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Gregorio Ordóñez, el día que sucumbió la historia

La exposición Gregorio Ordóñez. La vida posible llega al Palacio de Cibeles en Madrid.

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La exposición Gregorio Ordóñez. La vida posible llega al Palacio de Cibeles en Madrid.
La exposición sobre Gregorio Ordóñez, en imágenes

Veinticinco años después de su asesinato suena la voz de Gregorio Ordóñez para recordar que se metió en política "inconscientemente" siendo muy joven, porque no le "daba la gana" —esa expresión usaba cada vez que se refería al tema— ver a su "bonita tierra con un yugo, doblegada por los pistoleros de ETA, que cada día la convertían en una hoguera de barricadas y en un charco de sangre". Reconocía, años después, que si lo llega a saber "a lo mejor" no hubiese apostado por el partido que apostó, "prácticamente inexistente" en el País Vasco a mediados de los ochenta. Pero el caso es que lo hizo; y el día en que un encapuchado le voló la cabeza había conseguido llevar a su formación a ser la más votada de San Sebastián, postulándose él mismo como el presumible alcalde de una ciudad que se encontraba a pocos meses de una elecciones llamadas a ser históricas.

Al final lo único histórico fue su muerte. Así la catalogó Fernando Múgica Herzog en la carta de condolencia que le envió a su viuda. "La historia es para siempre y para todos. Y en la historia Goyo tiene un extenso lugar de honor", le dijo. Exactamente un año después, un día de lluvia y granizo, el también histórico dirigente socialista sería asesinado en la misma ciudad, delante de su propio hijo. "Esta sociedad convulsionada, donde tanto ha pesado y desgraciadamente sigue pesando la cobardía, jamás llegará a percatarse de cuánto le debemos por su enorme valor", había escrito, refiriéndose al asesinado Ordóñez. Poco después del funeral, antes de tener que huir de su casa, la hermana del dirigente popular se atrevió a descargar su rabia brevemente en una frase: "¿De verdad creen que esto ha sido orquestado por la cúpula de ETA desde Francia? La orden de matar a mi hermano salió del despacho de al lado, en el Ayuntamiento". Fernando Savater reflexionó sobre el asunto en un artículo publicado el día que se cumplían 25 años del atentado: "Si ETA no lo impide hubiera llegado probablemente a la alcaldía de San Sebastián. Algo triste y lamentable, naturalmente, todo el mundo lo siente mucho, pero que ha traído al menos un beneficio colateral: ya no es posible que el caso vuelva a darse. Mira qué bien. Como suele repetirse, las víctimas no pertenecen a ningún partido: pero está claro a cuál beneficia su inmolación". Sus líneas perfilan una idea: algunos acontecimientos se convierten en históricos, precisamente, porque impiden que se haga historia. El día que mataron a Gregorio Ordóñez, como el día en que tirotearon a Miguel Ángel Blanco, muchas cosas cambiaron. Otras, no tanto. Dos décadas después ahí continúa el parlamento vasco dominado por el nacionalismo y los herederos de ETA y Herri Batasuna. De la alternativa integradora que un día casi alcanza a descubrir un camino diferente, en cambio, quedan tumbas profanadas.

La "fórmula mágica"

Hace unos días llegó a Madrid, procedente de San Sebastián, la exposición Gregorio Ordóñez. La vida posible, que podrá visitarse en la quinta planta del Palacio de Cibeles hasta el próximo 10 de enero. En ella está reflejada la trayectoria vital de un político que resumía su cometido como el de un mero servidor público. "Primero de todo, quiero mucho a mi tierra. Y como quiero mucho a mi tierra me gustaría que estuviese lo mejor posible", suena desde las pantallas uno de los vídeos que recupera sus intervenciones. "Yo reconozco que tengo poco cariño al partido. A los partidos en general. Pienso que son los instrumentos menos malos para intentar representar a la ciudadanía. Pero en lo que creo mucho más es en la gestión diaria del ciudadano. Y el Ayuntamiento es la institución más cercana. Yo soy de los que piensa que hay que llenar de contenido a los ayuntamientos porque, como estamos tan cerca de los ciudadanos, ellos siempre deberían poder abrir nuestra puerta y entrar. Y si metemos la pata, nos gritan; y como estamos cerca, lo oímos y rectificamos". Gregorio Ordóñez llegó a un partido paupérrimo y en poco tiempo "se convirtió en el nervio que lo levantó otra vez", explican periodistas que trataron con él desde sus inicios. "Sobre todo era muy cercano. Siendo concejal, tanto en urbanismo como en turismo, recibía en su despacho a todo el que necesitase algo y se encargaba de agilizar los trámites necesarios personalmente".

