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Julián Schvindlerman

Ai Weiwei y Xi Jinping: cara y ceca de la China contemporánea

Fueron testigos de la caída en desgracia de sus padres y a la vez protagonistas involuntarios del descenso de sus familias –y de toda China– al abismo.   

Julián Schvindlerman
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Fueron testigos de la caída en desgracia de sus padres y a la vez protagonistas involuntarios del descenso de sus familias –y de toda China– al abismo.   
Ai Weiwei. | Cordon Press

El celebrado artista contestatario y el autoritario presidente de la República Popular China reúnen todas las diferencias que se puedan encontrar entre un librepensador creativo y un político poderoso. Lo que torna curiosa y atractiva la equiparación es la preexistencia de un pasado compartido: a nivel nacional, común a todos los chinos, pero también a nivel familiar, lo cual los hace enemigos íntimos. Los padres de ambos fueron buenos amigos y comunistas convencidos traicionados por el sistema. Entregados a la causa maoísta, terminaron siendo devorados por ésta. Ai Weiwei y Xi Jinping eran pequeños cuando estalló la Revolución Cultural, 55 años atrás, acontecimiento que los unió en la tragedia. Fueron testigos de la caída en desgracia de sus padres y a la vez protagonistas involuntarios del descenso de sus familias –y de toda China– al abismo.   

La Revolución Cultural tuvo tres fases nítidas, conforme indica Jean-Louis Margolin en El libro negro del comunismo. La primera (1966-1967) fue dirigida contra los altos mandos comunistas y los intelectuales; la segunda (1967-1968) fue signada por los enfrentamientos entre las múltiples facciones de Guardias Rojos; la tercera (a partir de 1968) marcó la represión militar ante el caos engendrado. Es común entre los historiadores considerar su extensión desde 1966 hasta 1976. Este cachivache maoísta produjo entre medio millón y un millón de muertos, cifra que empalidece en comparación con las decenas de millones de víctimas de la reforma agraria y el Gran Salto Adelante. Aun así, por largo tiempo resonó más en Occidente este período de la historia china que el período previo, objetivamente más catastrófico. La Revolución Cultural conmovió más a la opinión pública mundial debido, entre otras causas, a que se desarrolló en las ciudades antes que en las zonas rurales, a que contó entre sus víctimas a conocidos escritores y artistas y a que estuvo rodeada de una teatralidad siniestramente cautivamente. 

Las persecuciones contra los intelectuales fueron singularmente oprobiosas. Mao los despreciaba, al considerarlos incapaces de ser auténticos revolucionarios. Les endilgaba una inclinación artística individualista en detrimento de la expresión colectivista que él auspiciaba. En consecuencia, sus ideas y su arte debían ser destrozados; si no ellos mismos. Se les arrastraba a unos mítines públicos donde se les obligaba a arrepentirse. Se les arrojaba tinta negra (el color asociado a la derecha) en la cara y eran forzados a adoptar posiciones físicas anormales. A algunos se les ordenó ponerse en cuatro patas y ladrar como perros, a otros se les hizo desfilar por las calles con orejas de burro sobre sus cabezas. Un guardia rojo dejó este testimonio acerca de eventos en la Universidad de Fujian: “Algunos [docentes], al no poder soportar las escenas de ataques y críticas, enfermaron y murieron, prácticamente en nuestra presencia. No sentí ninguna piedad hacia ellos, ni hacia los que se arrojaron por la ventana, ni por aquel que se tiró en una de nuestras famosas fuentes calientes, donde murió abrasado”. Famosos autores y traductores padecieron torturas. Teng To fue asesinado, Wu Ha, Chao Shu-li y Lui Cheng fallecieron en cautiverio. Pa Kin pasó años bajo arresto domiciliario. Ding Ling tuvo que ver la confiscación y destrucción de manuscritos en los que trabajó por diez años. Otros se suicidaron, como Fu Lei, traductor de Balzac y Mallarmé, y Lao She, famosísimo escritor cuyo nombre sonaba para el Premio Nobel de Literatura en su época. 

Entre los intelectuales que sufrieron la represión maoísta estaba Ai Qing, el progenitor de Ai Weiwei. Ai Qing entró con las tropas de Mao en Pekín en 1949, se unió tempranamente al Partido Comunista Chino y ganó fama componiendo poesía revolucionaria del tipo “Allá donde aparece Mao Zedong/ explota un volcán de aplausos”. Tuvo la mala idea de redactar una fábula titulada El sueño del jardinero en la que el personaje central, que sólo cultivaba rosas chinas, advertía que estaba “provocando descontento en todas las demás flores”; era un alegato a favor del pluralismo de ideas. El poeta Feng Zhi lo acusó de haber caído en “el cenagal del formalismo reaccionario” y, en un ambiente cada vez más intolerante, Ai fue expulsado del partido, despojado de sus títulos y deportado junto con su esposa y su hijo recién nacido a la provincia de Xinjiang, donde debía limpiar trece urinarios públicos por día. Se alimentaban de cadáveres de lechones muertos por el frío y de las pezuñas de cordero desechadas en las carnicerías. Durante la Revolución Cultural, Ai fue atacado con piedras, y le vertieron tinta negra en el rostro. Él y su familia debieron refugiarse en una cueva subterránea en la que vivieron cinco años. Intentó suicidarse varias veces. Su hijo, Ai Weiwei, de adulto se convertirá en un crítico del régimen, será encarcelado y liberado bajo presión internacional. Hoy vive exiliado. 

