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Agapito Maestre

Diario de la pandemia. Siete millones de votos

La sociedad española es tan inmadura como perversos son sus gobernantes. La sociedad civil, concepto clave de todos los Estados democráticos desarrollados, en España es solo una expresión vacía de mala retórica.

Agapito Maestre
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La sociedad española es tan inmadura como perversos son sus gobernantes. La sociedad civil, concepto clave de todos los Estados democráticos desarrollados, en España es solo una expresión vacía de mala retórica.
Pedro Sánchez en Moncloa en marzo de 2021 | EFE

Varias son las causas del agotamiento democrático de la sociedad española. Si dejo aparte el fracaso del sistema autonómico de mesogobiernos regionales, el Estado de Partidos es, sin duda alguna, el principal asunto para estudiar la languidez de una sociedad incapaz de renovar a sus élites políticas. La sociedad española es tan inmadura como perversos son sus gobernantes. Quizá la actuación del PSOE en el gobierno de España sea el ejemplo más trágico de esta situación de postración democrática. Repaso las grandes leyes aprobadas por el gobierno de España en esta legislatura y observo con desgana una obviedad. Ninguna ley orgánica ha sido aprobada con la aceptación de alguna enmienda de la Oposición. O peor todavía, la tramitación de esas leyes siempre prescindió de la consulta a las asociaciones de intereses de tipo sindical y empresarial y, por supuesto, jamás se pidió el asesoramiento o el parecer de reconocidos especialistas en los ámbitos sobre los que se legislaba.

La sociedad civil, concepto clave de todos los Estados democráticos desarrollados, en España es solo una expresión vacía de mala retórica. Nada hicieron los ponentes para que esas leyes pudieran ser mejoradas y ahormadas por la “sociedad civil” para que consiguieran afectar afirmativamente a la mayoría  de la ciudadanía. La universalidad de la nación murió rendida ante el particularismo del partido. Se diría que todas esas leyes son engendros nacidos de una voluntad movida por el odio, la arbitrariedad y la parcialidad. Son leyes sectarias y, por lo tanto, injustas.

Y, sin embargo, ninguna de esas normas contra la mayoría de la población hará remover la conciencia de los votantes socialistas. Estos seguirán caminando de modo uniforme y sin fisuras a favor de sus dirigentes. En verdad, el PSOE en particular, y la izquierda en general, gozan de un bien propio de sociedades totalitarias. Los gobiernos del PSOE, incluido el actual, son propietarios de un patrimonio infinito de buenas intenciones, que impide a sus votantes criticar a sus dirigentes y menos todavía cambiar el voto a otro partido o, sencillamente, abstenerse. Vivimos, sí, en una sociedad fanatizada. ¿Cuántos millones de votos ha perdido el PSOE desde la famosa noche del 28 de octubre de 1982? Pocos, muy pocos, sobre todo si tenemos en cuenta las atrocidades cometidas por sus dirigentes, desde la época de Felipe González hasta la de Sánchez, pasando por Rodríguez Zapatero.

Quizá la peor de las barbaridades, tratar a la sociedad como multiplicidad animal, puesta de manifiesta en la gestión de la pandemia de la Covid-19, sea la más valorada por sus votantes, pues que hagan lo que hagan los dirigentes de este partido, no importa que mientan, engañen y pacten con separatistas y criminales de ETA, serán recompensados por sus fieles seguidores. El PSOE sigue tratando a sus votantes como menores de edad y por eso, precisamente, les siguen votando. Pocos partidos políticos pueden compararse al PSOE a la hora de fomentar el partidismo y la intransigencia entre sus seguidores. Pocos partidos tienen tantos méritos como los exhibidos por el PSOE para que la sociedad española siga siendo menor de edad, inmadura, para llevar a cabo un proyecto democrático digno de tal nombre.

Manuel Castells, Ministro de Universidades

Sí, la noche del 28 de octubre de 1982 fue la gran apoteosis del PSOE. Desde entonces, este partido no ha tenido rivales de enjundia, incluso cuando perdió las elecciones de 1996, siguió mandando en todas partes. Marcó la agenda ideológica: la  pluralidad humana tiene que ser tratada, insisto, como multiplicidad animal. Perdió por la mínima en 1996, pero obligó al PP a circular por una calle de dirección única; Aznar empezó su legislatura arrastrándose por los mísmos lodazales que ya había transitado González. Y algo parecido, quizá peor, podría decirse del otro pepero, tan estulto como malo, que sucedió a Rodríguez Zapatero… Desde que el PSOE consiguiera más de diez millones de votos, como efecto casi mecánico de la ridícula asonada guardiacivilesca montada el 23 de febrero de 1981, con el consentimiento del propio PSOE, este partido apenas ha perdido votos. Tres millones de votos apenas es  desgaste comparado con los años que lleva en el poder maltratando a la sociedad española. Sí, hoy en sus etapas más bajas, al PSOE le quedan siete millones de votantes de aquellos diez del 82. Siete millones de fanáticos respaldan cualquier cosa que salga del cacumen de un dirigente socialista. Ante eso, ante esa terrible masa, una  auténtica fuerza de choque contra cualquier proyecto de desarrollo de una sociedad civil a la altura del siglo XXI, poco importa el analfabetismo del ministro de Universidades, que confunde a Clarín, el gran autor de la Regenta, con su hijo, o la inhumanidad de una ministra de Educación, que desprecia la sensibilidad y la inteligencia de un padre con una hija disminuida psíquica.

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