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Pedro Fernández Barbadillo

¿Regresa la guerra al Sáhara?

Podemos encontrarnos ante la reanudación del conflicto, en el que España está involucrada, pues la ONU le reconoce como potencia administradora ‘de iure’. Marruecos tiene planes expansionistas contra nuestro territorio.

Pedro Fernández Barbadillo
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Podemos encontrarnos ante la reanudación del conflicto, en el que España está involucrada, pues la ONU le reconoce como potencia administradora ‘de iure’. Marruecos tiene planes expansionistas contra nuestro territorio.
La frontera de Guerguerat, en el extremo sur del Sáhara Occidental | EFE

El desplome de la URSS entre 1989 y 1991 tuvo entre sus consecuencias beneficiosas el fin de varios conflictos creados o animados por la Guerra Fría.

Los más conocidos son la reunificación de Alemania y el desplome del imperio colonial soviético, desde Moldavia a Tayikistán. Pero las conmociones se extendieron a todo el mundo: secesión de Eritrea y Sudán del Sur, independencia de Timor Oriental, conclusión de la guerra civil en Angola, fin del régimen del ‘apartheid’, cese del terrorismo de izquierdas en Europa Occidental y América...

Hasta el conflicto del Sáhara Occidental entró en una vía de solución con el Plan de Arreglo firmado por Marruecos y el Frente Polisario, bajo los auspicios de la ONU. El Polisario proclamó un alto el fuego en 1991 y Marruecos se comprometió a celebrar el referéndum de autodeterminación que estaba organizando España en los años 70 hasta que la ‘Marcha Verde’ (1975) y los Acuerdos de Madrid (1976) lo interrumpieron.

Alto el fuego en 1991

La situación en la antigua provincia española era la siguiente. Marruecos se había anexionado la mayor parte de ella por la fuerza, incluida la zona entregada a Mauritania y abandonada por ésta en 1979. Rabat protegía el ‘Sáhara útil’ mediante un muro y el resto del territorio estaba controlado por el Polisario. Marruecos tenía el respaldo de Francia, EEUU y Arabia Saudí. Los saharauis contaban con Argelia, en cuyo territorio (Tinduf) se refugió gran parte de la población, el bloque socialista y muchos países africanos.

Para vigilar el alto el fuego y elaborar el censo de la población saharaui, que partiría del realizado por España en 1974 y excluiría a los colonos marroquíes, el Consejo de Seguridad estableció la MINURSO: Misión de las Naciones Unidas para el Referéndum en el Sáhara Occidental. Sin embargo, el régimen alauita aplicó sus tretas de dilación y sabotaje, que tan buenos resultados le han dado desde que entró en la antigua provincia española a sangre y fuego.

En 1997, la ONU se implica tan en serio en la solución de este conflicto que nombró al ex secretario de Estado de EEUU James Baker como ‘enviado personal del Secretario General’ para el Sahara Occidental. Los Acuerdos de Houston, aprobados por el Consejo de Seguridad y las partes, incluyen el referéndum. En 1999, la MINURSO concluye el censo, que abarcaba a 80.000 personas. En este proceso, el Gobierno español de José María Aznar se adhiere al Plan Baker y colabora diplomáticamente con Argelia, lo que irrita a Marruecos.

Como ese censo no incluía a los marroquíes instalados (algunos de los cuales se temía que votaran por la separación), Marruecos rechaza continuar con el Plan de Paz. En 2000, la Organización para la Unidad Africana se convierte en Unión Africana, con la República Árabe Saharaui Democrática como miembro fundador. Marruecos estaba ausente de la OUA desde 1984 por la admisión de la RASD y sólo se incorpora a la UA en 2017.

Ante el boicoteo marroquí, Baker propone en 2000 otro acuerdo: autonomía del Sáhara bajo soberanía marroquí. El Polisario y Argelia rechazan esta propuesta, llamada ‘Plan Baker I’, que tampoco aprueba el Consejo de Seguridad. Baker presenta el que se llamó ‘Plan Baker II’: estatus de autonomía para todo el Sáhara y referéndum de autodeterminación a los cuatro años. El Consejo de Seguridad da su apoyo político al Plan pero no lo aprueba. Marruecos presenta una propuesta de “autonomía” dentro de la “soberanía” marroquí.

