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Antonio Escohotado

El mérito y sus ofendidos (III)

Entre 2005 y 2010 lo políticamente correcto empezó a reescribir no solo la historia de Smith y Bradford, sino también la de Pocahontas.

Antonio Escohotado
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Antonio Escohotado - El mérito y sus ofendidos (III)
Escena de la película El capitán John Smith y Pocahontas | Cordon Press

Cuatrocientos años después de que Smith y Bradford confiasen su figura al recuerdo, las amplias zonas del planeta donde trabajar y comer van de la mano, carecen de un solo difunto por inanición. Vivir desnutrido solo ocurre crónicamente en Corea del Norte, Cuba o Venezuela, donde votar a lo soviético entroniza dinastías de autócratas. El atraso de África deriva, en parte, del fiasco unido a creer que la independencia llevaba sin más a la prosperidad, y en parte a que recibir alimentos gratuitos, y tratar al género femenino como acémila, reduce a la mitad o bastante menos la mano de obra, frustrando por sistema la aparición de maestrías. Nadie arriesgará emprender, ni tendrá empleados fiables, mientras partes mayores o menores de la dieta sean regaladas, y subvencionar se confunda con crear riqueza.

No-algos, que empezaron con el no-Dios apodado Satanás y desembocan en el anti capitalismo, el anti imperialismo y el anti mercado, coexisten hoy con prodigios tan sutiles como el móvil, un artefacto empleado hasta por los más míseros, donde trivialidades y embustes coexisten con la Biblioteca de Alejandría elevada a la enésima potencia, y tener presente el lema de Smith y Bradford pone las cosas en su sitio. De hecho, el más antiguo prosista griego –Hesíodo— dijo ya que "el único heroísmo al alcance de todos es el trabajo bien hecho", añadiendo que ninguna sociedad se acercará al disfrute tranquilo si no valora a sus miembros atendiendo a esa variable.

En Norteamérica, colonizada por Iglesias no pocas veces comunistas, sede también de Nueva Armonía e Icaria, el voto comunista no logró nunca acercarse al 0,1%, mientras en Europa rara vez ha obtenido un porcentaje al menos cien veces superior. Por otra parte, durante el último medio siglo los desvalidos bien podrían ser mucho más numerosos a aquél lado del Atlántico, sin perjuicio de lo cual Norteamérica sigue siendo la tierra prometida para buena parte de los emigrantes. La espectacular diferencia en intención de voto parece ligada al troquel impreso por sus fundadores concretos –Smith y Bradford—, ejemplarmente enérgicos a la hora de impedir que el gorrón se salga con la suya. Quienes racionaron las provisiones sobrevivieron; no así quienes devoraron con prisa lo suyo, tratando luego de meter mano a lo ajeno.

El monopolio ideológico de la enseñanza, que aposentó el victimismo en Europa y Latinoamérica, tampoco ha dejado de crecer en Norteamérica al amparo de la corrección política. Sin embargo, allí tiene algo de imborrable la escena de la empalizada en Plymouth, que lejos de confirmar el cliché del opresor y el oprimido muestra algo tan concreto como reiterado con distintos ropajes: la encrucijada del ajeno al quid pro quo, el imperativo de no pedir sin dar. Por lo demás, al amparo de su posverdad crece el rencor victimista, incluso cuando el progreso técnico y la filantropía recortaron la inanición hasta extremos impensables, porque no se trata de contar con lo real. El compromiso se contrae con lo ideal.

Fiel testigo de ello, un regalo como la Wiki –primera enciclopedia democrática de los anales, y el más vasto repertorio de conocimientos jamás reunido— permite incluso seguir ese compromiso entre líneas, cuando por ejemplo aprovecha al emperador Trajano para introducir elucubraciones sobre su sexualidad, discretamente proclives a pensar el género como identidad artificiosa, o bien maldice hitos compasivos tan impares como las Leyes de Indias. La historia universal debe adaptarse al guión de discordia y miopía exigido por quien querría poner últimos a los primeros, y hoy se alía con el islamismo mientras clama contra la violencia y discriminación padecida por la mujer, en cualquier territorio distinto de los sujetos a la sharia.

Para la historia ajena a fuentes primarias, que hasta los más ancianos recibimos desde la escuela hasta la licenciatura, el empleador es el malo, el empleado el bueno, y el embalsamado en Moscú sigue pareciendo la quintaesencia del leal a sus principios. Tuve ocasión de exponer por largo cómo esa versión atravesó su primera crisis de fundamentos cuando fue indudable que trabajadores de todas partes votaban capitalismo; y cómo la posmodernidad nació con Foucault, Derrida y otros abogados de la ola terrorista desatada en origen por la OLP de Arafat, abastecedor inicial de ETA y sus análogos en Italia y Alemania, dispuestos todos a remediar la traición del proletariado a su interés revolucionario.

