Menú
Pedro Fernández Barbadillo

La coronación republicana de los presidentes

Joe Biden, Donald Trump, 20 enero, Casa Blanca, Tribunal Supremo, Presidencia EEUU

Pedro Fernández Barbadillo
0
Joe Biden, Donald Trump, 20 enero, Casa Blanca, Tribunal Supremo, Presidencia EEUU
Preparativos para la toma de posesión de Joe Biden, enero 2021 | Cordon Press

El miércoles 20 enero a mediodía acabará la presidencia de Donald Trump y comenzará la de Joe Biden (y Kamala Harris). Si le ha parecido largo este período de elección, desde la votación del 3 de noviembre pasado, tenga presente que hasta la entrada en vigor de la Enmienda XX, la fecha en que el nuevo presidente prestaba su juramento era el 4 de marzo.

Semejante convivencia entre un presidente saliente y otro entrante durante unos cuatro meses provocó disfunciones ya en el siglo XIX. James Buchanan, considerado como el peor presidente de la historia de EEUU, se negó a tomar medidas políticas y militares contra los estados del Sur que se iban separando de la Unión después de la elección de Abraham Lincoln, de modo que cuando éste entró en la Casa Blanca siete estados ya habían formado la Confederación.

Franklin Roosevelt fue elegido en 1932 para sacar al país de la Gran Depresión, pero no pudo tomar ninguna medida económica hasta marzo. La inoperancia de este requisito en los tiempos modernos persuadió a los políticos para aprobar una enmienda constitucional, la vigésima, que establecía que el mandato del presidente y vicepresidente salientes concluía el 20 de enero (el 21 si el día anterior cae en domingo) a mediodía; y también que el Congreso elegido a la vez que el Ejecutivo entraba en funcionamiento el 3 de enero. La Enmienda XX se ratificó por el mínimo de tres cuartos de los estados el 23 de enero de 1933 y se aplicó en el siguiente mandato, inaugurado en 1937.

A fin de evitar semejante interregno, el demócrata Woodrow Wilson planeó que, si resultaba derrotado en las elecciones de 1916, comenzada ya la Gran Guerra, nombraría secretario de Estado al candidato republicano, Charles Evan Hughes.

El presidente presta juramento ante el presidente del Tribunal Supremo. El vicepresidente, como muestra de la poca importancia constitucional del cargo, lo hace en otra ceremonia, mucho menos vistosa. Entonces, el nuevo gobernante suele exponer en su discurso el sentido y los objetivos de su presidencia.

Los discursos

El discurso más breve lo pronunció el general George Washington en 1793 en la sala del Senado, dentro del Capitolio: sólo 135 palabras inglesas. En cambio, el discurso más largo lo pronunció otro general, William Henry Harrison: 8.445 palabras, y eso que los políticos whigs que le habían apoyado en su carrera le redujeron la extensión. Harrison habló durante dos horas y sin abrigo un día gélido en Washington. Pilló un resfriado que a sus sesenta y ocho años de edad resultó mortal, pues falleció el 4 de abril de 1841 de neumonía. Fue el primer presidente en fallecer en ejercicio.

En 1861, Lincoln dirigió su discurso a los compatriotas que se habían separado de la Unión y les anunció que haría lo imposible por mantener ésta. En el segundo, en 1865, propuso lograr y apreciar una paz justa y duradera entre nosotros y con todas las naciones”, pero fue asesinado unas semanas más tarde.

Warren Harding en 1921

En 1921, Warren Harding, por ahora el último jefe de Estado de EEUU en morir de muerte natural, fue el primero en usar altavoces para pronunciar su juramento y su discurso. Las palabras de la ceremonia inaugural de su sucesor, Calvin Coolidge, fueron las primeras en radiarse al país. En 1949, Harry Truman inauguró su presidencia y el uso de la televisión para este acto. En 1997, Bill Clinton fue el primer presidente cuyo juramento se siguió por Internet. Jimmy Carter fue el primero en comenzar la tradición de detener su limusina y dar un paseo por la Avenida Pensilvania, camino de la Casa Blanca. Y Barack Obama repitió en 2009 su juramento por precaución, ya que él y el presidente del Supremo se equivocaron al pronunciarlo.

Las últimas horas en la Casa Blanca

Es muy frecuente que los presidentes empleen sus últimas horas en arreglar asuntos pendientes. Los Clinton, que llevaron el escándalo a la Casa Blanca, se comportaron con ese prepotencia de los progresistas que saben que serán perdonados por sus correligionarios y admiradores. Bill Clinton concedió ciento cuarenta indultos y treinta y seis reducciones de condena, por los que tuvo que dar explicaciones más tarde; y su esposa Hillary empaquetó como propios muebles que pertenecían a la Presidencia, que luego tuvo que devolver.

Ronald Reagan en la toma de posesión en 1981

Algunos recordamos las burlas de los progresistas, y hasta de algunos conservadores y liberales exquisitos, sobre la chochez de Ronald Reagan cuando ganó las elecciones, hasta entonces el presidente más anciano con 69 años. Ahora el 46º presidente, Joe Biden, supera en vejez tanto al que fue 40º presidente como a su inmediato predecesor, Donald Trump. Biden tiene más edad de la que tenía Reagan cuando dejó la presidencia en 1989. Y desde luego tiene más experiencia política en Washington que estos dos presidentes republicanos, pues fue elegido senador por primera vez cuando tenía treinta años.

En su discurso inaugural, Trump atacó a la oligarquía de Washington, donde su candidatura sólo obtuvo un 5% de votos la jornada electoral:

“Durante demasiado tiempo, un pequeño grupo de la capital de nuestra nación ha cosechado las recompensas del gobierno mientras que el pueblo ha pagado los costos. Washington ha florecido, pero el pueblo no ha compartido su riqueza.”

Con Biden, el Establishment, que en estos años hemos aprendido a llamar ‘Estado profundo’, regresa a tambores batientes.

Si uno de los muchos legados de Trump es la pacificación de las relaciones internacionales (ha sido el único presidente desde 1980 que no ha participado en ningún conflicto militar), Biden tiene unos antecedentes perturbadores. Como vicepresidente del premio Nobel de la Paz Barack Obama, Biden fue parte de un Gobierno que bombardeó siete países (sin declaración de guerra) y vendió armas por valor de más de 265.000 millones.

En Cultura

    0
    comentarios

    Servicios