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Rosa Belmonte

España, Raphael, la Coca-Cola

La Contrarreforma de ahora tendrá que ser la educación general básica hecha por particulares con lo que llegue a la gente.

Rosa Belmonte
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La Contrarreforma de ahora tendrá que ser la educación general básica hecha por particulares con lo que llegue a la gente.
Raphael y Verónica Castro. | Archivo

El escritor Miguel Espinosa era muy exigente con la lengua escrita. Según su hijo, creía que los escritores "adoptaban un aire confianzudo, de familiaridad ilegítima con sus lectores contemporáneos dando por supuesto un código común a todos". Desde luego, los juntaletras instantáneos que no somos Espinosa y tenemos un espacio corto para escribir (no nos cabe Escuela de mandarines, ni sabríamos hacerla) damos muchas cosas por supuestas. Y habrá quien no entienda referencias que no se explican. Pero una columna no está para explicar. Espinosa creía que con ese proceder (vale, en cosas más importantes) se pecaba contra los posibles lectores del futuro, a los que se dejaría en un desamparo con nombres propios que hubieran perdido toda significación. Menos mal que una no va a sobrevivir a nada. Según Miguel Espinosa, no se debía escribir que "Fulano pidió una Coca Cola", sino "Fulano pidió una bebida refrescante, llamada Coca-Cola". Leo en la biografía que Juan Espinosa escribió de su padre: "En el fondo, lo que aquí se discute es algo más que una cuestión lógica, gramática o estilística. Se trata de un problema moral, de un asunto de suma importancia, como el de cuál ha de ser nuestra valoración de la actualidad y nuestra postura frente a lo histórico…".

Miguel Espinosa está tan por encima de la mayoría de los escritores del siglo XX, que tampoco puede ser a quien nos agarremos en este mundo en el que se atesoran tan pocos conocimientos que cualquiera que sepa el bachillerato de antes (como Fernán Gómez) es un sabio. Gracias a la curiosidad de unos jóvenes por un personaje tan enorme como Raphael, a partir de enero veremos los cuatro episodios del documental Raphaelísimo en Movistar+. Charlie Arnáiz y Alberto Ortega muestran al "artista total". Con testimonios de él, de su familia, de Manuel Alejandro, de Jaime Azpilicueta y con un material de archivo que a muchos les parecerá nuevo. Una historia nueva. Pero es que eso pasó con el documental de Jesús Gil, un individuo más reciente. Claro que hay alguna cosa que parece nueva (o yo no había oído nunca) en Raphaelísimo, como que cuando le dijeron en una actuación que estaba todo "sold out" y él entendió "desolao". Pero en general es una historia conocida. La del triunfo en los 60, la del bache al morir Franco por estar ‘pasado de moda’, la de la enfermedad, los minibares y el trasplante a manos del doctor Enrique Moreno. Y también la locura que a los modernos les ha dado por Raphael. Con razón, claro. Los de mi generación nos hemos criado viendo en las revistas la casa blanca de Raphael en Madrid. A él y a Natalia Figueroa, a sus hijos… Igual que nos ha pasado con Julio Iglesias. Es nuestra cultura popular. Como Manolo Escobar, aunque este en un nivel más español, menos cosmopolita.

Y lo mismo pasa con España. La primera globalización, la película documental de José Luis López Linares. Quiero decir que para muchos lo sabido resulta nuevo. Sólo que para desasnar con la historia de España hay que luchar también contra los elementos de la leyenda negra. Esa que nosotros hemos jaleado (dice en un momento Elvira Roca que ella estudió en sus libros de texto la Armada Invencible, cuando eso es algo sin importancia en el reinado de Felipe II). Debo decir que soy una privilegiada. No sólo por haber estudiado sino por haber ido con Miguel de la Quadra Salcedo en muchas expediciones de la Ruta Quetzal. Y es el mejor maestro de historia que una haya podido tener. Así que el comercio con China (y la plata), el galeón de Manila o el tornaviaje, por citar casi nada, me resultan tan familiares como Raphael.

También la figura propagandista de Lutero. Pensemos que el luteranismo de ahora sea la burricie generalizada. La Contrarreforma de ahora tendrá que ser la educación general básica hecha por particulares (con documentales, con libros, con lo que llegue a la gente). Esto también es un problema moral. Cuando fui al cine a ver España. La primera globalización, la sala estaba casi llena y al final el público aplaudió. Eso sí, la mayor parte de la gente era de la edad de Raphael.

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