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Pedro Fernández Barbadillo

La Legión, en la defensa de Melilla

Ahora Melilla se niega a recordar a quienes hace cien años corrieron a salvarla y hasta dieron sus vidas por protegerla. La memoria histórica es infamia moral.

Pedro Fernández Barbadillo
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Ahora Melilla se niega a recordar a quienes hace cien años corrieron a salvarla y hasta dieron sus vidas por protegerla. La memoria histórica es infamia moral.
Soldados españoles en el Rif en 1925 | Cordon Press

Da idea del aislamiento (tibetanización escribió Ortega y Gasset) de España a finales del siglo XIX y principios del XX que las novedades y los descubrimientos del resto de Europa tardasen años, sino décadas, en llegar aquí, junto con el trato que recibían inventores como Isaac Peral. Potencias coloniales como Inglaterra y Francia formaron muy pronto unidades militares de profesionales para desplegar en África o Asia. En España, por el contrario, los gobiernos recurrían a soldados de reemplazo que enviaban a Cuba y Filipinas, donde las enfermedades y la dureza de la vida causaban muchas más bajas que el fusil o el machete.

En 1911 se habían fundado los Regulares, soldados indígenas mandados por oficiales españoles y en 1920, el comandante José Millán Astray recibió la autorización del Gobierno para reclutar soldados para la Legión recién fundada. Se le ascendió a teniente coronel y se nombró como su segundo al joven comandante Francisco Franco, de veintisiete años.

El primer cuartel se estableció en Dar Riffien, a cinco kilómetros de Ceuta, donde Millán Astray y Franco se dedicaron al entrenamiento de los voluntarios y hasta a detalles como tener huerto y ganado de los que sacar alimentos.

"Jamás un legionario dirá que está cansado"

Después de unos meses de preparación, en la primavera de 1921, las tres banderas (batallones) participaron en la operación dirigida por el general Dámaso Berenguer, alto comisario en Marruecos, contra El Raisuni en la Yebala. En octubre de 1920 se había ocupado la ciudad santa de Xauen, prohibida a los cristianos. 1921 se presentaba como el año en el que se pacificaría la zona española de Marruecos y terminaría la sangría de la guerra. El primer combate que libró la Legión ocurrió el 29 de junio, en los desfiladeros de Muñoz Crespo y Buharrat.

A mediados de julio, El Raisuni estaba rodeado en Tazarut. En el despliegue participaron las banderas legionarias, que se acantonaron en el campamento del Fondak de Ain Yedida. En la madrugada del 21 de julio, Millán Astray despertó a Franco y al resto de los oficiales para comunicarles una noticia: el mando quiere retirar inmediatamente una bandera y enviarla a Melilla, a no se sabe para qué; quizás de guarnición. Se sorteó cuál de ellas marcharía y la elegida por el destino fue la I Bandera, a cuyo frente estaba Franco.

Los legionarios tuvieron que cubrir a pie unos 140 kilómetros en treinta y tres horas de marcha agotadora. Tan cansados estaban que se dormían sin comer. En esa marcha se cumplió el Credo Legionario: "Jamás un Legionario dirá que está cansado, hasta caer reventado, será el cuerpo más veloz y resistente".

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Mohamed Ben Abdelkrim El-Khattabi y Franco en 1926

Antes de embarcar en el buque Ciudad de Cádiz, que a punto estuvo de reventar las máquinas para llegar a Melilla cuanto antes, Millán Astray dirigió a los legionarios la siguiente arenga:

"¡Legionarios! De Melilla nos llaman en su socorro. Ha llegado la hora de los legionarios. La situación allá es grave; quizá en esta empresa tengamos todos que morir. ¡Legionarios! Si hay alguno que no quiera venir con nosotros, que salga de la fila, que se marche; queda licenciado ahora mismo. Legionarios, ahora, jurad: ¿Juráis todos morir, si es preciso, en socorro de Melilla?"

En el trayecto, los legionarios comprenden la magnitud del desastre. Desde la ciudad, donde ya se encontraba el general Berenguer, se ven las hogueras que en el monte Gurugú encienden los rifeños para mostrar su número y convocar a la guerra a nuevas ‘harcas’.

Para calmar a los melillenses aterrorizados, Millán Astray pronuncia otra arenga desde el barco, en el mismo muelle, y Franco hace desfilar a su bandera cantando su himno, que entonces era la canción francesa La Madelón. Horas más tarde, en otro barco, llegan dos tabores de Regulares. Para desvanecer los temores de una nueva traición, el general Sanjurjo manda que desfilen juntos legionarios y regulares.

"La Legión pedirá siempre, siempre combatir"

Melilla no cayó, ni siquiera los rifeños trataron de conquistarla. Los legionarios se desplegaron en las afueras. El Gobierno de Madrid concentró hasta 35.000 hombres el 16 de agosto en la ciudad y así comenzó una lenta reconquista de lo perdido. Franco contó en su Diario de una Bandera cómo asistieron a la caída de la posición de Zeluán, donde los rifeños de Abd-el-Krim asesinaron después de haberse rendido a 500 soldados, aunque respetaron a los oficiales. En Nador, encontraron los cadáveres de los colonos torturados.

La Legión escaló las laderas del Gurugú para ampliar el perímetro defensivo de Melilla y tuvo sus primeras bajas en el que se llamó el ‘Blocao de la muerte’. El 8 de septiembre, Franco encabezó un convoy formado por legionarios y regulares que consiguió penetrar en la posición de Casanova, aunque sufrió doscientas bajas. "Nunca más un convoy quedaría sin llegar a su destino mientras estuviese la Legión dispuesta a conducirlo" (Niko Roa, El joven Franco). Y unos días más tarde, la Legión reconquistó Nador, a sólo dieciséis kilómetros de Melilla.

Por su comportamiento en esos meses, la Legión se convierte en una unidad aguerrida y admirada por los españoles y Franco se gana las estrellas de teniente coronel y la medalla militar individual.

En septiembre de 1925, la Legión y Franco (ya ascendido a coronel y nombrado jefe de la unidad, después de la muerte en combate del teniente coronel Fernando Valenzuela en junio de 1923), participaron en el desembarco de Alhucemas. Así concluyó la guerra de Marruecos y las madres españolas dejaron de llorar como aquella que describe Ernesto Giménez Caballero (Notas marruecas de un soldado):

"¿Viste la impresión de aquella vieja guardabarrera que al vernos pasar arrojó su banderín verde franela al suelo, para abrir los brazos desesperadamente y romper a llorar, diciendo ¡Hijos!, ¡Hijos!, con un dolor y una grandeza –Niobe andaluza- la encarnación de todas las madres ante el hijo que se va"

Ahora Melilla se niega a recordar a quienes hace cien años corrieron a salvarla y hasta dieron sus vidas por protegerla. La memoria histórica es infamia moral.

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