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Pedro Fernández Barbadillo

El confinamiento de Sarajevo, fracaso de Europa

Aunque los separatistas de Europa Occidental sueñan con convertirse en una nueva Suiza lo probable es que acaben pareciéndose a Bosnia-Herzegovina.

Pedro Fernández Barbadillo
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Aunque los separatistas de Europa Occidental sueñan con convertirse en una nueva Suiza lo probable es que acaben pareciéndose a Bosnia-Herzegovina.
Un hombre cruza una de las plazas de la ciudad, para ponerse a salvo de los disparos | Christian Maréchal - Wikicommons

Muchos europeos consideran que viven en una especie de Comarca de los hobbits, donde no se trabaja y el dinero lo dan Estados generosos después de quitárselo a los malvados ricos. Si la guerra embrutece y animaliza a las personas, la paz las puede idiotizar y abotargar. En estos días hemos tenido ejemplos como el de la agitadora izquierdista chilena Carolina Cox que se ha dado cuenta de que en su amada Cuba socialista no hay ni jabón ni papel higiénico y ha exigido al Gobierno democrático chileno, al que quiere derrocar, que le mande un avión militar.

Desde que concluyó la guerra civil griega desencadenada por los comunistas obedientes a Stalin (1946-1950), en Europa Occidental se vivió en paz, aunque bajo la amenaza de un ataque militar del Pacto de Varsovia. Las mayores matanzas las cometieron grupos terroristas con bombas en estaciones de tren o restaurantes. El privilegio de haber disfrutado de varias décadas de paz se rompió cuando en 1991 la desmembración de la república federativa socialista de Yugoslavia (cuya Constitución reconocía el derecho de autodeterminación de las nacionalidades y repúblicas que la componían) provocó varias guerras, limitadas en el espacio, pero que dejaron 150.000 muertos y seis nuevos estados.

La imposible convivencia en Bosnia

Después de las guerras de Eslovenia y Croacia, la violencia se trasladó a Bosnia, un territorio de 50.000 kilómetros cuadrados en el centro del país. Sus casi 4,5 millones de habitantes se dividían, por lealtades elegidas, en bosnios (43,7%), serbios (31,3%), croatas (17,3 %) y yugoslavos (5,5%). La cultura y la religión de cada grupo era distinta: los bosnios eran mayoritariamente musulmanes, los serbios, cristianos ortodoxos y los croatas católicos. Y cada comunidad asentada en Bosnia tenía objetivos diferentes: los serbios y croatas deseaban incorporar los territorios que controlaban a sus respectivas repúblicas, mientras que los bosnios querían un Estado propio como sus vecinos.

Cuando a principios de 1992 se llegó a un alto el fuego en Croacia, unos meses después estalló la esperada guerra en Bosnia. En marzo, se votó en un referéndum de independencia, boicoteado por los serbios. Las Comunidades Europeas reconocieron la independencia de Bosnia-Herzegovina en abril, como ya habían hecho antes con las de Eslovenia y Croacia, debido a las presiones de Alemania que había actuado sola y, además, había amenazado a sus supuestos socios europeos para que le imitasen con amenazas incluso de retirar los fondos comunitarios.

El Gobierno bosnio presidido por el musulmán Alija Izetbegovic, se presentó al mundo como partidario de un país multiétnico y multicultural, donde todos convivieran pacíficamente. Ni muchos musulmanes creyeron en ese proyecto, pero, por torpeza o para justificar la propaganda, el Gobierno apenas había preparado unas fuerzas armadas para oponerse a los serbios o al menos defender su capital.

El Ejército federal yugoslavo que se retiró de Croacia (salvo de las comarcas controladas por los serbios) se desplegó en Bosnia y colaboró con las milicias serbo-bosnias en apoderarse de más de dos tercios de esta república. La alianza entre musulmanes y croatas se rompió en la primavera de 1993 y entonces se pasó a la típica guerra balcánica de todos contra todos.

En la Segunda Guerra Mundial, mientras los alemanes perseguían a todos los partisanos yugoslavos, los italianos llegaron a dar armas a los monárquicos ‘chetniks’ para que combatiesen a los comunistas de Tito. Por eso, los británicos abandonaron a los ‘chetniks’, dirigidos por Mihailovic, y trasladaron su apoyo a Tito. Además, debido a la existencia de una Croacia independiente, varios miles de croatas y musulmanes bosnios se alistaron en unidades alemanas.