La violencia que desató Mao no ignoró a los altos mandos. Roderick MacFarquhar y Michael Schoenhals han documentado varios casos en su obra La revolución cultural china. El propio presidente de la república, Liu Shaoqi, no se salvó de la ira maoísta. Él y su esposa, Wang Guangmei, fueron puestos bajo arresto domiciliario, separados, mientras que sus hijos fueron enviados al campo. Wang fue llevada ante un mitin en la Universidad de Qinghua con un vestido de seda, tacos altos y un collar de bolas de ping-pong, en señal de burla por un collar de perlas que había usado durante una visita a Indonesia. Durante su cautiverio, Liu padeció tuberculosis, diabetes y neumonía. Privado de atención médica, fue un inválido los últimos dos años de su vida. Murió en prisión en 1969, loco, tras sufrir torturas (sus cenizas fueron entregadas a su viuda recién en 1980). Deng Xiaoping fue arrestado en 1966 bajo la excusa de un texto que escribió en 1956, enviado a trabajar a una fábrica de tractores en Jiangxi, y rehabilitado en 1973. Al ministro de Defensa Peng Dehuai lo purgaron en 1966, le rompieron dos costillas al año siguiente y murió de cáncer, todavía encarcelado, en 1974. El vicepremier Tan Zhelin fue purgado en 1966. El ministro de Exteriores Shen Yi fue enviado a zonas rurales en 1969 y murió enfermo años después, tras su retorno a la capital. El ministro de Seguridad Luo Ruiqing fue purgado en 1965, encarcelado en 1966, perdió un pie tras un acto de autoflagelación, le demoraron la operación quirúrgica para que confesara, y así y todo sobrevivió a Mao. El mariscal Zhu De, de ochenta años, fue denunciado en posters públicos. Otros oficiales de alto rango como He Long y Liu Dingyi fueron humillados en mítines agitados. Hasta Lin Biao, el creador del Libro Rojo, perdió el favor de Mao. Tras su muerte, en 1971, en un misterioso accidente aéreo en Mongolia, su prólogo al Libro Rojo fue purgado de ediciones posteriores, en tanto que editores y lectores arrancaron esas páginas de las preexistentes. 

Xi Zhongxun, padre del actual presidente chino Xi Jinping, por entonces un cuadro importante del régimen, también fue enviado a prisión, donde fue interrogado con dureza. Solo tras la muerte de Mao pudo reencontrarse con su familia. Habían transcurrido siete años y ya no podía distinguir a sus hijos. “¿Eres Jinping o Yuanping?”, preguntó al menor de ellos. Según indicó Joseph Torigian en un perfil del líder chino publicado en China Perspectives, Zhongxun fue “increíblemente estricto” con su hijo, al punto de que “aun aquellos próximos a él creían que limitaba con lo inhumano”. Xi Jinping fue a una escuela elitista en la que fue maltratado por sus compañeros. La disciplina militar era la norma y los abusos podían ser escabrosos. Durante el período del Gran Salto Adelante, estudiantes fueron obligados a comer arroz vencido contaminado con heces de rata. La situación de Xi Jinping era delicada, puesto que “no era solamente el hijo de un líder; era el hijo de un líder caído”. Durante la Revolución Cultural, Xi Jinping fue visto como un “bastardo” y un “reaccionario”, y tenía prohibido unirse a los Guardias Rojos o al Ejército de Liberación Popular. Una de las innumerables facciones de los guardias rojos acusó al joven Xi y lo sometió a uno de sus infames mítines. Un amigo de la familia contó que su propia madre participó en contra de su hijo en una de estas sesiones. Cuando éste escapó de la escuela y buscó refugio en el hogar familiar, su madre le negó comida y lo delató ante las autoridades. Pero todavía le esperaba atravesar su peor ordalía. Fue enviado a trabajar al campo, como tantos otros jóvenes citadinos, para ser reeducado en las virtudes campesinas. Fue trasladado a una zona pobre y aislada a una edad temprana y permaneció allí un largo tiempo, al punto que para cuando regresó a la ciudad, relata Torigian, “sólo el 3,7% de los jóvenes enviados todavía permanecía en la región de Yanán en la provincia de Shaanxi”, donde Xi vivió. Varios años más tarde, Xi Jinping confesará a un entrevistador: “Nada puede ser más duro que eso”. Con todo, emergió de las cenizas y escaló posiciones en la misma estructura política que lo aplastó hasta alcanzar la cima del poder varias décadas después.

Hijos de la misma patria, sufrientes de la misma época, productos del mismo sistema, sin embargo Ai Weiwei y Xi Jinping se transformaron en símbolos opuestos de la República Popular China contemporánea.    

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