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Pedro Fernández Barbadillo

Los educados cómplices de Auschwitz

No fue solo cosa de brutos, amargados y envidiosos. Los campos de concentración, las cámaras de gas y las fosas colectivas empezaron a construirse en universidades, salones y consultorios.

Pedro Fernández Barbadillo
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No fue solo cosa de brutos, amargados y envidiosos. Los campos de concentración, las cámaras de gas y las fosas colectivas empezaron a construirse en universidades, salones y consultorios.
Cordon Press

Las películas, los ensayos, las novelas y los documentales sobre el Holocausto suelen centrarse en el sector más cruel y cercano a los que el Reich consideraba sus enemigos: los guardianes de los campos de concentración y sus jefes. También en los dirigentes políticos que tomaron las decisiones, en los burócratas que pusieron en marcha la maquinaria y en los uniformados que ejecutaron las órdenes de detener, secuestrar y entregar a las víctimas. De esta galería de asesinos y cómplices suelen omitirse a quienes no se mancharon las manos con sangre o tierra, sino con polvo de tiza o tinta, a los que llevaban corbata y batas blancas.

Adolf Hitler, escribe John Lukacs (El Hitler de la Historia),

quería ganar una gran guerra para Alemania y quería eliminar a los judíos en Europa, y esos dos objetivos eran complementarios, es más, inseparables en su mente. Cerca del final se vio obligado a separarlos. En febrero de 1945 dijo que al menos había «sajado el absceso judío». No obstante, en esto también fracasó

Y el mismo historiador añade que "la súbita afloración de su antisemitismo como obsesión principal sigue siendo un misterio". Si bien esto es cierto, también lo es que los nacional-socialistas tenían una obsesión por la vida sana y la naturaleza, recogida de filósofos y científicos precedentes y exacerbada por ellos, que condujo al exterminio de millones de ‘Untermensch’ (seres inferiores).

Un Estado biopolítico

El historiador francés Bernard Bruneteau afirma (El siglo de los genocidios) que la mejor definición que le cabe al III Reich, más que la de un Estado racial, es la de un "Estado biopolítico",

es decir, un Estado que convertía la «preocupación por la vida» en el objetivo eugenésico de una «mejora de la raza». Esta búsqueda vitalista de una comunidad biológica constantemente purificada y, por tanto, perfecta, sólo se comprende teniendo en cuenta la «religión de la naturaleza» cultivada por las élites nazis

De esta cosmovisión (porque lo era), cuyos orígenes se encuentran en el darwinismo decimonónico, provienen las sucesivas leyes nazis sobre la conservación de la naturaleza, la prohibición de la vivisección, la persecución del tabaco y el alcohol, el fomento de la ‘vida sana’ y el deporte…; y, en siniestro equilibrio, las leyes sobre la eugenesia y la eliminación de los seres humanos que contaminaban la raza, fuesen minusválidos, judíos o eslavos.

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Dr Joseph Mengele

Una de las esencias de la doctrina nazi consistía, en palabras del historiador británico Laurence Rees, en "la preponderancia de la nación racial, o Volk, sobre el individuo". En consecuencia, el individuo podía ser sacrificado para la supervivencia de la especie. Y si esto se admitía para los alemanes que encajaban en el modelo nazi, no sorprende el destino reservado para los alemanes ‘defectuosos’ o los judíos.

Volvamos a citar a Bruneteau:

El naturismo, las medidas eugenésicas y el discurso sobre la salud del pueblo condicionaron el espíritu genocida al decidir «científicamente» qué parte de la humanidad era más natural que otras y, en consecuencia, qué individuos no formaban parte de esta naturaleza o eran parásitos. Como repetía Hitler: «Un pueblo que se desembaraza de sus judíos vuelve espontáneamente al orden natural». Llegada esta fase, el poder soberano adquiría «la autorización para suprimir la vida indigna de ser vivida», como decía una eufemística fórmula oficial que reproducía el título de una obra alemana de 1920 en favor de la eutanasia.

