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José Ángel Mañas: "Da rabia ver lo poco que sabemos disfrutar de la riqueza de nuestra historia"

El escritor madrileño publica El Hispano, novela ambientada en el cerco romano de Numancia.

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José Ángel Mañas (Madrid, 1971) lleva tiempo fascinado por las historias de la historia. Y como el poeta, también podría decir aquello de que de todas ellas la más triste es la de España, pero no porque termine mal, sino porque pocos españoles la conocen. Después de iniciarse en el género con El secreto del Oráculo, novela inspirada en la vida de Alejandro Magno, se dio cuenta de la cantidad de acontecimientos relevantes escondidos entre los archivos redactados en lengua castellana, y se lamentó de que "no sepamos disfrutar de nuestra historia". Hace un año publicó Conquistadores de lo imposible, después de investigar todo lo que pudo acerca de las hazañas de Cortés en el Nuevo Mundo. Y ahora regresa a las librerías con El Hispano (Arzalia), texto que nace de su relación familiar con el pasado de Numancia, no en vano su padre fue el biógrafo del descubridor del yacimiento que ahora todos conocemos. Dice Mañas que todavía quedan muchas historias que contar. De la última que ha salido de su pluma, hablamos con él:

Pregunta: ¿Qué simboliza Numancia?

Respuesta: Hombre, yo siempre digo que fue un Vietnam para Roma. Es la resistencia numantina. Un emblema del valor local. Y creo que además es un ejemplo que siempre ha estado ahí. Se ha reivindicado cada vez que nos hemos visto amenazados. Quiero decir, la obra que escribió Cervantes sobre el cerco se reutiliza, pese a ser de sus textos menos conocidos, en los momentos claves de nuestra historia. Pienso en cómo se usó durante la invasión Napoleónica; o aquella versión que hizo Alberti durante el sitio de Madrid en la que los romanos pasaron a ser los italianos. Es un símbolo de resistencia nacional. Prueba lo mismo que probó el Vietnam: que cuando un pueblo dice "no", ya puedes utilizar todas las armas que tengas a tu alcance que no podrás con él. Tienes que seducirlo. Esa es la única manera de ocupar un lugar. Ofrecer un proyecto. Al final Roma era eso, ¿no? Ofrecía estar dentro del Imperio. Pero bueno. Creo que una de las cosas que demuestra este episodio es que el poder bruto o la fuerza por la fuerza no siempre es la mejor vía.

P: Pero tú le das una vuelta a ese concepto y enfatizas la figura del traidor. El libro comienza con una frase: "El niño que no sea abrazado por su tribu, cuando sea adulto quemará su aldea para poder sentir su calor".

R: Claro, es que el deber del novelista es comprender a sus personajes. También se dice que hace falta toda una tribu para educar a una persona. En el fondo es una forma de indagar en ese conflicto, porque, realmente, nadie quiere traicionar. Te tienes que sentir empujado, hasta un punto. El traidor es alguien que sufre. Luego puede tener un éxtasis libertario, claro. No hay nadie más libre que el traidor: no tiene nada que perder; lo ha perdido todo. Es como la canción de Janis Joplin: "Freedom’s just another word for nothin’ left to lose". Pero debes entenderle. Después puede no gustarte lo que hace. A priori a nadie le gustan los traidores. Pero en este caso, narrativamente, creo que aporta mucha riqueza a la novela. Todo responde a la lógica narrativa, que me va llevando a esto. Aunque también pasa una cosa curiosa: que este tampoco es el único. Quiero decir, generalmente en mis novelas todos son una panda de hijos de puta. Me tira mucho la psicología del traidor, del tipo problemático, ambiguo. Ese tipo de cosas.

P: Lo decía porque se trata de algo que te hace ver el mito de otra manera. Los numantinos resistieron salvajemente al cerco romano pero luego, de murallas para dentro, Numancia era también una ciudad que constreñía a sus habitantes.

R: Claro. Es el tribalismo. En el fondo se trata del camino del hombre que supera el tribalismo y llega a la civilización. Roma simboliza la civilización, porque de alguna forma lo es. Nosotros somos híbridos de los dos bandos. Venimos de los dos. En la historia podemos utilizar Numancia y sentirnos identificados con ella, pero también con Escipión. Somos romanos también. Lo bonito es que podamos entender los dos puntos de vista. Pero evidentemente, para entender la transición del personaje hacia Roma, debes contemplar su superación del tribalismo. Me recuerda al sistema de la educación nacional francesa, que entiende la educación como una forma de arrancarte de tus contextos tribales, regionales, etcétera, a cambio de regalarte la ciudadanía. Eso es lo que aporta Roma. Es la Ilustración de aquella época, con todas sus ventajas e inconvenientes. En la novela tenemos por una parte lo que nos vincula a Numancia —las vísceras, la lealtad, la resistencia— y por otra lo que nos vincula a Roma —la educación, las leyes, la lengua, la cultura heredada de Grecia, etcétera—. Ese es el gran conflicto: civilización o barbarie. Todos tenemos una serie de ambas. Mira por ejemplo a los suicidas islamistas. Son personas a las que, simplemente, les han activado los resortes adecuados. Pero no son diferentes del resto. Podríamos decir que todos tenemos un suicida dentro.

