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Pedro Fernández Barbadillo

Sebastián de Aparicio, de millonario a beato

Fue una especie de Amancio Ortega del siglo XVI. De criado pasó a ser empresario y de empresario a rentista. Al final, en América, tomó el hábito.

Pedro Fernández Barbadillo
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Fue una especie de Amancio Ortega del siglo XVI. De criado pasó a ser empresario y de empresario a rentista. Al final, en América, tomó el hábito.
Cuadro que representa a Sebastián de Aparicio | Archivo

El gallego Sebastián de Aparicio Prado (1502-1600) fue una especie de Amancio Ortega del siglo XVI. Nació en Gudiña, el tercer hijo de Juan Aparicio y Teresa del Prado y el primer varón. No fue a la escuela, sino que aprendió los oficios del campo y el catecismo. Adolescente, emigró al sur para ganarse la vida.

Primero a Salamanca, al servicio de una viuda joven y rica, que le requirió de amores. Luego, a Zafra, donde sirvió a Pedro de Figueroa, pariente del duque de Feria; allí, una hija de su señor también se le insinuó. Aparicio rechazó a ambas. Como ya sabía gobernar una casa y tenía grandes virtudes, pasó entonces a servir en una de las familias principales de Sanlúcar de Barrameda. En los siete años siguientes, ganó tanto dinero que pudo pagar las dotes de sus hermanas mayores.

Comenzada la treintena, en 1531, el año de las apariciones de la Virgen de Guadalupe a Juan Diego, Aparicio se embarcó para la Nueva España y se avecindó en la recién fundada Puebla de los Ángeles. Allí, en vez de buscar trabajo como criado o mayordomo de alguno de sus compatriotas más poderosos, se convirtió en empresario.

Arriero de carretas gallegas

Él y un carpintero paisano suyo montaron una de las primeras empresas de transporte de América, sino la primera. Obtenido el permiso de la Audiencia Real, el carpintero construía las carretas según el modelo de su tierra y Aparicio laceaba los novillos salvajes descendientes del ganado llevado de España y los domaba para formar las yuntas de bueyes. Luego, dirigía los convoyes, buscaba arrieros y hasta diseñaba los caminos.

En 1542, Aparicio se marchó solo a México. Sólo cuatro años más tarde, se descubrieron las enormes minas de plata de Zacatecas, a 600 kilómetros al norte de la capital. La ciudad que se empezó a levantar necesitaba de todo y allí estaba el empresario gallego. Su flota de carretas circulaba entre Zacatecas y México transportando viajeros, alimentos, herramientas y mineral de plata. Incluso hizo de diplomático para persuadir a los chichimecas de que no atacasen sus convoyes. Su bondad y su honor le ganaron la amistad de estos indios tan belicosos.

A pesar del supuesto desprecio español por el trabajo manual, algunas de las grandes fortunas creadas en las Indias tuvieron su origen en una actividad tan modesta como la de arriero. A los cincuenta años de edad, a nuestro personaje le llamaban "Aparicio, el Rico". De criado, a empresario; y de empresario, a rentista. Sebastián vendió su negocio y compró una hacienda ganadera en Tlanepantla, cerca de México.

Pero en vez de dar fiestas y derrochar, atendía a todos los pobres y viajeros que se le acercaban. Vestía con modestia, comía lo mismo que sus criados y dormía sobre un petate; además, rezaba el rosario a diario. Pero también tuvo que soportar riñas del párroco franciscano por no saber decir las oraciones.

En seguida, varios "amigos" se acercaron para proponerle que se casara y buscarle una chica que le conviniera. Casó dos veces con sendas jovencitas que murieron en cuestión de meses. De ellas, dijo el casto viudo que "había criado dos palomitas para el cielo, blancas como la leche".

Con las clarisas y los franciscanos

Con setenta años, "Aparicio, el Rico" descubrió su verdadera vocación: la de consagrado. Su confesor le propuso que ayudara a las clarisas recién instaladas en México y Sebastián no sólo les dio dinero, sino que además se puso a su servicio como donado, portero y mandadero. A finales de 1573, donó a las clarisas ante notario toda su fortuna, cuyo valor rondaba los 20.000 pesos, y él solo se reservó mil pesos por consejo de su confesor por si no perseveraba.

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'La visión de Sebastián de Aparicio', de Maella

En junio de 1574, tomó el hábito franciscano en el convento de la orden en México y se dedicó a los trabajos más humildes, como barrer y cocinar. Cabe imaginar el asombro de todos los que conocían a uno de los hombres más ricos de la Nueva España verle renunciar a sus bienes para someterse a la disciplina franciscana.

El noviciado no fue agradable, pues los franciscanos dudaban de si podría aguantar a su edad la dureza de la regla. Pero, como escribió Santa Teresa, "la paciencia todo lo alcanza". El 13 de junio de 1575, Sebastián de Aparicio ingresó en la orden franciscana. Y otro fraile firmó por él el acta, pues seguía siendo analfabeto.

Su primer destino fue el convento de Santiago de Tecali, a unos treinta kilómetros de Puebla, al que fue andando. Poco después, sus superiores le mandaron regresar a Puebla y le encargaron la misión de recorrer la región con una carreta para pedir y recoger donativos, con los que mantener el convento de las Llagas de Nuestro Seráfico Padre San Francisco, donde había más de un centenar de frailes, más los alumnos del colegio, los enfermos y los hermanos de paso.

De esta manera, "Aparicio, el Rico" se convirtió en el "Fraile Carretero". Ejerció de limosnero los últimos veintitrés años de su vida y tuvo que dormir al raso, viajar con lluvia, frío y calor… y nunca se quejó, entre otros motivos porque decía que recibía favores del Cielo.

Falleció a los 98 años, en febrero de 1600 y su cuerpo se encuentra depositado en una urna de cristal en el convento franciscano de Puebla. Era tan grande su fama de santidad que en 1603 Felipe III encargó al obispo de Tlaxcala que se escribiese su vida. Se le declaró beato en 1789.

(Páginas extraídas del libro Eso no estaba en mi libro de historia del Imperio español.)

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