También expuse por largo cómo —dos décadas después— el colapso del Muro berlinés, y la autodisolución de la URSS, sumieron a la conciencia roja en un desconcierto salvado por el hallazgo simultáneo del neoliberalismo y el altermundismo, dos coordenadas con las cuales sigue explicándose el mundo. En vida de Smith, y prácticamente hasta comenzar el siglo XXI, sólo algún contemporáneo resentido dudó de sus hazañas, y mucho menos centró su atención en él —con un artículo de revista, o parte de las referencias dedicadas a su persona por Wikipedia— ignorando lo esencial de su papel en el parto de la república norteamericana, pues fue el primer gobernador de la futura Virginia, y marcó su norte sentando que "aquí todo hombre podrá ser propietario de su trabajo". La misma meta animó a Bradford, reelegido año tras año gobernador de la futura Nueva Inglaterra, que desembarcó confiando en la comunidad de bienes, y cambió de idea al comprobar "cómo la industria de todos se multiplica cuando cada uno obtiene lo suyo".

Sin dejar el vasto hipertexto deparado por Wikipedia, compruebe el lector que entre 2005 y 2010 lo políticamente correcto empieza a reescribir no solo la historia de ambos sino la de Pocahontas, hasta desembocar en la versión actual para medios académicos y documentalistas, unidos a concebir todo el continente americano como víctima de un Occidente rapaz y liberticida, que interrumpió la vida feliz disfrutada bajo Imperios como el inca y el azteca. Esto enseñan hoy guías turísticos y docentes desde el Río de la Plata al San Lorenzo, explícita o implícitamente convencidos de que atenerse a cronistas como Prescott, Schumpeter o Braudel es tedioso y extravía, cuando Chomsky, el Subcomandante Marcos y Naomi Klein instruyen de modo mucho más breve, evitando comulgar con el sempiterno fascismo.

Ciñéndonos a la tríada decisiva para los años iniciales de Norteamérica y Canadá, resulta que Smith fue según las "últimas investigaciones" un fraude puro y duro, cuya voluminosa obra escrita carece de credibilidad alguna, pues lejos de pretender matarle el jefe Powhatan celebraba una ceremonia tradicional de reconciliación con la naturaleza, aunque los defensores de semejante versión no precisan ni detalles ni fuentes del rito alegado. Pocahontas, descrita por Smith y otros colonos como una beldad encantadora y perspicaz, pionera absoluta por lo que respecta a preconizar paz y mestizaje, parece una traidora a su cultura como la Malinche de Cortés, cuyo merecido castigo fue ser violada repetidamente y preñada por la soldadesca en 1613, cuando la segunda oleada de colonos decidió raptarla para forzar un canje de prisioneros.

Nadie discute semejante episodio, pero fuentes primarias desmienten la versión posmoderna. Ralph Hamor, uno de los raptores —y el más antiguo historiador de Virginia—, precisa que "recibió un trato sobremanera gentil" (courteous), y semanas después fue pedida en matrimonio por John Rolfe, con el cual se desposó tras ser bautizada, cuando los Rolfe siguen siendo una de las siete familias virginianas más ilustres, entre cuyos vástagos estuvo una primera dama como Edith, mujer de Woodrow Wilson. Según la posverdad, su hijo Thomas sería fruto de una violación colectiva, cuando según Rolfe, Hamor y trece generaciones de descendientes fue –en palabras del esposo— "fruto de una unión donde el deseo carnal se subordinó al bien de este territorio y la gloria de Dios", al fundir razas separadas hasta entonces, añadiendo un nuevo miembro al elenco de los cristianos.

Lo políticamente correcto es considerar "humillante y discriminatorio" el trato que Inglaterra deparó a quien quiso bautizarse como Rebeca Pocahontas. Sin embargo, consta que fue recibida como "princesa del reino powhatan", e invitada a palacio "con asiento preferente" a una representación teatral, en cuyo entreacto el rey Jacobo se le acercó "con tanta llaneza que al principio fue confundido por ella con un cortesano". Alojada desde entonces en una suntuosa mansión Tudor, días más tarde el obispo de Londres la agasajó "con un festival de pompa inigualada", y dos meses después —volviendo a su tierra con Rolfe, cuando navegaba todavía por el Támesis— una fiebre muy alta se la llevó. Su esposo dijo que sus últimas palabras fueron felicitarse por dejar descendencia, "pues morir es cosa de todos", aunque en 2007 el jefe Águila Solitaria y su hermana Estrella Plateada refutaron esos testimonios, basándose en "la tradición oral de nuestro pueblo oprimido", donde leemos que fue sin duda envenenada.

Sin aspirar a certezas tan absolutas, algunas horas de pesquisa por Internet me permiten afirmar que desde 2005 en adelante ni Smith, ni Bradford ni Rebeca Pocahontas han recibido otra atención que la posverdadera, por más que "atención" tampoco sea un término fiel para describir la naturaleza de su mirada. Dogma, prejuicio e incluso desfachatez casan mejor con una brújula como la mala leche.

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