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Pedro Fernández Barbadillo

Ronald Reagan: el conservador optimista

El único presidente que ha sido miembro de un sindicato encarnó una "revolución conservadora" que rompió el paradigma progresista.

Pedro Fernández Barbadillo
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El único presidente que ha sido miembro de un sindicato encarnó una "revolución conservadora" que rompió el paradigma progresista.
Ronald Reagan | Wikipedia

Como EEUU se encuentra en año electoral, damos este agosto una serie de artículos sobre sus más influyentes presidentes del siglo XX.

Los presidentes Gerald Ford (1974-1977) y Jimmy Carter (1977-1981) fueron dirigentes de transición cuya mediocridad sirvió de pedestal a Ronald Reagan (1981-1989).

Si FDR fue imprescindible para la derrota del nacional-socialismo alemán, Reagan lo fue para la victoria sobre la URSS. Ambos tuvieron en común su arte para transmitir una descomunal confianza y un arrollador optimismo entre sus conciudadanos. Después de "una generación de dudas, cuestionamientos y críticas internas" (Stanley G. Payne), Reagan restauró el sentido del idealismo y los principios consustanciales a la nación estadounidense, así como de la Presidencia como símbolo y guía. Contaba para ello con "un don misterioso para unir al pueblo norteamericano", como reconoció Henry Kissinger, que le trató.

El único presidente que ha sido miembro de un sindicato encarnó una "revolución conservadora" que no se limitó a bajar los impuestos, sino que se extendió a las ideas. La derecha se atrevía a romper con el paradigma progresista.

La derrota del 'imperio del mal'

Una de las manifestaciones fue el enfrentamiento con el bloque socialista. Reagan concluyó el período de deshielo (détente) entre EEUU y la URSS comenzado por Nixon. Puso en marcha un programa de armamento de alta tecnología, la Iniciativa de Defensa Estratégica, que acabó de arruinar a la URSS. La economía del "imperio del mal" (como lo definió con escándalo de las mentes progresistas de Nueva York, Los Ángeles y Washington) se encontraba en decadencia debido a la bajada de los precio del petróleo y era incapaz de cosechar suficiente trigo para alimentar a su población. La nueva carrera tecnológica condujo a la quiebra a la Unión Soviética.

En otro acto de inteligencia, Reagan aprovechó la necesidad de Moscú en cortar su gasto militar para pactar con Mijaíl Gorbachov, el vano dirigente soviético, una nueva reducción de armamentos.

Entre sus fracasos, el déficit fiscal y la reversión de la agenda progresista. Varios de sus nombramientos en el Tribunal Supremo, como el de la primera mujer, Sandra Day O’Connor, y sobre todo el de Anthony Kennedy, votaron a favor de las causas izquierdistas.

La renovación del conservatismo que realizó Reagan vale también para los conservadores europeos. Gracias a él, se puede ser conservador y optimista. Se puede ser conservador y persuadir a la mayoría del pueblo. Se puede ser conservador y ganar elecciones. Se puede ser conservador y cambiar la marcha de la historia. Se puede ser conservador y abrazar el futuro.

A Reagan le gustaba citar la frase de Tom Paine: "Está en nuestro poder volver a empezar el mundo". Reagan liberó a los conservadores del fatalismo y la frustración ante un mundo que parecía conducido por la izquierda hacia un precipicio. Les dio espíritu de victoria para su causa.

El fracaso de George Bush

La reputación de Reagan hizo que su vicepresidente, insulso como individuo y centrista como político, fuera elegido.

Desde 1952, ningún partido había obtenido más de dos mandatos seguidos en la Casa Blanca. George Bush (1989-1993) habría podido prolongar el ciclo republicano al menos un cuarto mandato de haber sido reelecto, pero fracasó y confirmó lo que de él había dicho Harry Treleaven, un consultor político que trabajó para Nixon y le conoció a finales de los años 60: la gente decía de él que era "una persona enormemente simpática (si bien) había una nebulosa respecto a qué lugar, exactamente, ocupaba en la situación política".

En la presidencia de Bush se produjeron los acontecimientos más espectaculares de la posguerra, como el derrumbe del Muro de Berlín, la reunificación de Alemania, la disolución del "imperio del mal" y las victorias militares en la intervención en Panamá y la guerra de Irak. Ni en 1945 EEUU había gozado de tanto poder.

El país crecía de superpotencia a "hiperpotencia". Bush podía llamarse, sin exageración, el señor del mundo y presumió de haber inaugurado un "nuevo orden mundial". Sin embargo, una crisis económica pésimamente gestionada ("Read my lips. No new taxes"), le echó de la Presidencia.

Con Bush desapareció el Partido Republicano del consenso socialdemócrata. Tal vez sea éste su mayor legado. Las derrotas de Bob Dole (1996) y John McCain (2008) acabaron de enterrar a esa élite sin más aspiraciones que las de gestionar una sociedad moldeada por el progresismo. A partir de entonces, los guerreros criados a la sombra de Reagan se apoderaron del partido y se extendieron por toda la sociedad.

La ‘Revolución de Reagan’

Dos años después del descalabro de Bush, un grupo de republicano inspirados por la obra de Reagan lanzaron el "Contrato con América", que copiaba párrafos de un discurso del presidente al Congreso, y conquistaron la Cámara de Representantes por primera vez desde 1952. Esta victoria supuso el final de la coalición de Roosevelt. Eisenhower, Nixon y Reagan no habían conseguido trasladar el respaldo popular a sus candidaturas a la Presidencia a su partido en esta Cámara. Para historiadores como Degler, esa resistencia demócrata era un resto de la coalición del 'New Deal'.

Si se habla de la "Era de Reagan" y de la "Revolución Reagan" se debe a que sus ideas y su optimismo, aparte de pervivir entre sus admiradores, también han empapado a sus adversarios. Durante la campaña de las primarias demócratas, el senador Barack Obama explicó en una entrevista cómo Reagan cambió el país:

Creo que Ronald Reagan cambió la trayectoria de Estados Unidos de una manera que Richard Nixon no hizo y de una manera que Bill Clinton tampoco hizo. Nos puso en un camino fundamentalmente diferente, porque el país estaba preparado para ello. Simplemente aprovechó lo que la gente ya estaba sintiendo, que era que queremos claridad, queremos optimismo, queremos un regreso a esa sensación de dinamismo y emprendimiento que faltaba.

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