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Pedro Fernández Barbadillo

Por qué nos lavamos las manos

Benito Mussolini, apologeta de la violencia, afirmó en un discurso poco antes de la Segunda Guerra Mundial que “la guerra es para el hombre lo que la maternidad para la mujer”.

Pedro Fernández Barbadillo
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Benito Mussolini, apologeta de la violencia, afirmó en un discurso poco antes de la Segunda Guerra Mundial que “la guerra es para el hombre lo que la maternidad para la mujer”.
Cordon Press

El sistema político, partitocrático, académico y mediático que empezó a formarse después de la Segunda Guerra Mundial y algunos han dado en denominar de manera genérica como ‘socialdemocracia’ ha recibido golpes demoledores en los últimos años.

La caída del bloque socialista en Europa hundió la condición de clase moralmente superior de la izquierda (con la excepción de España). La desaparición de la industria y de la clase obrera ha llevado a los partidos de izquierdas a volcarse en el feminismo y los inmigrantes y a inventarse nuevos asuntos, como el calentamiento global. La crisis financiera de 2008 y la caída de la natalidad han convertido en inviable el Estado de Bienestar. El ascenso de partidos populistas (el populista, como el fascista, siempre es el otro) y verdes se ha hecho a costa del electorado de los partidos socialistas. Las redes sociales han roto el discurso de los medios de comunicación tradicionales (periódicos de papel y televisiones), que ya no controlan la opinión pública.

La epidemia de coronavirus 19 va a suponer un terremoto en el sistema académico. Conductas negacionistas de la realidad como las del doctor Fernando Simón están destruyendo el renombre (ya escaso) de la universidad y de los ‘expertos’ como técnicos a los que se obedece sin rechistar.

El descrédito de los ‘expertos’

Simón aseguró el 31 de enero: "Nosotros creemos que España no va a tener, como mucho, más allá de algún caso diagnosticado". Y a la vez que apoya el confinamiento de la población para no difundir el contagio aprueba el incumplimiento de éste por parte de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. Su última contradicción ha consistido en plantearse la obligación de uso de mascarillas por toda la población cuando hace un mes dijo lo contrario: "No tiene sentido que los ciudadanos sanos usen mascarilla".

Si al buscar en la historia comparaciones o precedentes con la actual pandemia, muchos hemos citado la epidemia de gripe de 1918-1920, también podemos encontrar en los mismos años posteriores a la Gran Guerra similitudes con el derrumbe del orden político, económico, cultural e ideológico. El fracaso de las clases dirigentes europeas en 1914 y el asco de las nuevas generaciones, sobre todo las que se desangraron en los campos de batalla, cimentaron la irrupción del comunismo, de los fascismos y de las corrientes filosóficas de culpabilidad absoluta del hombre blanco.

Sin embargo, la resistencia de los establecidos a aceptar nuevas ideas es algo consustancial a los seres humanos, y da igual que se trate de campesinos incultos del centro de África que de premios Nobel. El consejo de lavarnos y desinfectarnos las manos, que ahora nos parece de cajón para evitar la infección y la transmisión del coronavirus 19, fue muy criticada por parte del primer médico que la planteó como una exigencia para la profesión y un deber para con los pacientes.

Este médico fue el húngaro Ignacio Felipe Semmelweis (1818-1865), que descubrió los beneficios de la desinfección en los partos.

Las fiebres puerperales

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Felipe Semmelweis

A los 26 años de edad, Semmelweis aprobó el examen para el grado de doctor en obstetricia. A continuación solicitó plaza de meritorio en la clínica del profesor Johann Klein, un establecimiento público en el barrio vienés de Allgemeines Krankenhaus, que tenía unas 160 camas para atender a parturientas.

Entonces, la mayoría de los partos se realizaban en las casas y sólo unos pocos en los hospitales. En estos últimos, la mortandad de las madres y los hijos era muy alta. Benito Mussolini, apologeta de la violencia, afirmó en un discurso poco antes de la Segunda Guerra Mundial que "la guerra es para el hombre lo que la maternidad para la mujer".

La lista de causas era larga y pintoresca: la abundancia de leche materna; las depresiones (en mujeres solteras); la dieta; la brusquedad de los médicos extranjeros (según los médicos vieneses); la campanilla del sacerdote que llevaba los últimos sacramentos a las moribundas, porque provocaba ansiedad; los "miasmas"; las emanaciones "cósmicas" y "telúricas"; etcétera.

Semejante ignorancia entre los médicos era muy frecuente hasta finales del siglo XIX: el escorbuto se achacaba a los miasmas del mar o el hacinamiento de las tripulaciones, cuando consiste en una avitaminosis por falta de vitamina C. Los españoles descubrieron cómo curarlo, pero desconocían su origen.

