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Pedro Fernández Barbadillo

El dinero del Vaticano quema al que lo toca

El papa Francisco ha recibido con frialdad la absolución del cardenal australiano George Pell, acusado de abusar de dos monaguillos de 13 años a mediados de los años 90.

Pedro Fernández Barbadillo
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El papa Francisco ha recibido con frialdad la absolución del cardenal australiano George Pell, acusado de abusar de dos monaguillos de 13 años a mediados de los años 90.
El cardenal australiano George Pell en Roma en 2008 | Cordon Press

Los directores de cine y novelistas que gustan de los argumentos en que un inocente es condenado de manera injusta a la cárcel o incluso a la pena de muerte tienen una historia real en la que inspirarse que recuerda a Yo confieso, de Alfred Hitchock: un sacerdote a punto de ser condenado por un delito que no ha cometido.

El caso real consiste en todo un cardenal de la Iglesia católica condenado y encarcelado durante trece meses, con dos elementos que aumentan todavía más su atractivo: una llamativa insistencia de la Policía en inventar y rastrear pruebas en un país hostil al catolicismo y una conspiración que desea dar un escarmiento al sacerdote.

Una condena sin base

La Semana Santa trajo un regalo al cardenal australiano George Pell, de 78 años de edad. El Tribunal Supremo de Australia revocó por unanimidad la sentencia que le condenaba a seis años de cárcel por cinco casos de abuso sexual a niños, confirmada el año pasado por un tribunal de apelación (dos votos contra uno). Sólo había una prueba y era la declaración ante la Policía de una de las víctimas, a la que el abogado defensor del cardenal no pudo interrogar en el juicio.

Tanto la investigación policial como el proceso judicial destacan por sus irregularidades y hasta por la violación de la lógica. Se le acusaba a Pell de haber abusado de dos monaguillos de trece años después de haber celebrado misa en la catedral de Melbourne en 1996 y 1997. Por la descripción del lugar en que los delitos se cometieron y el momento era imposible, debido al barullo de personas por la sacristía.

Confluyeron en la condena un "esfuerzo extraordinario" de la Policía del estado de Victoria en inculparle, como declaró el mismo Pell; el sentimiento de culpa y vergüenza en gran parte de la sociedad australiana por el trato discriminatorio dado a los aborígenes en el siglo XX; la base protestante del país, que, como en todos los anglosajones, recela de los católicos; y el malestar con la Iglesia debido a los casos de pederastia cometidos por clérigos.

Y también se señala otro factor del que nos ocuparemos a continuación. Pero cuando alguien nos ponga a los países anglosajones como ejemplo de respeto a la justicia y a los derechos de los detenidos, recordemos el juicio de George Pell.

Frialdad del Vaticano

Ha llamado la atención la frialdad con que el Vaticano en general y el papa Francisco en particular han recibido la absolución de Pell, que formaba parte del grupo de nueve cardenales al que el papa encargó la reforma de la curia. Un comunicado frío en el que se insiste en el compromiso del Vaticano con la erradicación y persecución de los abusos sexuales, sin mencionar siquiera la necesidad de respetar la presunción de inocencia por parte de policías, jueces y periodistas.

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Entre los vaticanistas, ese grupo de descifradores de señales y gestos que ha sobrevivido a los kremlinólogos de la época de la URSS (ya se sabe que la Iglesia tiene los siglos contados), la causa las desgracias de George Pell se encuentran en las finanzas del Vaticano.

Todo aquel que ha intentado limpiar ese establo de Augías ha caído. El Instituto para las Obras de Religión (IOR), origen y núcleo de las finanzas vaticanas, lo fundó Pío XII en 1942, durante la Segunda Guerra Mundial, con la intención de disponer de una entidad financiera independiente que prestase servicio a las órdenes religiosas y permiteser el movimiento de capitales al margen de otros Estados, sobre todo de aquellos que pretendían la destrucción de la Iglesia, como el III Reich o la URSS.

Caen uno tras otro

Con el paso del tiempo, las finanzas vaticanas se han ido haciendo más opacas. La supuesta apertura al mundo que realizó el Concilio Vaticano II no alcanzó al IOR, que en los años siguientes creció en poder, personal, capital y secretismo.

