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Pedro Fernández Barbadillo

Annual, cuando España tocó fondo

Annual fue uno de los últimos golpes, quizás el más duro, que derribaron el régimen de la Restauración. Ni en Trafalgar se contaron tantos muertos españoles. Una mortandad similar o superior sólo volvería a producirse en la Guerra Civil.

Pedro Fernández Barbadillo
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Annual fue uno de los últimos golpes, quizás el más duro, que derribaron el régimen de la Restauración. Ni en Trafalgar se contaron tantos muertos españoles. Una mortandad similar o superior sólo volvería a producirse en la Guerra Civil.
Soldados españoles mirando los cadáveres de sus compañeros en el Rif | Cordon Press

Hace poco más de doscientos años, la armada española trasladó a los virreinatos americanos un ejército mandado por Pablo Morillo que venció a Simón Bolívar. Cien años más tarde, derrotada en todos los frentes y convertida en un país relevante sólo por su posición geográfica y por sus recursos naturales, una España sin pulso, reducida a poco más que el territorio nacional, sufría una enorme derrota militar a manos de las cabilas rifeñas en Annual.

A regañadientes en Marruecos

A principios del siglo XX, el caos en Marruecos era tan grande que las principales potencias se pusieron de acuerdo en 1912 en instaurar un protectorado sobre el que se llamaba entonces imperio jerifano. Francia se atribuyó la mejor parte del país, la más rica, poblada y extensa, con su capital, Fez, mientras que España recibió dos zonas pobres, al norte y al sur. La ciudad de Tánger, dentro de la zona española, se internacionalizó.

La obligación de España y Francia era extender la autoridad del sultán a todo su país. Españoles y franceses gobernaban en nombre del sultán y para su beneficio. Por ello, Marruecos nunca tuvo el estatus de colonia y fue, junto a Liberia y Etiopía, uno de los poquísimos países africanos no colonizados.

A pesar de su presencia en el norte de África (las ciudades de Ceuta y Melilla y diversos peñones e islotes), los políticos españoles no estaban muy interesados en establecerse en Marruecos, porque huían de las alianzas exteriores, tenían bastante con los problemas internos. Además, el Ejército y la Armada, como el resto de la nación (por ejemplo, un instituto de enseñanza media por capital de provincia; y un 40% de analfabetismo en 1910), se encontraban en un estado peonoso.

Sin embargo, la presión británica y el miedo a que Francia, y en menor medida Alemania, controlase la orilla sur del estrecho de Gibraltar, fueron los factores que decidieron la intervención.

Las calderas de la Yebala y el Rif

En la pequeña zona asignada a España, de unos 20.000 kilómetros cuadrados, había dos comarcas de tradición rebelde a los sultanes: la Yebala y el Rif. En la Yebala, al sur de Tetuán (capital del protectorado español y residencia del jalifa, el representante del sultán), gobernaba El Raisuni, que con sus correrías había causado una crisis internacional (incidente Perdicaris) en 1904. En cuanto llegaron los españoles inició una nueva revuelta en 1913, que se prolongó hasta 1921.

En el Rif, que se extendía por las montañas al oeste de Melilla, las rebeliones y escaramuzas de las ‘cabilas’ (tribus) eran muy frecuentes y los españoles ya se habían enfrentado a ellas en varias ocasiones, la última en 1909, donde se sufrió la derrota del barranco del Lobo, con más de un centenar de muertos. En esta pequeña guerra, tanto el Ejército como el Gobierno y los partidos dinásticos, mostraron sus defectos.

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El comandante Manuel Fernández Silvestre

La opinión pública española, a diferencia de la francesa, se oponía a enviar hombres entrenados y recursos económicos, lo que debilitaba la tarea de los militares y funcionarios allí presentes. Muchos cuarteles, pero ninguna escuela ni carretera.

La Primera Guerra Mundial (1914-1918) detuvo las operaciones. Al reanudarse éstas, se hicieron en dos avances simultáneos. El general Dámaso Berenguer, alto comisario en Marruecos, operaría desde Ceuta y Tetuán contra El Raisuni; y el general Manuel Fernández Silvestre, comandante general de Melilla, lo haría contra los rifeños, encabezados por Abd-el-Krim.

El objetivo de Silvestre era la bahía de Alhucemas, solar de la cabila Beni Urriaguel, a unos 130 kilómetros de Melilla. En 1920, el despliegue fue rápido e incruento, debido a una hambruna en la comarca; pero en el verano de 1921 cambiaron las cosas.

Los mataderos de Annual y Monte Arruit

La estrategia de Silvestre, un militar experimentado y amigo del rey Alfonso XIII, consistía en establecer posiciones a lo largo del agreste territorio que iba ocupando. Dar Drius era un fuerte, con muros altos, donde acantonar hombres y almacenar provisiones, armamento pesado y agua en abundancia. Pero la mayoría eran ‘blocaos’: pequeñas posiciones protegidas con alambradas y sacos terreros, sin edificios, sólo tiendas de lona, y sin aljibes.

