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Jesús Laínz

1934. Gaziel entre dos revoluciones, la catalana y la del PSOE que provocó 2000 muertos en España

El director de La Vanguardia escribió en 1934: "un Estado Catalán que, dada ya la existencia de la Generalidad, no se necesita para nada".

Jesús Laínz
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El director de La Vanguardia escribió en 1934: "un Estado Catalán que, dada ya la existencia de la Generalidad, no se necesita para nada".
Companys, Tarradellas, Xirau y otros representantes de ERC, en octubre de 1934 | Archivo

El 4 de octubre de 1934, el presidente Lerroux anunció los cambios ministeriales que había efectuado. Para las carteras de Justicia, Trabajo y Agricultura fueron designados los cedistas Rafael Aizpún, José Oriol y Manuel Giménez. El PSOE cumplió su amenaza de no aceptar la entrada de miembros de la CEDA en el Gobierno con la excusa de que no se podía tolerar la presencia de fascistas al frente de la República. El que la CEDA fuese el partido vencedor en las elecciones no era relevante.

Por lo que se refiere a Cataluña, Gaziel, desde la dirección de La Vanguardia, anotó aquel mismo día que “a los elementos exaltados de la Generalidad, ese gobierno, que nada tiene de temible, les va a hacer el mismo efecto que le hace a un toro un trapo rojo”. Dos días más tarde relató así el golpe esquerrista:

“Alguien se acerca al balcón. Es él. El Presidente. Es Companys. Una estrepitosa ovación saluda su presencia ante el pueblo (…) Proclama el Estado Catalán dentro de la República Federal Española, ofrece asilo al Gobierno provisional que se forme y, finalmente, rompe las relaciones con el Gobierno de Madrid. Es algo formidable. Mientras escucho me parece como si estuviera soñando. Eso es, ni más ni menos, una declaración de guerra. ¡Y una declaración de guerra –que equivale a jugárselo todo, audazmente, temerariamente– en el preciso instante en que Cataluña, tras largos siglos de sumisión, había logrado, sin riesgo alguno, gracias a la República y a la Autonomía, una posición incomparable dentro de España, hasta erigirse en su verdadero árbitro, hasta el punto de poder jugar con sus gobiernos como le daba la gana! En estas circunstancias la Generalidad declara la guerra, esto es, fuerza a la violencia al Gobierno de Madrid, cuando jamás el Gobierno de Madrid se atrevió ni se habría atrevido a hacer lo mismo con ella. Y eso, ¿por qué? Por una República Federal Española que nadie pide en España, cuando menos ahora, y por un Estado Catalán que, dada ya la existencia de la Generalidad, no se necesita para nada… Estoy bañado en sudor, realmente aterrado”.

No intentó repartir las culpas de lo sucedido entre los diversos partidos y menos aún entre Madrid y Barcelona: los únicos culpables habían sido los catalanes, en concreto los gobernantes de Esquerra Republicana:

“¡Y los catalanes mismos lo hemos echado todo a rodar! (…) La historia de Cataluña es esto: cada vez que el destino nos coloca en una de esas encrucijadas decisivas en que los pueblos han de escoger, entre varios caminos, el de su salvación y su encumbramiento, nosotros, los catalanes, nos metemos fatalmente, voluntariamente, estúpidamente, en un callejón sin salida (…) Entre el gobierno catalán y el de Madrid ha habido un largo duelo que duró varios meses. Y toda la inteligencia, la habilidad, la templanza, la previsión; en una palabra: todas las virtudes gubernamentales han estado de parte del gobierno republicano. Toda la estupidez se acumuló de parte de la Generalidad (…) Todo se ha perdido, incluso el honor (…) Desconfiad de las explicaciones tenebrosas y melodramáticas. La culpa capital, la causa suprema de nuestra desventura, se debe a nosotros, a los catalanes todos, a Cataluña en peso, y muy en especial a sus partidos políticos más representativos. ¡Ésta es la única explicación satisfactoria y profunda! ¡Ésta es la pura verdad!”.

Pero más importante que la rebelión de Companys y los suyos fue la revolución con la que los socialistas provocaron dos mil muertos en toda España, sobre todo en Asturias. Gaziel les acusó de haber acabado con la República que tanto habían ansiado, mientras que a las derechas, que la recibieron a disgusto, les había tocado el papel de defensores del orden constituido:

“Ahora, esto se ha terminado. Quiero decir que se ha terminado la República del 14 de abril. Los que la trajeron están descartados, aniquilados. Los que no la querían son dueños de ella. Y se da el caso portentoso –¡otra cosa de España!– de que la Constitución ha sido desgarrada y pisoteada por los mismos que la votaron, y los encargados ahora de custodiarla son aquellos que la combatieron”.