Pero siendo también, como es, una de las víctimas de ETA más reconocibles, corre el riesgo de que su legado político quede reducido únicamente a su manera vehemente de posicionarse en contra del terrorismo. La exposición destaca su labor gestora, que él mismo consideraba la "única fórmula mágica" que explicaba su despegue en las urnas. "Yo creo en el trabajo diario y en la gestión del día a día. Que los donostiarras entren en el Ayuntamiento con un problema y salgan con el problema solucionado, no con dos", explicaba en una entrevista. Testimonios de vecinos recuerdan el fenómeno que se generó a su alrededor. "Mucha gente decía lo mismo: ‘Yo voto a Ordóñez, no al PP’". El discurso político dominante posicionaba al Partido Popular dentro del "españolismo", palabra despectiva que servía para hacer pasar a cualquier representante de un partido no nacionalista por alguien ajeno al País Vasco. "El PP es tan de aquí como el que más", respondía Ordóñez. "Nosotros no aspiramos a trazar una línea que separe a los nacionalistas de los no nacionalistas. Aspiramos a liderar a todo el mundo, a ser la primera fuerza". Y su manera de hacer llegar ese mensaje, según quienes tuvieron trato con él, era el ejemplo. "Yo fui muy crítico con muchas de las cosas que hizo en política y en sus intervenciones públicas, pero lo bueno que tenía Gregorio es que encajaba perfectamente las críticas. Podías comentárselas y publicarlas en el periódico, que jamás se enfadaba. Es más, luego estaba siempre disponible para tomarse una cerveza y comentar las cosas tranquilamente", recuerda el periodista Mitxel Ezquiaga de la época en la que cubrió información municipal. "Yo llegue al Ayuntamiento siendo un chaval, un completo pardillo, y de pronto me tope con un concejal que nos recibía a todos y nos enseñaba amablemente el funcionamiento de aquella maquinaria burocrática. Eso ya nos hacía ver que estábamos ante un político diferente". Sus palabras están recogidas en uno de los tres documentales elaborados por Iñaki Arteta para acompañar la exposición.

Siguiendo esa línea, la muestra repasa varias de las claves del éxito electoral "milagroso" que consiguió cosechar Gregorio para el PP de San Sebastián en muy pocos años. Desde sus campañas "imaginativas", en las que "supo rodearse de gente joven y transmitir una imagen ‘pop’, adelantándose varios años a la manera de hacer política actual", hasta su forma de encarar sus responsabilidades con "una enorme capacidad de trabajo y una campechanía que conectaba muy bien con la gente de a pie". Como ejemplos concretos pueden repasarse las páginas de prensa y los minutos de televisión que le tuvieron de protagonista, bien hablando del nuevo plan urbanístico destinado a "reconfigurar la ciudad" o bien apelando al "sentido común" para rechazar "los enconamientos nacionalistas contra las medidas pragmáticas, desarrolladas por expertos en la materia y aprobadas por el pleno con todas las garantías democráticas", como el caso del nuevo trazado de la autovía que debía conectar Donosti con Pamplona.

Testimonio permanente

A la salida de la exposición, sentada en una mesita repleta de libros que completan la información ofrecida, su viuda Ana Iribar continúa dispuesta a charlar y a seguir dando testimonio del legado de su marido. Ella completa las lagunas que hayan podido quedar después de la visita. "Lo principal que creo que tiene que quedar claro es que la faceta política de Gregorio se resume en dos vertientes: por un lado su iniciativa para ayudar en todo lo posible al ciudadano de a pie, y por el otro su valentía a la hora de romper tabús y no tener miedo de condenar el terrorismo sin maquillajes", comenta. "Hay que entender que las cosas eran distintas entonces. Había mucho miedo. En aquellos días no era tan común hablar abiertamente de estos temas. Se utilizaban eufemismos todo el rato. Pero Gregorio no se callaba. Iba directo al grano y llamaba a las cosas por su nombre".