Casi 1.500 días sitiados

El sitio de la capital bosnia, la ciudad de Sarajevo, se convirtió en símbolo de la brutalidad de las guerras yugoslavas, aunque hubo otros lugares más castigados, como los sitios y matanzas perpetrados por los serbios en Srebenica y Zepa. Sarajevo, donde en 1984 se celebraron los Juegos Olímpicos de Invierno y en 1914 unos nacionalistas serbios asesinaron al heredero del Imperio austro-húngaro, tenía entonces poco más de 500.000 habitantes.

El cerco comenzó el 5 de abril, en cuanto se proclamó la independencia de Bosnia. En seguida los serbios, con armamento del Ejército federal, cortaron las comunicaciones y los suministros de agua y luz y dominaron los montes que rodean la ciudad, pero no pudieron tomarla. En junio, la ONU envió un millar de cascos azules para abrir el aeropuerto. Fue entonces cuando aparecieron los francotiradores y los morteros serbios, que se cebaron en los civiles.

Los sucesos más impresionantes ocurrieron en el mercado de Merkale, bombardeado en 1994 y 1995 con morteros. En el primer ataque murieron 68 personas y en el segundo 43. La finalidad de los serbios era forzar una ‘limpieza étnica’ de bosnios y croatas que dejase Sarajevo en sus manos.

La gente abandonó los barrios y las viviendas más expuestos y muchos pasaron a vivir en sótanos. Entre marzo y julio de 1993, se construyó en Sarajevo un túnel de casi 800 metros de longitud para llegar al aeropuerto, controlado por la ONU. A través de él circularon tropas, civiles, alimentos y armamento.

El sitio, en el que murieron más de 5.000 civiles, 7.000 soldados bosnios y 2.000 militares serbios, empezó a concluir debido a la intervención militar de la OTAN, con permiso de las Naciones Unidas, provocada por la segunda matanza en el mercado de Merkale. Los bombardeos de las fuerzas aéreas de la OTAN sobre los serbios les obligaron a retirarse.

El Gobierno bosnio declaró la conclusión del sitio el 29 de febrero de 1996. Junto a los soldados, se marcharon de Sarajevo unos 70.000 serbios, que se trasladaron a la llamada República Srpska, el territorio controlado por los serbios y que ocupa casi la mitad de Bosnia.

En Sarajevo, como en las guerras de Yugoslavia, las organizaciones multilaterales demostraron su ineficacia al mundo entero. Una lección que los europeos no han aprendido.

El otro famoso sitio militar ocurrido en el siglo XX en Europa fue el de la ciudad de Leningrado por las tropas del Eje entre septiembre de 1941 y enero de 1944. Aunque éste duró menos de 900 días, frente a los más de 1.400 días del de Sarajevo, la mortandad fue inmensamente superior. Stalin se negó a evacuar a la población civil, aunque dispuso de tiempo suficiente para hacerlo, y la dejó encerrada en la ciudad. Murieron más de un millón de civiles: por bombardeos, hambre, frío, castigos de la NKVD. Y hasta hubo bandas de caníbales que mataban a otros habitantes para comérselos.

Más pobres que antes de la independencia

¿De qué han servido la guerra y la independencia a la mayoría de las antiguas repúblicas yugoslavas? Bosnia, Montenegro, Kosovo y Macedonia tienen rentas per cápita menores que las de Ecuador y Botsuana y también que la serbia. Sólo Croacia y Eslovenia, con una renta per cápita de 26.000 dólares (la española supera por poco los 30.000 dólares), la mayor de los Balcanes, han salido hasta cierto punto beneficiados de la desmembración de Yugoslavia. Ambos son miembros de la UE y la OTAN. Pero los demás, sobre todo los cuatro primeros citados en este párrafo, son tan soberanos como uno de esos archipiélagos de Oceanía con asiento y bandera en la ONU. Son mendigos de la ayuda internacional y si la crisis causada por el corona virus obliga a la UE a dejar de transferirles dinero caerán en la miseria.

La independencia es muy cara. Aunque los separatistas de Europa Occidental, escoceses, catalanes, flamencos o gallegos, sueñan con convertir su paisito soñado en una nueva Suiza lo más probable es que acabe pareciéndose a Bosnia-Herzegovina. Entre 2013 y 2018, unos 170.000 ciudadanos de esta republiquita tuvieron que emigrar para ganarse la vida.

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