De nada servía que las derechas hubieran acabado aceptando el régimen republicano si las izquierdas, al perder el gobierno, se lanzaban a liquidarlo violentamente:

Oviedo en 1934

“Durante tres años los partidos de izquierda dominaron por completo. Dominar, en España, significa hacer lo que al dominador le da la gana. No hubo medio de convencer a las izquierdas para que se refrenasen, para que anduviesen con tiento, pensando en que una parte importantísima del país no estaba ni podía estar conforme con las numerosísimas y radicales reformas que se efectuaban en todos los órdenes (…) Naturalmente, vino la indigestión prevista. El país estalló, y en las elecciones de noviembre –hace un año– las izquierdas dominantes fueron barridas por las derechas (…) En cuanto las derechas comenzaron a pasar el Rubicón y a republicanizarse, las izquierdas, al verlas llegar, dieron inequívocas muestras de una extraña locura (…) Comenzaron a desbarrar, diciendo que las derechas no debían llegar al poder (…) Por fin, una parte de esas izquierdas se lanzó a la más absurda, a la más descabellada, a la más impopular de las revoluciones (…) ¿Puede darse, en el terreno democrático, fenómeno de una extravagancia mayor? (…) ¿Y esto es democracia? ¡Qué va a ser! (…) Si de la República han de estar ausentes las derechas cuando mandan las izquierdas, y luego, cuando son las derechas las que gobiernan, las izquierdas han de enloquecerse y lanzarse a la revolución, no habrá –no ha habido todavía– verdadera democracia en España (…) Y si la democracia sigue fallando, como falló hasta ahora, queramos o no iremos a dar, tarde o temprano, en su contrario, que es un régimen dictatorial”.

Siguieron transcurriendo los meses y las cosas no hicieron sino empeorar. En muchas de sus páginas, Gaziel insistió en denunciar la falsa democracia imperante en España, puesto que los partidos no tenían interés alguno en colaborar para conseguir el bien común, sino en actuar “como verdaderos sindicatos para el asalto y reparto del poder” y en agitar la “enconada guerra civil que late en la entraña de esta áspera tierra”.

También insistió en lamentar la costumbre democrática, agravada durante el régimen republicano, de colocar ineptos en los ministerios en vez de personas capaces:

“Como han sido los partidismos políticos los que han dispuesto a ciegas de los ministerios del país para enchufar en ellos a sus hombres, aunque sean ineptos, el acoplamiento suele dar en España resultados como, por ejemplo, el siguiente: de la Industria y el Comercio se encarga, a lo mejor, un abogadillo provinciano; del Ejército, un periodista; de la Marina, un maestro de escuela; de las Obras Públicas, un catedrático de Derecho Canónico; de Justicia, un revistero de toros; de Gobernación, un cacique de pueblo (…) ¿Cómo no ha de ir mal del país? (…) ¿Democracia? ¿Autocracia? ¡Al diablo las palabras! Lo importante sería un régimen en el que gobernasen los hombres aptos, no los partidos catastróficos. ¡Y que lo llamen como les dé la gana!”.

Con motivo de las elecciones de febrero de 1936, en las que se impuso el Frente Popular mediante mil fraudes y violencias, Gaziel se empeñó en imaginar que todavía era posible un entendimiento entre los bloques políticos para no tener que desembocar en una dictadura, si bien no le quedó más remedio que confesar que, de tener que resignarse a dicho tipo de régimen, “la que me da miedo a mí no es la posible dictadura blanca, sino la posible dictadura roja”.

El reloj siguió avanzando y llegó el mes de junio. Al veterano comentarista político no le entraba en la cabeza lo que consideró “obsesión” y “alucinación” de unos izquierdistas que veían fascistas por doquier ya que como tal consideraban a todos los que no les habían votado a ellos, ya fuesen falangistas, carlistas, monárquicos, radicales, liberales, conservadores o incluso izquierdistas democráticos. Sin embargo, tampoco pudo evitar admitir que, efectivamente, muchos españoles, hartos de la situación, comenzaban a volver sus ojos hacia eso que, llamado con mayor o menor exactitud fascismo, ofrecía una solución al caos reinante:

“¿Qué cambio es ése? ¿Qué ha ocurrido? ¿Acaso es posible que las gentes, de pronto, se hayan puesto a estudiar profundamente derecho político, y después de largas lecturas y copiosas comparaciones hayan llegado a la consecuencia teórica de que el régimen fascista es el mejor de todos? ¡No, hombre, no! No están las gentes ni los tiempos para tanta doctrina. Lo que ocurre es, sencillamente, que aquí no se puede vivir, que no hay gobierno: las huelgas y los conflictos, y el malestar, y las pérdidas, y las mil y una pejigueras diarias, aun descontando los crímenes y los atentados, tienen mareados y aburridos a muchos ciudadanos. Y en esta situación, buscan instintivamente una salida, un alivio, y no encontrándolos en lo actual, llegan poco a poco a suspirar por un régimen donde por lo menos parezcan posibles”.

