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Agapito Maestre

Don Marcelino y la doctrina del amor

Aquí propones en una universidad un curso de doctorado sobre Menéndez Pelayo y te denuncian ante el defensor del estudiante.

Agapito Maestre
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Aquí propones en una universidad un curso de doctorado sobre Menéndez Pelayo y te denuncian ante el defensor del estudiante.
Marcelino Menéndez Pelayo | Archivo

Mi amigo Ángel me escribe disgustado. Ha discutido con un profesor de filosofía sobre don Marcelino. El doctor Cidad, casi sin querer, descubrió a los cinco minutos que su interlocutor no había leído nada del ilustre prócer, porque se dedicó a insultarlo sin ton ni son en cuanto le comentó que se lo pasaba estupendamente leyendo a don Marcelino. Sonreí y le contesté: tranquilo y sigue disfrutando de las lecturas del filósofo Menéndez Pelayo. Es la mejor manera de combatir a estos cafres. Hace décadas que las exiguas energías mentales de la sociedad española en general, y de la universidad en particular, apenas prestan atención a los grandes pensadores españoles ni tampoco a los extranjeros (a estos últimos solo los traducen para embalsamarlos). En el llamado ámbito del pensamiento y de las ideas en los centros de enseñanza superior casi todo funciona por inercia. La universidad y los burócratas de los gobiernos de este régimen "democrático" legitiman tales inercias.

El pensador o el artista están condenados en España a convertirse en cosa. La cosificación de un autor es la mejor forma de aliviar y reconfortar a una sociedad dominada por la abulia y la pereza. Reducidos a cosas los grandes escritores, filósofos, críticos literarios y pensadores pierden su relevancia y significado social. Todos los grandes pensadores han sido estereotipados por las bandas de energúmenos que "gobiernan" las universidades y las llamadas agencias de acreditación del saber. La mayoría de los hombres-masa, que pueblan las universidades, las editoriales, la páginas de la prensa y las entidades de carácter cultural y educativo, se han adaptado a vivir con los grandes hombres convertidos en cosas; o peor, los momifican, sobre todo, si esos grandes escritores han sido reconocidos y consagrados por otras sociedades. Aquí propones en una universidad un curso de doctorado sobre Menéndez Pelayo y te denuncian ante el defensor del estudiante. No digamos si propones a una editorial un proyecto para actualizar a don Marcelino. La cosa está chunga.

Por tanto, querido doctor Cidad, para darles vida a filósofos, como don Marcelino, no se me ocurre, pues, otra cosa que leerlos y releerlos. ¡Qué otra cosa podríamos hacer! Persistamos en su lectura por placer o quien él nos sugiera. Mi amigo se viene arriba en cuanto ha leído lo de leer por placer. Y me pregunta por otros textos de don Marcelino sobre la mística porque, después de haber leído el texto de La poesía mística española, el doctor Cidad no está dispuesto a pactar con nadie que critique al místico por ser un "filósofo desquiciado", o sea un mal filósofo. Ha hecho mella la capacidad de persuasión de don Marcelino sobre mi amigo Ángel en este punto. Tengo la sensación de que nunca admitirá la tesis de Ortega de presentar como antitéticas las figuras del místico y el filósofo. Aunque no todos los filósofos de la órbita de Ortega, dicho sea de paso, opinan como el maestro, por ejemplo, Joaquín Xirau, escribió espléndidos libros de filosofía sobre la mística en los que destaca la inseparabilidad "en todo gran místico de dos elementos, íntimamente vinculados e indisolublemente compenetrados: una experiencia personal y una doctrina. Si uno de ellos falta, o la segunda se encierra en los cuadros de la metafísica y de la teología natura o la primera se pierde en la vaguedad del ensueño. Y nada más alejado de la mística o aun, en muchos respectos, opuesto a ella, que la fluidez indecisa, aventurera, confusa o vertiginosa de la imaginación abandonada a sus propias fuerzas. Afirma Santa Teresa que recibir de Dios un favor es una primera gracia; conocer la naturaleza del don recibido es una segunda gracia; es una tercera gracia, en fin, poder explicarlo y dar la inteligencia de él".

Por cierto que Xirau, el autor de uno de los libros más bellos sobre la filosofía del amor, al final de cada capítulo sobre su obra dedicada a Llull aconseja para su correcta comprensión las obras de Menéndez Pelayo, entre todas ellas destaco yo la Historia de las ideas estéticas en España. Y, en efecto, mal entenderemos la obra de Xirau sin las aportaciones de don Marcelino al estudio de nuestras tradiciones filosóficas, especialmente al estudio del platonismo en España durante el siglo XVI. Sí, es imposible comprender la originalidad de Menéndez Pelayo, por ejemplo, a la hora de estudiar la lírica española, incluida la poesía mística, sin hacerse cargo de sus investigaciones de Historia de la Filosofía, especialmente las recogidas en su citada Historia de las ideas estéticas en España. Los estudios literarios no pueden separarse de los filosóficos y propiamente históricos en la obra de un humanista de nuestro tiempo como don Marcelino.

Es obvio que son plurales las fuentes de inspiración de los poetas místicos españoles, pero ninguno de ellos podría prescindir del platonismo, sencillamente, porque estaba instalado en la sociedad española del siglo XV y XVI. Un platonismo, dicho sea de paso, genuinamente hispánico, aunque su origen estuviera en la Florencia del Magnífico Lorenzo. Pocos han estudiado con la precisión de don Marcelino el proceso histórico de instalación en España de este neo platonismo italo hispano, principal fuente de inspiración del siglo de Oro: " La estética platónica fue la filosofía popular en España y en Italia, durante todo el siglo XVI. ¡Y cuántos rasgos admirables ha inspirado a la poesía" desde Lope de Vega hasta Fr. Luis de León.

Muchos son los autores estudiados por don Marcelino sobre la relación entre Platón y Aristóteles en esa época, pero quizá sea el más relevante de todos el trabajo bio-bibliográfico, de datos y enjuiciamiento que dedica a la obra de León Hebreo, Diálogos del amor. Creo que este comentario sigue siendo una de las piezas más importante de todos los tiempos sobre la historia de la filosofía española. Entre las espinas del destierro, el judío español León Hebreo, consigue con esta obra, según don Marcelino, "el monumento más notable de la filosofía platónica en el siglo XVI, y aún lo más bello que esa filosofía produjo desde Plotino acá. Toda otra exposición antigua o moderna de las doctrinas del discípulo de Sócrates acerca del amor y la belleza, o es plagio y reminiscencia de ésta, o parece breve arroyuelo al lado de este inmenso océano. Nunca, antes de Hegel, ha sido desarrollada con más amplitud una estética idealista".

Porque a don Marcelino no le paso inadvertida la recomendación del mayor ingenio de las letras que haya dado España, Cervantes, en el prólogo del Ingenioso Hidalgo, de la obra de León Hebreo, quiso darle a su trabajo todo el empaque especulativo y filosófico, o sea de justificación racional, que quizá le faltaba a la obra cumbre de la literatura amena de todos los tiempos. Y sin duda alguna lo consiguió. Sospecho que sin estos comentarios de don Marcelino a la obra de León Hebreo no existirían obras excelsas de la filosofía en lengua española del siglo XX, como Amor y mundo, de Xirau, y La llama doble, de Octavio Paz.

En fin, querido doctor Cidad, espero que estas notas sobre el maestro de los heterodoxos te hayan sacado, definitivamente, de la melancolía en la que te sumió el estulto que insultaba a don Marcelino.

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