P: En esa línea, describes la desconfianza de los numantinos hacia el que se replantea lo que está sucediendo. Es algo que choca con los valores occidentales actuales, en los que, al menos en teoría, el pensamiento crítico tiene prestigio.

R: Sí, pero mira también cómo ensalzamos la lealtad. Nos parece un valor importantísimo. Yo creo que esa lealtad, ese cierre de filas, es algo que acaba sucediendo en todas las sociedades, hasta cierto punto. Porque hay tribalismo aún, implantado en nuestra sociedades constitucionales. Mira lo que está pasando con el nacionalismo. Nos encontramos en medio de una lucha de lealtades. No estamos haciendo otra cosa que revivir los mismos conflictos que ya se daban hace siglos. En este caso, dramáticamente, he opuesto las dos cuestiones. Pero porque funciona bien a nivel literario. El Caín contra Abel. Los dos hermanos en conflicto. Lo interesante para el lector es que pueda ir pasando de un punto de vista a otro. Ponerse en la piel del jefe numantino, o del traidor, o de Escipión, que es la encarnación del Imperio. De hecho, este Escipión, no el Africano, el nuestro, pudo haber sido dictador. Era el hombre fuerte del momento. Pero no dio ese paso. Es una característica suya que a mí me gusta mucho. Al final fue un general importantísimo. Numancia era la última piedra del zapato que le quedaba a Roma en aquel momento. Es la aldea de Astérix, pero en la realidad. La resistencia feroz que simbolizan los galos del cómic es lo que fue Numancia para la Roma de aquella época. Schulten estudió en profundidad el episodio y en sus tomos habla de unos 65.000 romanos congregados, que, con aliados, llegaron a ser hasta 150.000 en veinte años de guerra. Una barbaridad. Eso de "sólo falta una aldea que resiste y que es un quebradero de cabeza para Roma", es Numancia. Se trata de un mito total y absoluto. Lo gracioso es que no hayamos sabido explotarlo como han hecho los franceses, por ejemplo. Y ahí ya hablamos de lo de siempre: España tiene una riqueza increíble, una ristra de acontecimientos históricos apabullantes interminable, pero no sabemos verlos. Me sorprende mucho que haya tan poco sobre el cerco de Numancia en nuestra literatura o nuestro arte, la verdad. Somos muy malos vendiendo lo que tenemos. A veces da rabia ver lo poco que sabemos disfrutar de la riqueza de nuestra historia. Pérez-Reverte entendió esta carencia y supo explotarla estupendamente.

P: ¿Estamos acomplejados?

R: Pues sí. Para qué mentirnos. Yo creo que sí. Desafortunadamente, el tema de la Leyenda Negra nos tiene bastante acomplejados. Ha tenido que salir ahora el episodio de la Contraarmada británica, por ejemplo, que si no hubiese salido no la conoceríamos. Creo que sí, que hemos integrado demasiada propaganda extranjera. Y esto no se trata de hacer una reivindicación identitaria absoluta, por supuesto, pero es que hay cosas que son extraordinarias. O sea, quiero decir, todo lo que ocurrió, con las connotaciones que quieras, en la Conquista de América… es que no hay parangón. Si quieres no hables de la Conquista. Céntrate simplemente en la exploración. Todo lo que sucedió allí, literalmente, no tiene parangón. Y si hablamos ya en términos de conquista, pues sí, claro, hay muchos ejemplos históricos alucinantes. Está Julio César, está Alejandro, están los hunos… Pero es que los medios que tenían los españoles realmente, lo que consiguió Cortés con lo poco que tenía, es muy extraordinario. Así de sencillo. La Conquista de América es muy extraordinaria. Y ves después cómo han sabido utilizar los franceses la historia de Astérix el galo y alucinas. Aunque sea de una manera cómica, han conseguido formar una imagen de aquello a los lectores. Aquí, ¿tú tienes alguna imagen de lo que era un arévaco?

P: La verdad es que no.