La contradicción esencial que acabaría conduciendo a la República hacia su caos final fue que al Gobierno salido de las urnas no le quedó más remedio que apoyarse en quienes no pretendían gobernarla, sino derribarla mediante la revolución. El más destacado representante de este sector bolchevique fue el socialista Francisco Largo Caballero:

“El señor Largo Caballero ha expuesto con toda crudeza y lealtad, a las masas proletarias, la necesidad urgente, inaplazable y apocalíptica de llevar a cabo en seguida la revolución social para barrer de una vez ese cochino orden capitalista y esa postrera y caduca forma republicano-democrática que su decrepitud ha adoptado en España, y levantar sobre sus ruinas humeantes la dictadura férrea del proletariado”.

Pero en Largo Caballero y demás partidarios de acabar con la República tuvieron que apoyarse los gobiernos de Azaña y Casares Quiroga desde las elecciones de febrero:

Francisco Largo Caballero, líder del PSOE

“Gobernar es, ha sido y será siempre imponer y conservar un orden determinado (…) Y cuando gobernar no es eso, no es nada. En España también tenemos, bueno o malo, un orden establecido. Y la función del Gobierno es la de mantenerlo (…) Pero una parte muy considerable de los votos parlamentarios que le sostienen pertenece francamente al campo de la revolución social, la más rotunda y completa, la más contraria al orden imperante de cuantas puedan darse. Y una masa enorme de los electores que respaldan esos votos decisivos es abierta y ciegamente revolucionaria. Esto, ni más ni menos, quiere decir lo siguiente: que el Gobierno español está obligado a conservar un orden que las mismas fuerzas gubernamentales quieren destruir. ¿Cómo puede gobernar un Gobierno de esta clase?”.

Según Gaziel, a la España de aquel trágico verano de 1936 sólo le cabían tres opciones. La primera, que el Gobierno izquierdista acabase imponiendo su voluntad a los izquierdistas partidarios de la revolución. La segunda, que los revolucionarios acabasen derribando tanto el Gobierno como el régimen republicano para instaurar la dictadura del proletariado. Y la tercera, que un tercer orden viniese a imponerse a las dos opciones anteriores:

Efectivamente, como el Gobierno no gobernó, fueron la mitad de los españoles los que chocaron contra la revolución. Y llegó el 18 de julio.

Pocos días después, el viejo dirigente liguista Frances Cambó redactó un manifiesto de apoyo a Franco que suscribió casi toda la flor y nata de los empresarios, juristas, políticos, intelectuales y artistas catalanes:

“Los que suscribimos esta declaración somos hombres de diferentes ideologías y procedencias. Somos catalanes, y con esta sola característica común, unimos nuestras firmas para protestar contra la actuación y el lenguaje de los hombres que hoy detentan el gobierno de la Generalidad y que pretenden identificar los sentimientos y la voluntad de Cataluña con la tiranía de los anarquistas y marxistas que han asesinado y asesinan con refinamiento de la más bárbara crueldad; que han destruido tesoros de arte que nos habían legado las generaciones pasadas como patrimonio espiritual de nuestra tierra; que arruinan nuestra economía con groseras experiencias en todas partes desacreditadas, y deshonran a nuestro pueblo con locuras y crímenes sin precedentes en la historia. Como catalanes, afirmamos que nuestra tierra quiere seguir unida a los otros pueblos de España por el amor fraternal y por el sentimiento de la comunidad de destino, que nos obliga a todos a contribuir con el máximo sacrificio a la obra común de liberación de la tiranía roja y de reparación de la grandeza futura de España. Como catalanes, saludamos a nuestros hermanos que, a millares, venciendo los obstáculos que opone la situación de Cataluña, luchan en las filas del ejército libertador y exhortando a todos los catalanes a que, tan pronto como materialmente les sea posible se unan a ellos ofrendando sus vidas para el triunfo de la causa de la civilización en lucha contra la barbarie anarquista y comunista”.

Junto a los de Salvador Dalí, Eugenio d’Ors, Josep Puig i Cadafalch, Ferran Valls Taberner, Llorenç Villalonga, Félix Millet, Federico Mompou, Josep Pla, Martín de Riquer y otros muchos, allí estuvo el nombre de Agustí Calvet, alias Gaziel.

www.jesuslainz.es

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