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Pedro Fernández Barbadillo

Balmis, el Elcano de los médicos

La proeza del médico, botánico y militar alicantino Francisco Javier Balmis solo es comparable a la de Juan Sebastián Elcano. Dirigió la primera campaña de vacunación mundial, que quedó casi olvidada en España en los siglos XIX y XX.

Pedro Fernández Barbadillo
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La proeza del médico, botánico y militar alicantino Francisco Javier Balmis solo es comparable a la de Juan Sebastián Elcano. Dirigió la primera campaña de vacunación mundial, que quedó casi olvidada en España en los siglos XIX y XX.
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El Ministerio de Defensa ha puesto el nombre de Operación Balmis al dispositivo para luchar contra la propagación del coronavirus. Aplaudo la elección. Francisco Javier Balmis fue un médico alicantino y, ahora que se reparte con tanta ligereza el calificativo de héroe, uno de verdad.

En mi libro Eso no estaba en mi libro de historia del Imperio español (Almuzara) cuento su proeza y lo comparo con Juan Sebastián Elcano, ya que ambos dieron la vuelta al mundo, con las diferencias de que Balmis viajaba con capitanes que conocían las derrotas y, además, lo hizo para difundir la vacuna de la viruela.

Francisco Javier Balmis Berenguer, médico, botánico y militar, nació en Alicante el 2 de diciembre de 1753 y falleció en Madrid el 12 de febrero de 1819. Dirigió la primera campaña de vacunación mundial, la cual quedó casi olvidada en España en los siglos XIX y XX. Un símbolo de la decadencia de un pueblo enredado en querellas internas, fueros, utopías, revoluciones y oposiciones administrativas. Por fortuna, a partir de su segundo centenario, en 2003, se empezó a recuperar y desde entonces se le dedican libros, investigaciones simposios, monumentos y novelas (y hasta una abominable película, de la que no vamos a decir nada más).

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La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna zarpó de La Coruña el 30 de noviembre de 1803 en la corbeta María Pita, con la misión de divulgar en el Imperio español de América y Asia la vacuna antivariólica recién descubierta por el inglés Edward Jenner.

La viruela ha matado a cientos de millones de personas hasta su erradicación en el siglo XX. El rey Luis I de España murió de ella en 1724; también uno de los hijos de Carlos IV. Este monarca recibió la petición de ayuda de Bogotá, donde se había declarado un brote muy fuerte de esta enfermedad. Otros imperios han dejado que los súbditos de sus colonias murieran de hambre, como el supuestamente civilizado y siempre demasiado glorificado inglés hizo en Irlanda y la India.

Balmis contó como subdirector con el catalán José Salvany Lleopart, el cirujano y también médico militar, que dejó su cómodo destino en el Real Sitio de Aranjuez. Otros miembros fueron dos ayudantes cirujanos, Manuel Julián Grajales y Antonio Gutiérrez Robredo; la directora de la casa de expósitos de La Coruña, Isabel Zendal, con su hijo; y 22 huérfanos gallegos. En los niños que se sabía no habían pasado la viruela, y por tanto no habían desarrollado anticuerpos, se inoculaba la vacuna para mantenerla viva. Por ello, en cada etapa había que dejarlos y recibir nuevos niños. También instalaban juntas de vacunación, para proseguir la obra.

El Imperio español vacuna a sus enemigos

Su primera escala fue en Santa Cruz de Tenerife. De Canarias, fueron al Caribe. En Caracas, el 8 de mayo de 1804 la Expedición se dividió. Balmis y sus compañeros, con Zendal, se desplazaron por el virreinato de Nueva España y después atravesaron el Pacífico en el galeón de Manila, la ruta transoceánica más larga del mundo. Zarparon de Acapulco el 7 de febrero de 1805 en el Magallanes (menuda casualidad) y arribaron a la capital de las Filipinas el 15 de abril.

Un sector de la Expedición acudió con la vacuna a las Bisayas, cuyos nativos eran enemigos de España, hasta que asombrados por la generosidad de los españoles aceptaron la paz. Balmis, por su parte, pasó en septiembre a las ciudades chinas de Cantón y Macao.

Mientras preparaba el retorno a España, el médico alicantino reunió cientos de dibujos de la flora asiática y una veintena de cajones con plantas vivas que luego depositó en el Real Jardín Botánico de Madrid. El gobernador de Filipinas le gestionó un pasaje en un mercante portugués, Bon Jesús de Alem, cuyo precio de 1.550 pesos anticipó Balmis.

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El buque zarpó en febrero de 1806 y en junio atracó en la isla de Santa Elena, colonia británica cuyos habitantes sufrían frecuentes casos de viruela debido a los viajeros que venían de Oriente, a pesar de lo cual no se les había transmitido la vacuna. Aunque España y Gran Bretaña estaban en guerra desde 1804, Balmis procedió a diversas inoculaciones.

Por fin, desembarcó en Lisboa el 14 de agosto y el 7 de septiembre dio cuenta personalmente a Carlos IV de su odisea. La Gazeta de Madrid alabó la expedición diciendo que de ella "no hay ejemplo en la historia".

Salvany muere por agotamiento

El segundo grupo de la Expedición, dirigido por Salvany, acompañado de Manuel Julián Grajales, Rafael Lozano y Basilio Bolaños, se encargó de difundir la vacuna en América del Sur. El médico catalán, cuya salud fue empeorando, murió en Cochabamba en julio de 1810. Tan tarde como en 2015 se colocó una placa en la iglesia de San Francisco, donde está enterrado.

Zendal y su hijo realizaron el tornaviaje y se quedaron a vivir en Nueva España.

Balmis se negó a prestar el juramento que exigía a los españoles el invasor José Bonaparte y se unió a la Junta de resistencia. No disponemos del diario de la Expedición escrito por su jefe, porque los invasores franceses lo destruyeron en Madrid. ¡Oh, los ilustrados, cuánto daño han hecho!

Después de la guerra de la Independencia, Fernando VII le premió con el cargo de cirujano de cámara, que conservó hasta su muerte.

A Balmis hay que recordarle siempre, porque demuestra que el español es un pueblo negado para la ciencia, como sostiene la ‘leyenda negra’, y porque prueba que los hombres, con la ayuda de Dios, podemos vencer a las pestes.

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