R: Claro. Yo tampoco. ¿Cómo era un celtíbero? Bueno, más o menos puedes imaginar algo, no sabiendo muy bien cómo. Pero lo curioso es que en aquella época la importancia de esta región acabó siendo bastante relevante. Que Escipión, el africano menor, se pusiese el título de El Numantino después de conquistarla ya te dice algo. Estaba Cartago y después llegó Numancia. Punto. Es una historia muy bonita. Muy emocionante. Tremendamente dramática. Luego, si vas a visitar las ruinas, alucinas también. Yo tenía la idea, por ejemplo, de que el cerco era una empalizada, tipo Astérix. Pero qué narices. Se trata de un muro de cuatro o cinco metros por cuatro de ancho, que cubre nueve kilómetros, que atraviesa tres ríos… O sea, una obra de ingeniería salvaje. Que les costó además lo suyo. El Duero en aquella época tenía mucho más caudal. Imagínate. Intentaron poner un puente, pero no lo consiguieron. No sé si tú conocías las verdaderas dimensiones de todo el asunto. Yo no. Sabía que hubo un cerco, claro, pero no me podía imaginar la magnitud de todo lo que sucedió realmente allí. Es uno de los grandes cercos de la historia militar. Tiene una importancia que nosotros no le damos. Y ha tenido que venir Schulten para dársela. Hombre, es verdad que Saavedra fue el primero, las cosas como son. Pero después Schulten hizo un estudio alucinante. Meticuloso hasta la exageración. Y ahí caes en que otra vez vuelve a pasarnos lo de siempre. Ha tenido que venir un alemán a rescatar la relevancia histórica de Numancia. Es que manda huevos.

P: Tampoco se sabe tanto de lo que pasó. ¿Cómo trabaja un novelista con lo poco que hay?

R: Pues es cierto, tú lo has dicho. Hay muy poquito. De la recreación del cerco lo único que tenemos es lo que dejó escrito Apiano, que a su vez, se supone, se basó en un texto desaparecido de las Historias de Polibio. Lo poco que cuenta Apiano, por ejemplo, es el episodio de Retógenes con las escalas de madera. La expedición esa de unos cuantos numantinos que consiguieron escalar el muro y saltar al otro lado para buscar ayuda en poblados vecinos. Es sorprendente pero es así. Eso es completamente histórico. Habla de un contexto de nieve y frío, lo que ayuda a situar la época del año, y que lograron llegar a tres ciudades, que sólo una se atrevió a ofrecer apoyo y que acto seguido fue asediada por los romanos, que les cortaron las manos a todos los hombres. Exactamente, eso es todo lo que se sabe. Luego sabes que los numantinos lograron regresar, que intentaron en un último momento negociar una rendición pactada, que los romanos no les dejaron y que prefirieron matarse antes que subordinarse al invasor. Aunque esa última parte sí que la hemos romantizado un poco. No se mataron todos. Quedaron unos cuantos. Sí hubo prisioneros, vamos. Pero bueno, con esos elementos, bastante básicos, lo que tienes que buscar son formas de enriquecer la historia. Te vas a Cicerón, por ejemplo, El sueño de Escipión. Te vas al contexto romano, de la civilización. Te vas también a la mitología celta, que tiene ligazón. Intentas ir rellenando las lagunas mientras montas tu ficción. Te esfuerzas por ser lo más fiel posible al contexto histórico, claro, pero luego después tienes que buscar emociones y drama. Yo lo que más he disfrutado ha sido ir descubriendo los entresijos históricos que hay en torno a Numancia. Cuando fui al yacimiento me metí entre las casas y lo gocé un montón, porque sabía mucho más y tenía más capacidad de imaginar las cosas que pudieron ocurrir allí.

P: Todo te llegó, según cuentas, a través del trabajo que había realizado tu padre para escribir la biografía de Eduardo Saavedra.