Cosas como esas levantaron revuelo al principio, pero terminaron normalizando una nueva forma, más valiente, de enfrentarse a quienes utilizaban las armas para acallar a los disidentes. "Otra cosa novedosa que hizo fue señalar públicamente a Herri Batasuna como parte de ETA, algo que nadie se atrevía a decir pese a que eran lo mismo, como quedó demostrado después por la investigación que promovió el juez Garzón". Ordóñez, en ese sentido, se erigió como la voz a la que miles de donostiarras, hartos de la violencia, pudieron acogerse. "Él animaba a los ciudadanos a condenar abiertamente todo lo que era condenable. Siempre decía que los políticos debían ir por detrás de los ciudadanos, apoyándoles en sus iniciativas para transformar la sociedad". Todos esos elementos le terminaron haciendo "una persona muy querida en San Sebastián". Preguntada acerca de la diferencia entre votar a Órdoñez y votar al PP, Iribar responde que "cuando Gregorio llegó era impensable que el partido pudiese remontar como remontó", pero para ella la única clave estuvo en que "siempre tuvo claro que su trabajo era ayudar a todos, sin hacer distinciones de ningún tipo. Él nunca le preguntaba a nadie de dónde venía ni quién era. No le importaba con quién estaba hablando. Sólo se preocupaba por solucionar sus problemas. Por eso todos los días había colas inmensas en el pasillo que llevaba a su despacho". Su popularidad se debía específicamente a su labor de servidor de su ciudad, pero era algo que estaba ligado más a su persona que a las siglas del partido. "Tienes que tener en cuenta que votar al PP entonces no era cualquier cosa en el País Vasco. San Sebastián al menos era una ciudad grande, pero en los pueblos pequeños todos se conocen, saben a quién vota cada uno. Había mucho miedo. Para cualquier partido no nacionalista era muy difícil conseguir apoyo popular. No digamos ya para el PP".

Pese a todo, también quiere dejar claro que su marido "nunca se desligó de las siglas del PP ni fue por libre. Él no se avergonzaba de sus ideas ni rehuía las polémicas. Siempre defendió su manera de entender el mundo y se identificó completamente con el Partido Popular. Al final era una persona conservadora, muy religiosa, y se enorgullecía de ello". Lo que pasa es que no entendía la política como una cosa exclusiva de los partidos. "En sus primeros años fue expedientado por Fraga. Era algo así como el niño rebelde del PP. Después siempre defendió las listas abiertas. Que pudiese hacer política gente independiente, valiosa, ajena a los partidos pero que apostase por un proyecto político que pudiese aportar cosas buenas para todos". En resumen, "defendía que por encima de las siglas están las personas".

Pero llegó el 23 de enero de 1995 y un pistolero le descerrajó un tiro en la nuca mientras comía con gente de su equipo en La Cepa, un bar céntrico de San Sebastián situado a pocas calles del Ayuntamiento. Desde entonces la marcha del PP allí ha ido de más a menos, hasta encontrarse nuevamente en mínimos históricos. "Yo no puedo estar más de acuerdo con Savater", reconoce Iribar. "ETA asesinó a un adversario político. Su estrategia era instaurar el miedo en el votante otra vez. Gregorio fue asesinado porque el nacionalismo radical no podía soportar que un 'español' llegase a la alcaldía. Así rompió el voto. Cuando años después mataron a Fernando Buesa hicieron lo mismo con los afines al PSOE. Recuperaron el voto del miedo y el principal beneficiado, fuera de Batasuna, fue el PNV. Así son las cosas", resume. "El problema es que para revertir esa situación hace falta una lenta regeneración. Eso requiere mucho tiempo. El nacionalismo se impuso por la fuerza y todavía falta para que las cosas se normalicen".

El asesinato de Gregorio Ordoñez rompía una tregua de más de una década en la que ETA no había atentado contra la vida de representantes públicos. A partir de entonces la "cacería política" se reanudó, con un añadido, la prensa también fue señalada y amenazada. "Antes de la muerte de Gregorio era muy difícil imaginar que se atreverían a ir a por él. Aún así todos teníamos miedo. Su propia madre se lo dijo en las últimas navidades que pasamos juntos: ‘Hijo, como sigas hablando así te van a matar’". ETA llevaba tiempo sin atentar contra políticos, y Ordóñez era el que más apoyo popular tenía en San Sebastián. "El miedo no dominaba su vida pese a que recibía amenazas constantemente. Todas las semanas aparecía una bala en su taquilla del Ayuntamiento. Sabíamos que le seguían, pero después no salía en ninguna lista. Por eso no dejó nunca de hacer vida normal". De hecho, siempre se negó a llevar escolta. "Decía que en el País Vasco cualquier persona estaba amenazada y que, por tanto, o había escolta para todos o no había para ninguno. Así era él". Ahora han pasado 25 años y la gente no se despierta con muertos en las aceras. El discurso político dominante allí no ha variado, pese a todo, y los que fueron expulsados del parlamento por defender sus ideas con las armas han regresado después de renunciar a ellas. Desde allí hablan de democracia y de lucha antifascista, pero todavía no han condenado los crímenes de la banda terrorista. Así las cosas, algunas voces se atreven a denunciar que el nacionalismo excluyente y el independentismo desintegrador continúan siendo hegemónicos gracias a un proceso de limpieza ideológica que operó durante décadas. Tampoco hacen demasiado ruido. La apuesta contraria que un día imaginó Gregorio Ordóñez murió con él, como con el resto de políticos de distintos partidos que se jugaron la vida y la perdieron por oponerse a la violencia de los intransigentes.

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