Caen Aznar y Baker

2004 es un gran año para Mohamed VI, que fue entronizado como rey de Marruecos en 1999, después de la muerte de Hassán II. Después de los atentados de Madrid, las elecciones generales las gana el PSOE, el partido español más promarroquí, junto con la CiU de Jordi Pujol (que llegó a captar inmigrantes marroquíes), y José Luis Rodríguez Zapatero forma gobierno. Y en junio Baker dimite debido a las sucesivas negativas de Rabat. Le sustituye en su puesto Peter Van Walsum.

A partir de entonces, Rabat, confiado en la protección de Francia y del ‘lobby’ que ha montado en España desde los años 70, actúa como si el Sáhara fuera territorio suyo. Los mandatos de la MINURSO se renuevan (la última vez en octubre pasado) sin que eso suponga avances en la solución del conflicto. En 2006, se firma un acuerdo pesquero entre la UE y Marruecos que se extiende a las aguas del Sáhara Occidental.

Aminatu Haidar

En 2007, el Consejo de Seguridad pide a Marruecos y el Polisario que negocien sin condiciones previas en Manhasset. El fracaso conduce a la sustitución de Van Walsum por Christopher Ross. Todo alargamiento del proceso beneficia a Marruecos, que sigue aplicando la violencia contra los saharauis, como la deportación de Aminatu Haidar y el desmantelamiento de un campamento cerca de El Aaiún.

El Polisario recurre a los tribunales

En 2012, el Frente Polisario aplica una de las estrategias más inteligentes y fructíferas: impugnación ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea de los acuerdos comerciales, agrícolas y pesqueros entre la UE y Marruecos. En 2018, la Gran Sala del Tribunal de la UE sentencia que los acuerdos comerciales con Marruecos sobre productos agrícolas y pesqueros no pueden aplicarse al territorio no autónomo del Sahara Occidental, incluidas sus aguas, pues tiene una condición distinta y separada de Marruecos. Se trata de uno de los reveses más duros para Rabat.

En 2016, las tropas de Marruecos rompen el acuerdo de alto el fuego y ocupan una franja de separación entre el muro de división y la frontera del Sahara Occidental con Mauritania, el paso de Guerguerat, por el que cruzan a diario unos 150 camiones marroquíes cargados con mercancías. Más tarde, unidades armadas del Frente Polisario se despliegan en el lugar y se acercan hasta a cien metros de las posiciones marroquíes. Meses después, los marroquíes se retiran.

Sin embargo, ese punto se convierte en una zona de crisis hasta estos días. Ante una protesta de civiles saharauis, el ejército marroquí ha trasladado militares a Guerguerat. El Polisario ha respondido con otro despliegue. Ha habido cruces de disparos, de modo que se considera roto el alto el fuego y la primera escaramuza en casi treinta años.

Podemos encontrarnos ante la espoleta que provoque la reanudación del conflicto, en el que España está involucrada, pues la ONU le reconoce como potencia administradora ‘de iure’, afecta a población española y la potencia ocupante tiene planes expansionistas contra nuestro territorio.

La soledad de España

Desde hace unos años, Marruecos se está rearmando. Su presupuesto militar para 2020 aumentó en un 30% respecto a 2019. La creencia generalizada en una España tibetanizada es que los blindados y los cazas se dirigen contra España, pero la realidad es que el primer objetivo son los saharauis y, por qué no, los rifeños. La monarquía alauita no puede permitirse retrocesos en la cuestión del Sáhara. El ‘majzén’ puede soportar este gasto porque expulsa a parte de su población masculina a Europa, que luego se convierte en emisora de remesas de dinero a sus familias, y porque saca dinero a España, a Francia y a la Unión Europea.

Que España esté avasallada por países del Tercer Mundo como Marruecos y Senegal debería abrirnos los ojos sobre la importancia de la voluntad política y las alianzas en la política exterior. La OTAN apoyará siempre a Marruecos (y la presencia británica en la colonia de Gibraltar) porque España “no es un socio de fiar”, como confirman los gobiernos de Zapatero y Sánchez.

Desde Carlos Arias Navarro, que aceptó entregar la provincia del Sáhara, los dos únicos presidentes de Gobierno que plantaron cara a Rabat y se separaron de la habitual política de sumisión a Marruecos fueron Adolfo Suárez y José María Aznar. ¡Y qué mal acabaron los dos!

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