosos, y no por enfrentarse a peores condiciones climáticas o políticas, sino por sucumbir a una amalgama de discordia e indolencia, donde demasiados pretenden vivir del esfuerzo ajeno, considerando indigno para sí mismos el trabajo manual, y tampoco se afanan por alcanzar el grado de conocimiento que convierte al sabio en el más útil de los vecinos.

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