A Semmelweis le corresponde la gloria de haber desarrollado la etiología de las fiebres puerperales y una cura.

De la ‘morgue’ a la sala de partos

En el hospital Allgemeines Krankenhaus, dependiente de la universidad, se daba la formación más avanzada de Europa a las comadronas, que estudiaban junto con los médicos. En 1840, el doctor Johann Klein propuso la división del hospital en dos para separar a las comadronas, a las que despreciaba, de los universitarios.

La división se realizó en 1844 y a partir de ese momento la mortandad se disparó, pero sólo entre las parturientas atendidas por los estudiantes. En los meses siguientes, en la clínica de las comadronas, la mortandad obstétrica, casi toda debida a la fiebre puerperal, cayó por debajo del 3%, mientras que en la clínica de los universitarios superó el 18%. La epidemia casi no afectaba a las mujeres que daban a luz en la calle y acudían en carruaje. Además, la tasa entre las pacientes particulares (de pago) de Klein era inferior al 1%.

¿Cómo unos miasmas invisibles e inodoros podían ser los responsables de semejante mortandad y en un ala concreta? ¿No sería un agente externo? El gran descubrimiento de Semmelweis consistió más en la comprobación de horarios y rutinas que en la observación clínica. La diferencia entre ambas secciones residía en la sala de autopsias.

Mientras que los estudiantes pasaban directamente de diseccionar cadáveres a atender a las parturientas, ni las comadronas ni sus tutores se acercaban a ella. Semmelweis pensó que la muerte la portaban unas "partículas cadavéricas" que no se limpiaban con el agua y el jabón que usaban. En mayo de 1847, consiguió que Klein le permitiese exigir a los médicos y estudiantes que entrasen en las salas para examinar a las pacientes que se lavasen y cepillasen las manos y los dedos con una solución de cal clorada. Después del examen a cada paciente bastaba con agua y jabón.

Los efectos fueron sorprendentes. En abril de ese año, de 312 pacientes fallecieron 57, un 18,2%; en mayo, la mortandad fue de un 14,7%; en junio cayó a un 2,38%; en julio a un 1,83%; y en agosto a un 1,2%.

En octubre, de las 12 mujeres de una fila de camas y examinadas el mismo día, 11 contrajeron la fiebre y murieron. Semmelweis examinó a la única superviviente: tenía cáncer de útero y había sido la primera examinada. De su cuerpo manaba una leucorrea maloliente, que los universitarios no habían eliminado de las manos con el jabón.

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En consecuencia, exigió la misma desinfección que se aplicaba a la entrada de la sala de nuevo después de examinar a cada paciente. Sus colegas le acusaron de estar obsesionado con teorías infundadas y adujeron que la excesiva limpieza perjudicaba su piel y su tacto. La vida de las pacientes no importaba tanto como las manos de los médicos.

En noviembre y diciembre, hubo un repunte de muertes: 10 y 8 respectivamente. Semmelweis descubrió que el paciente cero era una embarazada que había ingresado con artritis supurante en una rodilla. En cuanto la mujer se marchó con su hijo sano, el índice de mortandad cayó al 1%. La causa en esta ocasión eran las emanaciones de la rodilla de la parturienta, que impregnaban el aire de toda la sala.

Muerte por una septicemia

Semmelweis empezó a difundir sus descubrimientos mediante conferencias y cursos, y ayudado por algunos de colegas y profesores, pero no escribió ningún artículo científico.

Como suele ocurrir siempre con las novedades, gran parte de la comunidad médica de Austria rechazó el descubrimiento. Peor fue la reacción de la Royal Society y la profesión médica británicas a la documentación por Edward Jenner, un médico rural, de la inmunización a la viruela mediante inoculación de pústulas de ésta: no sólo se negó validez al procedimiento, sino que se atacó como peligroso. Jenner tuvo que publicar a su costa el folleto donde explicaba su experimento. En cambio, en España se conoció, se tradujo y se difundió en la Real Expedición Filantrópica de la Viruela.

Desalentado, Semmelweis abandonó Viena. Al húngaro no le benefició su carácter. En 1860 publicó un libro con sus investigaciones, pero en él llamaba asesinos a los médicos que rehusaban aplicar sus métodos. Acabó perdiendo la razón y muriendo de una sepsis.

Por fortuna, sus descubrimientos no se perdieron y hoy es reconocido como el ‘salvador de madres’. Gracias a él, sabemos de la importancia de lavarnos las manos para conservar la salud.

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