En los años 80 estalló el escándalo del Banco Ambrosiano, en el que tenía una gran participación el IOR. El presidente del Ambrosiano, Roberto Calvi, apareció ahorcado en Londres. El arzobispo Paul Marcinkus, presidente del IOR de 1971 a 1989, fue reclamado por el Estado italiano para procesarle por delitos financieros, pero el Vaticano le protegió y falleció en 2006 como coadjutor (auxiliar) en una parroquia en Sun City, una ciudad de Arizona de poco más de 30.000 habitantes.

Tres papas han tratado de limpiar las finanzas vaticanas y los tres han fracasado: Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco I. Los hombres que pusieron al frente del IOR o de la Secretaría de Economía o que levantaron la alfombra de las finanzas han acabado muy mal.

Monseñor Carlo Maria Viganò, conocido por haber denunciado a Francisco la red de clérigos homosexuales y pederastas incrustada en la Iglesia, fue enviado como nuncio a Washington después de su paso por la Comisión Pontificia para el Estado de la Ciudad del Vaticano (llamada el ‘Governorato’). En ésta, que gestiona incluso los Museos Vaticanos, recortó precios inflados, comisiones y derroches de tal modo que convirtió un déficit de 9,8 millones de dólares en 2009 en un superávit de 28 millones en el ejercicio siguiente. Su destierro lo causaron sendas cartas de denuncia de la corrupción interna a Benedicto XVI y al cardenal Bertone, secretario de Estado.

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George Pell posando con el Vaticano de fondo en 2014

El papa Benedicto nombró en 2009 al banquero italiano Ettore Gotti Tedeschi director del IOR, uno de cuyos objetivos era someter a ésta a las normas sobre transparencia y blanqueo de dinero que se habían difundido a raíz de los atentados del 11-S. En 2010, las autoridades italianas confiscaron 23 millones de euros del IOR por sospechas sobre su origen y en 2011 se obligó a declarar a las personas que entrasen o sacasen más de 10.000 euros de la Ciudad del Vaticano.

En 2012, el consejo directivo del IOR, formado por laicos, destituyó a Gotti Tedeschi. Según éste, la razón fueron sus planes de cambio del IOR y sus investigaciones sobre los titulares laicos de las cuentas. Benedicto XVI tuvo que aceptar la destitución.

En septiembre de 2011, el papa alemán nombró Lucio Ángel Vallejo Balda secretario de la Prefectura de los Asuntos Económicos; y en julio de 2013, Francisco le nombró secretario de la Comisión Investigadora de los Organismos Económicos y Administrativos de la Santa Sede (COSEA). En noviembre de 2015, le arrestó la Gendarmería vaticana y el Tribunal Vaticano le condenó a 18 meses de cárcel por un delito de revelación de secretos, que consistía en haber entregado documentos a dos periodistas italianos que mostraban la corrupción dentro del Vaticano.

El papa le indultó, pero después de que pasase el ‘Año de la Misericordia’ (noviembre de 2015-noviembre de 2016) encarcelado. Ahora se encuentra en la diócesis de Astorga.

¿Un Estado quebrado?

Y llegamos al cardenal Pell, nombrado por Francisco primer prefecto de la Secretaría de Estado de la Santa Sede en febrero de 2014, entre cuyas responsabilidades estaba la elaboración del presupuesto anual. Pell, con un mandato de cinco años, siguió con el proyecto de introducir en el IOR y el resto de las finanzas vaticanas las directrices de transparencia. Entonces, en Australia se le empezó a investigar por supuestos abusos sexuales a varios niños. Poco antes de concluir su mandato, fue juzgado y, en marzo de 2019, condenado a seis años.

¿Casualidad o tendencia?

La limpieza de las finanzas del Vaticano, aplazada o frenada una y otra vez por los beneficiados de su oscuridad, ahora cuenta con un acontecimiento a su favor: el coronavirus. La pandemia ha hundido el principal ingreso del pequeño Estado, que es el turismo, una merma que se une a la disminución de los donativos durante este pontificado. La esperanza radica en que la quiebra fuerce la reforma definitiva.

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