R: Sí. Un libro además que quedó finalista del Premio Nacional de Historia. Pero vamos, de ese libro lo más importante son las cartas inéditas entre Saavedra y Schulten. Yo estaba muy familiarizado con la historia de Numancia por eso. Los dos eran unos monstruos. Gente muy peculiar. Si lees sus cartas te das cuenta de todo lo que sabían y su manera de trabajar la historia. Saavedra fue el primero que descubrió Numancia y que llevó a cabo las primeras excavaciones. Si les lees a ambos, cómo hablaban entusiasmados de sus descubrimientos —"¡He estado en el campamento de Escipión!", y tal— te das cuenta. Es muy bonito. No es la historia de cómo se descubrió Troya, pero bueno, es Numancia. Apareció. Ahora nos hemos acostumbrado a que esté ahí, pero es que entonces no se sabía dónde podía estar. Ellos fueron siguiendo las calzadas y el cauce del río hasta que Saavedra se topó con este cerro que podía encajar con lo que tenía en mente. Y lo encontró al fin. Algo que se había olvidado pero que allí seguía. Es algo precioso. Una vez más, historias peninsulares que no conocemos. Yo cada vez lo tengo más claro. Como decía Chéjov, si quieres ser universal háblame de tu pueblo. Es cierto. Las grandes obras, El Quijote, El gatopardo… todas tienen ese punto. El conocimiento perfecto de una realidad es lo que le acaba dando calidad a tu ficción. Mi estilo yo creo que bebe un poco de ahí. Tengo una gran influencia de los americanos, por un lado, pero luego también de la novela realista. Desde Galdós y Baroja hasta los que llegaron después, que fueron magníficos: Aldecoa, Cela, Delibes. Ese realismo de posguerra. Hay un momento mágico de la literatura en castellano que no hemos sabido valorar lo suficiente. Ahora parece que tira más lo cosmopolita y lo global. Nos vamos a China, o a Nueva York. Y no está mal, claro. Pero creo que así se pierde un punto de calidad, porque son realidades que no podemos dominar tanto como dominamos la vida de aquí. Yo siempre pongo el ejemplo de Carvalho, cuando está en Barcelona, que Montalbán se conoce a esa burguesía de arriba a abajo, sabe por dónde se mueven, a qué colegios han ido, cómo interactúan; y de repente se viene a Madrid y se pierde. O al menos esa es mi opinión. A eso me refiero yo. A lo que decía Jane Austen, que para escribir una novela basta con observar la vida de cuatro familias. Pero observarlas bien, en profundidad, y describirlas de arriba a abajo. Para mí es la base del arte.

P: Puede que sea por el tema, pero se percibe también mucha influencia de la tragedia griega y de la literatura clásica.

R: Hombre, claro. Es que Numancia tiene eso. Es la tragedia por excelencia. Es que lo que sucedió es escalofriante. Vivido desde dentro, imagínate, fue un drama que se presta mucho a ser tratado desde ese tipo de elementos trágicos. Aunque mi prosa es bastante más terrenal, también hay que decirlo. Pero bueno, a nivel de emoción sí que buscas ese tipo de cosas.

P: ¿Continuarás la historia?

R: Sí, sí. A ver, no sé aún. A mí me apetece, desde luego. Por una parte está cerrada, pero es que a mí me ha gustado mucho este personaje. Me lo he dejado abierto a mí mismo. A lo mejor no lo hago nunca, pero sí me gustaría. Roma es un tema por el que tienes que pasar en algún momento. Yo ya arranqué haciendo novela histórica con Alejandro Magno, pero era muy engorroso todo porque tenía que irme lejísimos para investigar bien, y me encontré con la limitación del idioma. Lo pasé muy mal. Ahí fue cuando decidí pasarme a la temática española, y me adentré en la Conquista. Alucinante, como he dicho, y además con la ventaja de que tienes todos los documentos en castellano. Al final yo creo que de nuestra historia existen una serie de momentos concretos que todo español debería entender. Hay que saber qué pasó en 1492, hay que saber qué pasó en 1936, hay que saber qué pasó en Numancia… Existen una serie de hitos importantes por los que hay que pasar. Roma, hombre, el idioma era el latín, pero da menos miedo que el griego, sinceramente. No tengo la sensación de que sea una tarea tan ardua. Me atrevo. Además me apetece el periodo. Porque más para adelante está todo mucho más trillado. Julio César y sus campañas, o la guerra civil. Hay demasiado ya de eso. Pero un poquito antes no está mal. Escipión, el nuestro, sin ser la superestrella que fue el Africano, sigue siendo un personaje importantísimo. Hombre, claro, es que la Segunda Guerra Púnica entre el Africano y Aníbal fue la Segunda Guerra Mundial de la época. Pero el Numantino tiene la ventaja de que es más local. Y bueno, también, como Posteguillo no llegó a tocarlo, apetece rescatarlo un poco.

P: ¿Qué otros episodios de la historia de España te apetecería novelar?

R: (Risas). Bueno, me vienen unos años intensos. Hay mucho, sí. Pero me llama bastante el año 711. Es que claro, nos gusta apreciar sobre todo el tema de la resistencia ibérica, que es verídica, pero después llega el 711 y se cae todo como un castillo de naipes. ¿Pero qué ha pasado? Es algo muy interesante. ¿Cómo puede ser? Roma tardó doscientos años en dominar la península, pero de repente llegan los musulmanes y en un abrir y cerrar de ojos se hacen con prácticamente todo. Muy, muy curioso. Aunque más allá de eso también hay otros periodos que me llaman. El Siglo de Oro es interesante. Es que si te empiezas a meter, todo tiene su miga. Tenemos una historia que es un lujazo. Lo que ha pasado en la península ibérica a lo largo de los siglos… ¿cómo no vas a aprovecharlo, siendo novelista?

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