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Ricardo Artola

La prueba de la verdad del Partido Comunista Chino

Se cumplen 100 años del nacimiento del Partido Comunista Chino. En sus orígenes, estuvo tutelado por la Unión Soviética de Stalin, la versión más siniestra del comunismo soviético, pero los discípulos fueron más ortodoxos que los maestros.

Ricardo Artola
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Se cumplen 100 años del nacimiento del Partido Comunista Chino. En sus orígenes, estuvo tutelado por la Unión Soviética de Stalin, la versión más siniestra del comunismo soviético, pero los discípulos fueron más ortodoxos que los maestros.
Mao Tse Tung y Stalin | Cordon Press

En este mes de julio de 2021 conmemoramos el centenario de la fundación de la segunda mayor organización política del mundo, el Partido Comunista de China (PCCh), con más de 95 millones de miembros.

No es este el lugar para detallar los avatares del partido durante sus primeras décadas, pero sí de mencionar que, tras su triunfo en la guerra civil, instauró un nuevo régimen político con el nombre de República Popular China y vigente con considerable vigor en nuestros días.

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Nikita S. Khrushchev y Mao en Pekín en 1958

El partido que nos ocupa estuvo tutelado en sus orígenes por la Unión Soviética de Stalin, la versión más siniestra del comunismo soviético. De hecho, la ruptura por parte del nuevo líder soviético (pero viejo e implacable estalinista) Nikita Jrushchov de las amarras del estalinismo (XX Congreso del Partido, 1956) está en el origen del cisma entre los dos grandes partidos comunistas: el soviético y el chino. Los discípulos eran ya más ortodoxos que los maestros.

La figura clave de las primeras décadas de la vida del PCCh es Mao Tse Tung (puesto que así le conocimos mientras vivió, actualmente Mao Zedong). Podríamos calificarlo de iluminado si las consecuencias de sus ideas y políticas no hubieran provocado tantas muertes y sufrimientos.

A diferencia del modelo soviético, la innovación de Mao era considerar al campesinado como una fuerza revolucionaria y confiable (los soviéticos desconfiaban doctrinalmente de los campesinos). Desgraciadamente para ellos esto no les proporcionó una vida mejor o un destino más amable.

La primera gran "iluminación" de Mao fue el Gran Salto Adelante, uno de esos esfuerzos titánicos a los que son tan aficionados los líderes comunistas, que no están bien pensados ni planificados (ni siquiera desde su propia lógica) y que acaban arrasando con millones de inocentes, por cierto, casi siempre o mayoritariamente campesinos. El saldo de este experimento siniestro fue aterrador y ocupa ya, para siempre, un lugar destacado en la historia universal de la infamia.

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Propaganda de la llamada "Revolución cultural"

El fiasco apartó a Mao de la primera fila de la política, pero solo para volver con su segunda y quizá peor iluminación: la Revolución Cultural. Tampoco es este el lugar para entrar en detalles, pero sí para decir que no se puede dejar en manos de los jóvenes radicales la política de un país y menos aún del más poblado de la tierra. Este experimento político, además de estar vigente ¡durante una década! marcó el cénit de los delirios maoístas y, en general, de los mayores excesos del PCCh.

Pido disculpas por la cuña publicitaria, pero en el recientemente rescatado por mi editorial El libro negro del comunismo (Arzalia, 2021) hay un episodio aterrador del maltrato (calvario sería el término más adecuado) que hicieron sufrir a un popular profesor de Pekín algunos de sus alumnos en el contexto de la Revolución Cultural. Es solo una gota en un océano de miseria moral.

Con la muerte de Mao en 1976 acaban las iluminaciones y comienza, primero el desmantelamiento de la versión más radical del maoísmo y, después, una larga marcha hacia el pragmatismo, el crecimiento económico y la prosperidad. Todo ello bajo el férreo control de nuestro protagonista indiscutible: el PCCh.

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Capilla ardiente de Mao

En el camino, y en el contexto cronológico de la implosión del imperio europeo de la Unión Soviética (el muro de Berlín cayó ese mismo año) se produjo el único "susto" en el dominio absoluto de China por el PCCh: las protestas y masacre de la Plaza de Tiananmén (abril a junio de 1989). Si alguien había pensado que una década larga de liberalización económica podía llevar aparejado un deshielo político, se dio de bruces brutalmente contra la realidad. El escarmiento fue muy eficaz puesto que garantizó, hasta la fecha, más de tres décadas de práctica ausencia de oposición al régimen.

Desde entonces, el PCCh ha convertido a China en la segunda potencia mundial -camino de la primera- de una manera casi silenciosa para el tamaño del hito alcanzado. Y de paso ha creado un modelo comunista "de éxito" que es mucho más inquietante que esa cáscara vacía en que se convirtió la Unión Soviética en sus estertores. Nos equivocamos: mientras todos mirábamos a Moscú con inquietud, Pekín daba un salto exponencial mucho más peligroso que (casi) cualquier amenaza de la guerra fría.

Recientemente, Stèphane Courtois, autor principal del mencionado Libro negro del comunismo, maoísta en su juventud, y "revolucionario profesional" en sus propias palabras, decía de su regreso a la moral "corriente": "Cuando empecé a tener hijos me di cuenta mucho mejor de lo que podía significar concretamente una detención, una deportación, una ejecución […] Para comprenderlo es indispensable salir del círculo infernal de la ideología". La cursiva es mía.

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Imágenes de la masacre de Tiananmén en 1989

Federico Jiménez Losantos ha contado su caída del caballo camino de Pekín en forma de una visita a un campo de "reeducación" a las afueras de la ciudad:

"Al despedirnos del barracón, ha caído la noche, y los presos, sonrientes, nos dan la mano. Al tomar la de la muchacha, veo en sus ojos claros algo que no había visto hasta entonces en ningún libro: la vida en peligro, la vida que se escapa de las manos de una persona que […] se queda allí, prisionera por pensar o decir algo que no está permitido. Mientras, yo vuelvo a la vida normal, llena de las curiosidades e incertidumbres que a ella […] le están absolutamente prohibidas. […] Creo que he sido fiel al propósito que entonces me hice: combatir siempre a aquellos que privan a una persona del derecho político más elemental, el de poder decir 'no' sin sufrir por ello".

Termino con estas dos anécdotas porque demuestran que la prueba de la verdad del comunismo es el ser humano individual que descubre "concretamente" lo que puede significar una detención o "la vida en peligro" de una semejante con el mismo derecho a la libertad que uno mismo. Quizá por eso el comunismo siempre vocifera escandalosamente consignas "elevadas", para ocultar esa prueba de la verdad irrefutable.

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