Indignos de vivir

Una vez en el poder (enero de 1933), los nazis empezaron a aplicar su objetivo de purificación racial y, como todos los totalitarismos, lo hicieron poco a poco. Los bolcheviques comenzaron la destrucción de la sociedad rusa a la vez que luchaban por no ser derrocados. Fundaron la policía política, la NKVD, y el Ejército Rojo, y aprobaron un Código de Familia, que instauraba un divorcio irrestricto, y luego el aborto. La familia, como la moneda, tenían que ser arrasadas, para construir un ‘hombre nuevo’ libre de prejuicios burgueses y atrasados. Mientras, un siglo más tarde, los burgueses siguen considerando que lo más importante, sino lo único, es la economía.

En julio de 1933, el Gobierno del Reich permitió la posibilidad de suprimir la vida de todos los aquejados de enfermedad congénita, degeneración e inferioridad atávica con la Ley para la Prevención de Descendencia con Enfermedades Hereditarias, que instauraba ‘Tribunales de Salud Genética’. También se les prohibió a estos enfermos o minusválidos el matrimonio con los ‘sanos’.

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Niño liberado de Auschwitz

Una vez empezada la guerra, Hitler en persona ordenó el programa Aktion T4, el asesinato de los enfermos mentales. Aunque su aplicación se detuvo debido a las protestas de las familias y de algunos dirigentes eclesiásticos, como el obispo católico Clemens Graf von Galen, entre enero de 1940 y agosto de 1941, ocasionó la muerte de entre 70.000 y 90.000 alemanes que, según la propaganda nazi, llevaban "una vida indigna de ser vivida".

De acuerdo con este proceso de lentos avances, las leyes raciales que excluyeron a los judíos alemanes de su ciudadanía y los fueron despojando no sólo de sus bienes, sino (más importante) de su dignidad de seres humanos, las aprobó el partido nacional-socialista, más tarde, en 1935.

La liberación de la profesión médica

Los campos de exterminio y los programas de esterilización y eutanasia no habrían podido aplicarse sin los médicos.

El principal elemento que, en opinión de Rees (El oscuro carisma de Hitler), explica la subyugación que ejercía el Führer sobre sus súbditos, incluso los más formados y ricos, es decir, los que podrían resistirse a sus encantos, residía en

ofrecer a sus seguidores una poderosa sensación de liberación. No sólo liberación de la traumática pérdida de la Primera Guerra Mundial y la humillación de Versalles, como hizo en sus primeros años en la Cancillería, sino de la limitación de cualquier constricción convencional. (…) fue la profesión médica alemana de los años treinta la que más experimentó una sensación de libertad gracias a la presencia de Adolf Hitler.

La profesión médica, una de las más respetadas en Alemania como prueba que en 1939 más de la mitad de los universitarios la estudiaran, se adhirió sin apenas resistencia a los planes nazis. Casi la mitad de los médicos alemanes eran miembros del NSDAP y muchos de ellos, subraya Rees, aprobaban sus políticas raciales, como la esterilización obligatoria.

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Ésta ya era legal en países democráticos, como Suiza (desde 1928), Suecia, Noruega y más de la mitad de los estados de Estados Unidos, donde se autorizaba su aplicación a ciertos enfermos mentales, pero fueron los nazis quienes la llevaron a una escala industrial.

A diferencia de parte del generalato, subraya Rees, la cúpula de la profesión médica alemana no opuso resistencia a la voluntad del Führer. Descargó a los médicos de códigos morales y legales, y, además, les concedió poder y ascensos. Tal como destaca el profesor Richard Evans, amparados por las leyes del Estado bio-político, esos profesionales podían satisfacer su curiosidad científica realizando investigaciones y experimentos con personas de manera impune:

Hay gran cantidad de puestos de trabajo en el ejército, las fuerzas armadas y la SS para el personal médico. Se crean institutos de higiene racial en todas partes, e impera cierta arrogancia, pues consideran que pueden experimentar con personas que ellos juzgan racialmente subhumanas o inferiores en un aspecto u otro, como los delincuentes y los prisioneros de los campos de concentración.

Auschwitz fue liberado hace ochenta años y la máquina de exterminio nacional-socialista alemana quedó expuesta al asombro y la vergüenza del mundo (aunque el Gulag se extendiera a Europa Oriental). Sin embargo, algo del Estado biopolítico que concibió y perpetró ese genocidio ‘científico’ permanece entre nosotros. Por ello Brunetaeu advierte "la inquietante dimensión moderna del nazismo y, por tanto, (…) las relaciones del Holocausto con una cierta modernidad occidental, alejándonos del tópico tan tranquilizador de un «regreso a la barbarie»".

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