La tropa, formada por reclutas de familias pobres, vivía en un ambiente de derrotismo, corrupción y patrioterismo. Los soldados calzaban alpargatas, mientras que los oficiales disponían de botas. Las aguadas eran ocasión para que los moros, cuya crueldad con los prisioneros se conocía, tiroteasen los convoyes. De los depósitos de intendencia salían fusiles y balas para los rifeños.

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Abd-el-Krim

En junio, Abd-el-Krim, que había trabajado para los españoles, preparó una enorme ofensiva, con miles de guerreros, agrupados en ‘harkas’. Primero, atacaron la posición avanzada establecida en el monte Abarrán y la tomaron. Luego atacaron Sidi-Driss, donde fracasaron. Silvestre creyó que se trataba de acciones aisladas y, sin tomar muchas precauciones, ordenó ocupar Igueriben.

El 17 de julio comenzó el ataque a Igueriben, que resistió hasta el 22 de julio, pero los españoles fracasaron en socorrerla desde Annual. En este campamento, se concentraron en torno a cinco mil militares, tanto españoles como marroquíes. Como apenas disponían de agua y munición y se acercaban hordas de rifeños, Silvestre ordenó la retirada a Dar Drius el 22 por la mañana. El retraso permitió a los rifeños ocupar las alturas y animó a los policías indígenas a desertar. Las dos columnas de retirada se rompieron y no hay ejército más vulnerable que el movido por el miedo. Silvestre murió y su cuerpo no se halló.

Los supervivientes alcanzaron Dar Drius, donde se encontraba el general Felipe Navarro, segundo en el mando que ante las noticias había regresado de Madrid a Melilla. Se procedió a una nueva retirada y en ésta se produjo el mayor número de muertos. Detrás de las ‘harkas’, marchaban las mujeres, que remataban a los heridos con piedras y palos.

Los huidos se refugiaron en Monte Arruit. Como era imposible el auxilio, Berenguer le autorizó a rendirse, pero los rifeños no respetaron el acuerdo y asesinaron a cientos de soldados (no oficiales) de manera espeluznante.

Entre este caos y esta cobardía, hubo actos heroicos. El regimiento de caballería Alcántara se sacrificó para cubrir la retirada de la infantería. Y el comandante Julio Benitez envió desde la posición de Igueriben el siguiente mensaje: "los de Igueriben mueren, no se rinden. Me quedan doce balas de cañón, contadlas, y al sonar la última disparad sobre nosotros porque estaremos mezclados en lucha con los moros".

La caída del régimen

En cuanto llegaron a Melilla supervivientes, se extendió el pánico. La noche del 21 al 22 de julio, el mando ordenó que una de las banderas (batallones) de la Legión desplegada en Rokba el Gozal, zona occidental del Protectorado, se trasladase a Ceuta a la mayor velocidad posible. La elegida fue la del comandante Francisco Franco.

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Francisco Franco en el Rif

Allí embarcó rumbo a Melilla. Nada más llegar, el teniente coronel Millán Astray tranquilizó a los civiles y los legionarios ocuparon posiciones defensivas. Los rifeños no atacaron, quizás para que la matanza de civiles no empañase el prestigioso de su descomunal victoria.

Salvada Melilla, comenzó la lenta reconquista del territorio, que sólo concluyó después del desembarco de Alhucemas, en 1925. Esta operación, en la que participaron aviones y carros, la realizó el dictador general Miguel Primo de Rivera.

La investigación del Desastre, encargada al general Picasso, y la campaña de prensa, en la que aportaron su demagogia habitual los republicanos y los socialistas, mostraron la corrupción militar y política. Según su informe, el número de muertos españoles fue de 10.973 y el de marroquíes leales 2.390; otros cálculos rebajan los españoles caídos a unos 8.000. Se trató de la mayor derrota de un ejército europeo en África y también del mayor número de bajas para una sola batalla sufrida por las fuerzas armadas españolas. Ni en Trafalgar se contaron tantos muertos españoles. Una mortandad similar o superior sólo volvería a producirse en la Guerra Civil, en batallas como la de Brunete y la del Ebro.

La entrada de los legionarios en Monte Arruit, que mostró las vesanías cometidas contra las tropas, y la liberación por rescate (cuatro millones de pesetas) de varios cientos de prisioneros, que concluyó en enero de 1923, cuando Abd-el-Krim puso en libertad a Navarro, causaron indignación a los españoles, contra los rifeños por su crueldad y contra la clase dirigente de la Restauración. En septiembre de 1923, Primo de Rivera, capitán general de Cataluña, tomó el poder sin ninguna oposición.

Annual fue uno de los últimos golpes, quizás el más duro, que derribaron el régimen de la Restauración. Éste trajo paz a España, pero no creó unas élites que, a la manera de las británicas, fueran capaces de abrir el sistema político ni tampoco de sacar a España de una atonía que duraba ya décadas.

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